«¡Ya está, hecho! Ahora, solo si se nos cae el estadio esto puede resultar un fracaso». Y el estadio no cayó. Y todo fue un inmenso éxito. Y eso que, en la mente de Josep Miquel Abad, responsable de Barcelona-92, esa noche, la del inicio de los Juegos Olímpicos, la del flechazo mágico, se superponía a la angustia, esa sí, verdadera, auténtica, «de la que aprendimos un montón» del diluvio olímpico de 1989 cuando aquel estadio remozado estuvo, en efecto, a punto de hundirse. Con todo su equipo.
Información publicada en la página 303 de la sección de cv Gran Barcelona de la edición impresa del día 26 de julio de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
«Tú miras el calendario y, en efecto, han pasado 20 largos años y hemos arrancado, una a una, 240 páginas, pero, emocionalmente, para mí es como si todo hubiese ocurrido hoy. Lo tengo todo, todo, tan a flor de piel, tan en la epidermis de mi mente, que solo hay que rascar un poquito para que brote la emoción, la complicidad, el roce, el cariño, que fue la mejor arma y el orgullo de nuestros Juegos». Abad cree que ojalá a Londres le vaya tan bien como a Barcelona, pero una cosa sí tiene clara, cristalina: «En algo ya no nos van a ganar: la ciudad, Barcelona entera, fue una fiesta. Por lo que leo y oigo, por lo que sé e intuyo, Londres no está en esa línea. Claro que nosotros somos mediterráneos y ellos más nórdicos. Nosotros llevamos la celebración en las venas».
El día de la despedida
Para Abad, el encendido del pebetero fue, sí, un respiro. Pero, contra lo que muchos pudiéramos pensar, no fue aquel flechazo el momento de mayor emoción. «El nudo en la garganta apareció el día después de la clausura cuando, en el comedor de la Vila Olímpica, nos reunimos todos, cientos, para decirnos adiós, para celebrar que todo había ido bien. Aquel día, casi no pude hablar y, sí, la emoción fue más auténtica, personal y temblorosa que la noche inaugural».
Porque lo que empezó siendo un grupo de amigos y acabó en una organización de miles de personas se despedía tras cerrar, en efecto, los mejores Juegos Olímpicos de la historia. «Desde que abrimos la Vila Olímpica, la ciudad fue un inmenso bulevar que hizo suyo el acontecimiento. A partir de aquel momento, y mucho antes, dejamos de estar solos y Barcelona , sus habitantes y visitantes nos ayudaron a que todo fuese de maravilla».
Claro que el día antes, es decir, hoy o tal día como hoy, fue tenso. Pero, cuenta Abad, que la mañana de la inauguración fue más nerviosa aún. Y la hora antes de la ceremonia tremenda, cuando alguien dijo que, entre los figurantes de La Fura dels Baus habían independentistas que tenían ganas de armarla. «Todavía recuerdo hoy la profesionalidad, la caballerosidad, el señorío de los responsables de La Fura diciéndome, por favor, Josep Miquel, somos unos profesionales. Sabemos lo que nos jugamos todos. Tranquilo».
Antes de esa confirmación tranquilizadora hubo muchas más, todas ellas respondiendo a preguntas lógicas e inquietantes. ¿Cómo está la moral de la tropa? Bien, fuerte, animada, esperando que esto arranque. ¿Los voluntarios? En su sitio, ansiosos por ayudar, como siempre. ¿La seguridad? Todo controlado, dicen. ¿Y los 32 Jefes de Estado? Activos, llegando, felices, pidiendo muchos caprichos, pero todos atendidos como debe ser.
Todo controlado
«Nadie puso velas, pues todo el mundo estaba seguro de la organización y todo, todo, se había repetido y comprobado mil veces. O más». ¿La ceremonia?, sí, también la ceremonia estaba repasada cien veces. «Claro que, cuando se levanta el telón, cabe la posibilidad de que al cantante se le escape un gallo, por supuesto».
Abad no sabe hasta qué punto las gentes dirigidas por el campeonísimo Sebastian Coe estarán hoy inquietos, nerviosos, angustiados. «Solo ellos, únicamente ellos, tienen la certeza, la capacidad de saber si lo tienen todo a punto. Solo teniendo la convicción de que tu organización está lista, puedes apagar la luz de tu mesita de noche con la certeza de que mañana todo irá bien. Aunque ni eso te quita el cosquilleo de cualquier imprevisto».
Abad desea que Sebastian Coe pronuncie para sus adentros ese expresivo «¡ya está, hecho!». Como también le desea que, pasados 20 años, el exatleta tenga en su mente tan frescos como él los deliciosos instantes de esa fiesta única, en caso de Abad, barcelonesa, catalana, mediterránea.