Día 1 de las fiestas de Gràcia. Es decir, 15 de agosto. Ferragosto, el término que emplean los italianos para el día de la Asunción de María y que aquí se aplica a todo el mes para simbolizar lo árido y bochornoso que es estar en esta época en la ciudad. En esta tercera semana del mes de Augusto, el barrio de Gràcia emerge, desde hace décadas, como una especie de concurrido oasis en el que transcurre casi todo lo que pasa en Barcelona en esos siete días. Y como en todo oasis, los espejismos, en forma de calles adornadas con recreaciones de ambientes o simplemente homenajes temáticos, cobran un papel preponderante. Las decoraciones de este año, por buscar un hilo común, demuestran el siempre progresivo relevo generacional entre los vecinos que se devanan los sesos para ofrecer un decorado digno. Los iconos de la infancia de aquellos que nacieron en los 70 y hoy cabalgan sobre la cuarentena o están a punto de ello, la generación nocilla, por tomar el nombre con que la periodista de EL PERIÓDICO Elena Hevia bautizó a un grupo de escritores de más o menos esa edad, ha tomado el poder.
Vecinos y visitantes se fotografían en la calle Puigmartí en un decorado que representa a una pareja de novios. ÁLVARO MONGE
Información publicada en la página 302 de la sección de cv Gran Barcelona de la edición impresa del día 16 de agosto de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Cierto es que muchos de los elementos de aquella infancia nutren de ocio a los niños de hoy, gracias a las técnicas del márqueting. Eso sí, con matices. Si hace 35 años los niños se pirraban por las espadas láser de La Guerra de las Galaxias, hoy lo hacen por las de Star Wars. Que no es lo mismo pero es igual, que canta Silvio Rodríguez.
Precisamente el mundo de George Lucas es el motivo que ha elegido este año la calle del Progrés para engalanarse. En los extremos del tramo adornado se pueden hallar, por ejemplo, sendas réplicas de Tatooine, el planeta donde se crió el joven Skywalker, y una poco esférica Estrella de la Muerte, la base ofensiva de Darth Vader.
Diabólico cubo
No lejos de ahí se halla todo un homenaje a uno de los juguetes más populares a inicios de los 80, el maldito cubo Rubik. Ese que dividió a toda una generación entre listillos y zopencos, en virtud de su habilidad con el objeto en cuestión.
Otro elemento absolutamente propio de la infancia de la generación nocilla (ellos aún no conocían la Nutella) son los videojuegos. Pero no los actuales, que se juegan en la comodidad del hogar, sino los de las máquinas de bar. Gracias a aquellos engendros, muchos tuvieron su primer contacto con el inglés. En concreto con las frases game over e insert coin. Precisamente los dos lemas que presiden la barra de la plaça de Rovira i Trias. Este espacio además luce, colgados, una especie de farolillos que si alguna multinacional sueca del mueble low cost decidiera producir en serie en algún lejano país con laxa legislación laboral arrasaría en ventas: los inolvidables fantasmas del juego de los comecocos.
Un item más transversal, que sirve tanto para la generación de los 70 (por televisión, los sábados por la tarde) como para sus padres (en doble sesión en los cines de reestreno) son las películas del Oeste. El decorado sobre el tema de la calle de Verdi es más propio de Port Aventura o del parque del Tibidabo que de una fiesta mayor. Los turistas agotaban ayer megas de memoria de sus cámaras a raudales. En un extremo se halla la entrada a Fort Verdi West. En el otro, un poblado indio. De fondo, efectos sonoros: que si una danza india de la lluvia, que si La muerte tenía un precio de Ennio Morricone.
Enmedio, un saloon. A destacar el cartel que sobre el piano pide que no se dispare sobre el pianista. O es un error o se exige puntería, para desgracia del propio pianista. Por tener, este año, la calle de Verdi tiene incluso autómatas, en forma de piernas de bailarinas de can-can.
Por supuesto hay calles que abordan temás más clásicos por así decirlo. La de Joan Blanques de Baix toma el siempre resultón asunto del agua para dar una bonita imagen a su calle. Eso sí, aviso importante para los visitantes que provengan de paises del G-8 (excepto Italia) y Escandinavia: los adornos, los incombustibles trozos de plástico obviamente reciclados, están colocados para que la media de altura española pase sin apuro. Y para que los que midan un poco más o se agachen o se peinen el pelo hacia atrás con ellos.
De los vistos por este diario, que cabe decir que no son todos, es quizá el de Joan Blanques el que más e ajusta al espíritu que reivindicó el pregonero Esteve Camps el martes (algo que no es necesariamente ni bueno ni malo). Y es que uno se imagina a los vecinos en las grises tardes de domingo de invierno trabajando en una mesa con el transistor y la voz de Joaquim Maria Puyal al fondo, con la esperanza de ganar el concurso en el cálido agosto.