El Periódico

Martes, 29 de mayo del 2012

Un cliente bebe en la barra de un bar del Eixample, ayer.

Ha sido un largo fin de semana y cada uno se lo ha montado como ha podido. Los fines de semana con clima templado y agradable sirven para salir a las calles y pasearnos a cuerpo. ¿Qué vemos en esas plazas repletas? Hubo un tiempo en el que los noctámbulos se reunían en terrazas, pero ahora la Urbana se ha puesto dura con la hora de cierre. No es que se cierre la noche es que se cierra la posibilidad de la noche exterior. Los fumadores se buscan y acaban encontrándose en pequeñas oquedades de los edificios. Es lo que se conoce con el nombre de botellón, un fenómeno que Barcelona desconocía pero que ha florecido con las normativas administrativas y los precios onerosos de los combinados.

El resultado de un fin de semana con clima agradable es la proliferación de pequeñas borracherías portátiles. El botellón se concibe como un ámbito apartado. Suele buscar la compañía de un par de contenedores y acaba con la exaltación de la amistad y los cantos regionales. Tiene una tendencia autodestructiva del bebedor. No busquemos en el grupo La leyenda del Santo Bebedor, de Roth. Todo en un botellón urbano va de la euforia a la sordidez. Y la vuelta a casa tiene siempre un paso arrastrado de penitentes que intentan expiar pecados.

También hay la cogorza individual, legalmente construida tras la zambullida en las últimas copas de la madrugada. El dipsómano solitario suele ser especialmente locuaz. Para él no existen las burbujas de nuestra personalidad. A la pregunta: «¿Y usted por qué bebe?», es capaz de dejarse llevar por el análisis de la actualidad económica: «Porque se acerca la declaración de la renta y ya me dirá con qué ánimos voy a rascarme el bolsillo para rescatar la mala gestión de Bankia. Va. Le invito».

A menudo el bebedor solitario se sumerge en un ademán estático. Sentado en los límites de la barra consigue mantener el equilibrio sin caer del taburete. De sus ojos entornados de luciérnaga surgen miradas lascivas y pegajosas que intentan aparearse con alguna mujer en el mismo estado. A veces se produce el contacto, pero será una muestra efímera del encuentro entre dos mundos. Se mirarán a los ojos y soltarán un par de risas bobas que, en el mejor de los casos, les llevará a la cama para recordar que a menudo una cama no es otra cosa que un mueble.

Uno de los mejores libros sobre la cuestión es el breviario Grandes borrachos daneses escrito en comandita por Lars Bang Larsen e Ignacio Vidal Folch y primorosamente editado por Alfabia. En este librito se encuentran las grandezas de la dipsomanía septentrional. Nada que ver con la trompa en grupo del hispánico botellón. Todavía hoy los noruegos extraen centenares de toneladas de crudo de unos fondos submarinos que un optimista ministro danés convenientemente aderezado con alcohol concedió sin siquiera pensárselo a sus vecinos escandinavos. No fue un fin de semana ni tampoco un fin de siglo.

Algo ha sucedido en el mundo para que todas las civilizaciones y culturas se hayan puesto de acuerdo y hayan encontrado algún brebaje de mejor o peor sabor para perder la conciencia agarrados a una copa. Al fin y al cabo, ¿no hacen lo mismo los niños dando vueltas sobre su propio eje como derviches giróvagos de Anatolia hasta que caen rendidos y mareados? En los tiempos que corremos no hay lugar para los abstemios. Nos están indicando el camino hacia la irrealidad. Y los fines de semana largos son, también en Barcelona, un espléndido lugar para dejarse ser en la amistad falsa de los náufragos.

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