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UN EFECTO DE LA CRISIS EN LA CAPITAL CATALANA

La fiebre del colmado

Los paquistanís encabezan el nuevo aluvión de aperturas de tiendas de alimentación de horarios maratonianos en BCN

PATRICIA CASTÁN / MARINA MUÑOZ
BARCELONA

Sábado, 2 de febrero del 2013

aveces es pan, o una socorrida pizza o una botella de vino para la cena o de leche para el desayuno. Casi siempre son compras ocasionales y de urgencia, pero el hecho es que quien más quien menos pisa los colmados abiertos hasta altas horas en todos los barrios de Barcelona. Un negocio que protagonizan básicamente los inmigrantes paquistanís, se nutre sobre todo de las horas en que los súpers están cerrados, y en los últimos meses se está expandiendo visiblemente, propiciado por la crisis, la saturación de locutorios (e internet) y la integración de los nuevos vendedores en las redes de distribución locales de alimentos.

Los barceloneses se preguntan si puede ser rentable esta aparente sobreoferta. La respuesta es que sí, siempre que se den dos ingredientes: estar abiertos hasta 16 horas al día, contar con una estructura familiar-laboral, y vender un poco de todo. Una última herramienta es esencial. Y es que los titulares de estos colmados, también conocidos como badulaques, figuran como trabajadores autónomos, no franquiciados, de forma que aunque en sus rótulos rece el nombre de una cadena de distribución, su estructura independiente les permite tener horarios maratonianos (siempre que midan menos de 150 metros cuadrados), al contrario de lo que sucede en súpers que forman parte de un gran grupo comercial.

Esta herramienta los sitúa en el marco de la legalidad horaria, aunque las distintas administraciones sigan recibiendo algunas denuncias en los casos de establecimientos que actúan bajo el nombre de la cadena distribuidora, señalan en la Confederació de Comerç de Catalunya.

RENOVACIÓN / En cualquier caso, las tiendas de inmigrantes dedicadas a la alimentación han recuperado un formato que murió hace décadas con la llegada de los grandes súpers a los núcleos urbanos. Su puesta al día, ahora, se cimenta en los horarios y en la predisposición del colectivo paquistaní a cubrir dichas jornadas, de las que depende la supervivencia del negocio. Con los locutorios y tiendas de telefonía móvil regentados habitualmente por emprendodores de esta nacionalidad en retroceso (ver página 4), muchos confían en su vocación comercial y pasan a la alimentación de proximidad.

ESFUERZO / Saqib Raja Rhoyal, presidente de la Asociación de Trabajadores Paquistanís de Catalunya, afirma que los colmados anteriores al 2005 solían ser regentados por compatriotas del ramo. Ahora es la crisis la que fuerza esta salida laboral y a la vez propicia que los locales sean más asequibles. «Cada tienda tiene un propietario, solo un 1% puede poseer cinco o seis», explica, tratando de sacar de la sombra este tipo de negocio. Asegura que suelen trabajan entre 12 y 14 horas, que los sueldos son de 400 a 600 euros, y que solo unos pocos propietarios llegan a mileuristas. Según sus datos, el 90% se limita a sobrevivir, con cajas que no suelen superar los 300 euros diarios y alquileres que habitualmente se mueven entre los 300 y 600 euros.

Tras este reciente repunte de la oferta, son muchas las manzanas del Eixample que albergan dos locales de este tipo. Las zonas de mayor concentración son también Ciutat Vella (Raval), Sants y Sant Martí. En este caso, fuentes municipales indican que se trata de un fenómeno que previsiblemente se irá ajustando de forma natural. Hasta que la demanda no dé más de sí.

El secretario general de la confederación, Miguel Ángel Fraile, destaca como positiva su integración en las empresas locales de distribución. Y el representante paquistaní agrega que «el género es de aquí, no viene de fuera». Mercabarna o mayoristas suelen proveerles también.

El gran desembarco de pequeños empresarios foráneos provoca en los comerciantes autóctonos sentimientos encontrados. Alivio porque resucitan locales vacíos, pero recelos sobre el cumplimiento de la normativa. En la Fundació Barcelona Comerç, su vicepresidente, Salvador Albuixech destaca que todo el mundo tiene derecho a abrir un negocio en la ciudad, aunque defiende planes de usos por zonas para no llegar a la saturación ni el monocultivo.

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