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El escritor que deviene universal

Jueves, 10 de mayo del 2012 Imprimir Enviar esta noticia Aumentar/ Reducir texto
Joan Barril Periodista

«Roque Dalton era un poeta que nunca aprendió a callar ni a obedecer y que ejercía un desafiante sentido del humor y del amor. En la noche de hoy, 10 de mayo, del año 1975, sus compañeros de la guerrilla de El Salvador lo mataron de un balazo mientras dormía». Así me lo contaba ayer el escritor Eduardo Galeano con su libro Los hijos de los días recién salido de las sabias manos de la editorial Siglo XXI. Añadía Galeano: «Criminales: los que matan para castigar la discrepancia son tan criminales como los militares que matan para perpetuar la injusticia».

El escritor uruguayo Eduardo Galeano, en Barcelona, el martes. EFE / ALBERTO ESTÉVEZ

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Información publicada en la página 37 de la sección de cv Gran Barcelona de la edición impresa del día 10 de mayo de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)

No es nuevo que Galeano se pasee por esa Catalunya que en su día le ofreció nuevas amistades y la libertad de la línea del horizonte desde sus ventanas de Calella. Todas las dictaduras de América Latina le perseguían y, a pesar de ello, Eduardo Galeano se ha convertido en el autor de un verdadero catecismo en favor de los débiles y contra los poderosos. Se trata de un oficio arriesgado, es cierto. Pero argumentalmente es un ejercicio fácil. Entre el débil y el fuerte hay motivos para sentirse siempre cerca del débil. Y, sin embargo, con los años ha entendido que el mundo ya no es tan esquemático y que el poder siempre lo tiene el que tiene en las manos un arma para acabar con el poeta incómodo o con el revolucionario levantisco.

Me gusta pasear con Galeano por esta ciudad que ya no es tan distinta a otras ciudades del mundo. Se sienta en la terraza de un café y espera a que las historias se acerquen a él. Aunque lo pueda parecer, Eduardo Galeano no es un arqueólogo de historias sino un simple cazador de las historias que vienen a buscarle para que las escriba negro sobre blanco. Con el paso del tiempo se ha convertido en el escritor universal. En su dietario recién publicado su América Latina se ha quedado pequeña, porque la injusticia forma parte de las heridas de los cinco continentes. Cada minuto de cada día aparecen en los yacimientos de la historia metales preciosos y barros hediondos.

Y ahí está Eduardo Galeano, con el agua hasta la cintura, pasando por el cedazo de su oficio todo lo que merece convertirse en joya literaria. Con sus ojos achinados y su voz lenta me recuerda a Vinicius de Moraes hablando del día en el que paseaban con Toquinho por la playa de Bahía chupando una cachacita. Galeano es un artista de las palabras que ha logrado contar maravillas prescindiendo del máximo número de palabras. En su prosa no hay superlativos ni grandes metáforas. La realidad narrada no precisa más impostaciones que un mapa dibujado a lápiz.

Senda de reflexión

3 Hay lo que hay, pero Galeano sabe combinar lo que hay con lo que imaginamos. En las páginas de Los hijos de los días más importante que la palabra es el silencio que la subraya. Eso es un texto interactivo: el lector siente la necesidad de leer, pero gracias al autor se encuentra caminando por la senda de la reflexión. Uno de sus trabajos más intensos Las venas abiertas de América Latina, continúa vigente 40 años después de su primera edición. Señal inequívoca que América y el mundo están en una permanente hemorragia.

Galeano no está en el Parnaso. Tampoco le gustan los líderes de cualquier idea, aunque sean de ideas compartidas. «Que Dios me guarde de los liderazgos», dice mientras nos dejamos ser en amistad. También habla de fútbol. Lamenta la inquina que demuestra cierta prensa capitalina contra Guardiola. Recuerda las sandeces de Mou y la chulería de Ronaldo y afirma: «Entre los dos están desprestigiando a Portugal».

Y de ahí regresamos al día de hoy, cuando Roque Dalton fue asesinado por uno de los suyos. La palabra impresa tiene esas cosas. La virtud de permanecer y el riesgo de ser aprendida de memoria. Yo soy de esos últimos. Con Galeano no hace falta leer sus mínimas historias condensadas. Basta mirar al cielo y dejarse ser en la seguridad de haber acertado a la hora de encontrar a nuestro compañero de viaje.

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