El Periódico

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BUCÓLICOS ANÓNIMOS

El gran guiñol 'polaco'

JOAN BARRIL

Sábado, 19 de enero del 2013

El gag de 'Los miserables' de la edición del 'Polònia' del pasado jueves.

Aveces hay bares que cierran tarde. No son bares nocturnos, de esos en los que la música cercena las conversaciones. Son bares que amanecen con el olor de café con leche y que echan el cierre durante unas horas para que el serrín sea más fácil de barrer. Son esos bares en los que se escucha el suspiro de la bandeja cuando se ha ido el último pincho de tortilla y la cafetera exhala un sonido agónico propio de las máquinas que ya no pueden más.

De vez en cuando es conveniente ir a esos bares a la hora del cierre. Me recuerdan aquellos momentos de la niñez en los que antes de ir a dormir había siempre un cilindro luminoso llamado leche que era el brebaje misterioso que abría la puerta de los sueños. El bar de las últimas horas del día es un bar de confianza en el que tanto valor tienen las palabras excesivas como el silencio de los últimos naipes sobre el tapete. Es ahí donde nos dejamos ser en amistad y los solitarios siempre disponen de un televisor encendido que nos muestra la mueca del portero tras el penalty o la alegría del gobernante una vez superada la prima de riesgo.

Pero anteayer era jueves. Y los jueves, en ese bar, es el momento de cambiar de canal y estudiar la realidad política en los magníficos guiones de Polònia. Se puede reír en la soledad. Pero es mejor que las sonrisas sean fértiles y que se acaben compartiendo. Eso es lo bueno que tiene Polònia. No se trata del humor del que no tiene nada que decir sino de la sátira entendida como un arma de defensa social. Uno de los jugadores de butifarra se declara convergente, pero el personaje de Mas le lleva a la más intensa de las carcajadas. El encargado del bar masculla su simpatía por el PP, pero con el escándalo de ese tal Bárcenas y sus tantos dineros en Suiza ha conseguido cambiar sus opiniones y se añade al jolgorio general. Anteayer por la noche los de Polònia nos ofrecieron una versión de la famosa escena de la barricada de Los miserables. Fue uno de esos momentos televisivos que no se pueden olvidar. El jugador de Iniciativa, formación que aún tiene la suerte y el coraje de no verse implicado en las corrupciones, miraba el programa con esa actitud de justiciero insobornable como si fuera más importante el desprecio a sus compañeros de bar que la comunión de la crítica.

«Vivimos en tiempos sorprendentes. Pero lo mejor es que sigamos juntos». Mientras suenan las últimas notas de ese himno que los miserables recitan al pueblo, el dueño del bar saca una botella de cava y la espuma cae por las comisuras y por los antebrazos como si fuera agua bendita que nos libera de la tentación. «¡Viva Polònia, ese gran guiñol que nos hace mejores!» Y la gente brinda dando gracias a esos cómicos que nos han salvado de ser como los personajes del poder. En todos los bares nocturnos hay un hombre con ojos de lechuza que acaba cerrando el libro y que se añade al jolgorio. «¿Saben usteds de dónde viene eso del guiñol? Guignol era un personaje de un pequeño teatro que, junto a su esposa Madelón, iba por las plazas de Francia a manos de Laurent Mourguet, que tiene un monumento en la ciudad de Lyón». Y eso es cierto. Desde 1795, mientras caían cabezas nobles en los cestos del doctor Guillotin, el personaje de Guignol fue creciendo en profundidad para salvarnos de la codicia de los administradores.

Se acaba la emisión y los parroquianos recogen los naipes, beben su última copa y se van a depositar tranquilos y contentos en los lechos de la confianza. Una vez en la calle compruebo que, contrariamente a los que dice la mayoría, ni todos los gatos son pardos ni todos los políticos son corruptos. Y eso es mejor que un vaso de leche antes de meterse en cama.

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