Joan Barril
Periodista
Si ahora mismo fuéramos a preguntar a los supermercados y a las tabernas cuál es el vino que más se vende probablemente nos dirían que el vino más vendido es un líquido rojizo envasado en un tetrabrik. Con las cifras en la mano ¿acaso podríamos decir que aquel vino del tetrabrik es el mejor del mundo? Naturalmente que no. La cantidad y la calidad no siempre van juntas. Y hace tiempo que dejó de ser cierta aquella frase que dice que «tanta gente no puede equivocarse». Los errores son hoy multitudinarios. Pero también los aciertos.
Información publicada en la página 36 de la sección de cv Gran Barcelona de la edición impresa del día 01 de mayo de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Eso es lo que ha sucedido en el reciente Sant Jordi, esa juerga anual en la que se intenta demostrar que somos un país embelesado por la lectura. En los libros también ocurre como en los vinos: no siempre el más vendido es el mejor. Pero a veces el público nos sorprende y da una lección a la crítica. Es lo que ha sucedido con el libro más comprado del pasado 23 de abril: El abuelo que saltó por la ventana y se largó, del sueco Jonas Jonasson, quién ha conseguido que la literatura escandinava no tenga que ser siempre lúgubre y homicida.
La sorpresa del dichoso abuelo fugitivo debería merecer un breve análisis. ¿Por qué un escritor desconocido y un título diáfano provocan que la gente elija aquel libro entre miles de libros? Hablo con Mercè Pérez Salanova, profesora de la Universitat Autònoma en la disciplina Psicología y Envejecimiento. Es evidente que algo hay escondido en ese éxito de ventas. «Sin duda el canto por la autonomía personal, que es un valor fundamental de la especie, ha influido en la curiosidad de esta historia. El protagonista, a pesar de sus 100 años, llega a una decisión y -lo que es más importante- la lleva a cabo». Hay más variables en el abuelo de 100 años. Ante todo ofrece al lector una percepción de libertad y lucidez que ya no se contempla.
El viejo es una verdadera lata. Los burócratas se ceban con ellos y les impiden incluso jugar a cartas en algunos centros de día. La propia Conselleria de Benestar i Família acaba de publicar en el número 25 de su revista Papers un estudio sobre el uso racional de la contención física. Los resultados son angustiantes: uno de cada cinco ciudadanos que viven en una residencia geriátrica puede estar inmovilizado físicamente durante todo el día.
En el caso que el residente sea proclive a un cierto tipo de demencia, la inmovilización se eleva al 41%. El informe establece que el uso de las contenciones físicas es en España muy superior a la de otros países con el mismo desarrollo socioeconómico. No es de extrañar, pues, que el abuelo de 100 años que escapa por una ventana se haya convertido en el héroe de mucha gente consciente que, el hecho de entrar en una residencia, puede significar el fin de toda escapatoria.
El éxito de una ficción se amplía cuando lo ficticio se acerca a la realidad. El abuelo de 100 años evoca esa edad entrañable venerada por los más jóvenes, siempre y cuando los 100 años se lleven bien y no causen problemas a sus cuidadores. Porque de ser así la inmovilización física va a ser de nuevo el pan de cada día de una tercera edad a la que no se le permite llegar a la cuarta. El libro de Jonasson no es una novela. Es un manifiesto. Lo importante no es tener el lugar en el que caer muerto. Más importante es conocer el lugar en el que mantenerse vivo. H