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a pie de calle

Cristal de telescopio verbenero

Martes, 26 de junio del 2012 Imprimir Enviar esta noticia Aumentar/ Reducir texto
Joan Barril Periodista

El domingo por la noche las esquinas eran de vidrio verde. Es lo que tienen todas las verbenas. El paisaje después de la batalla no es únicamente un bosque chamuscado sino también el milagro del cava. Al fin y al cabo el cava o el champán son el álgebra del vino. Es esa bebida que tiene vocación de natación sincronizada cuando vemos las botellas agitándose en el agua gélida de un barreño. El cava de una verbena nos recuerda que vivimos en la Navidad del verano. Dime lo que bebes y te diré el tiempo en el que te ha correspondido vivir.

Celebración de la verbena en la playa de la Barceloneta, la madrugada del domingo. ÁLVARO MONGE

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Información publicada en la página 42 de la sección de cv Gran Barcelona de la edición impresa del día 26 de junio de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)

Las botellas vacías del champán verbenero no se dejan en las aceras de cualquier manera, sino perfectamente ordenadas junto a los muros. Ni siquiera los perros se atreven a hacer sobre ellas sus necesidades líquidas. Ahí se acumulan todas las ilusiones de la noche más corta del año y los vecinos se envidian los unos a los otros cuando cuentan el pequeño capital que marcan las etiquetas. La liquidez no es solo la disponibilidad de dinero fresco sino la capacidad de convertirlo en bebida.

Pero hay que fijarse bien como bebemos. Hay quien bebe directamente del gollete, en el más puro estilo tabernario. La espuma salta los límites de las comisuras y se desparrama sobre las camisas y los pechos como si se tratara de un Laporta cualquiera. También hay quien pretende convertir la verbena en una suerte de ágape silencioso donde el campanilleo de las copas de cristal sea más potente que el estruendo de la petardería ambiental. Puede haber también los bebedores en porrón, pero esa es una especie en tránsito de desaperecer, como ayer desapareció la tortuga George tras más de un siglo de otear el horizonte en las Galápagos. Beber cava en porrón es una manera como cualquier otra de mirar las estrellas y de embarcarnos en una burbuja hacia los anillos de Saturno.

Por la mañana del lunes pasa Mattar, el senegalés que carga hierros de todo tipo para llevarnos a no se sabe dónde. Mattar mira las botellas, pero no las ve. Hace cinco años existía un ventajoso mercado de reciclaje de botellas de cava vacías. Hubo gente que alcanzó una relativa fortuna con su trabajo de ofrecer a las bodegas cavistas el mismo recipiente de cristal que se podía reciclar. Eso era antes. Porque en la actualidad las botellas son de un solo uso y está prohibido embotellar en envases que ya fueron usados por otros. De ahí que Mattar siga con sus hierros y abandone el filón que significaría el reciclaje de las botellas de cava. Al fin y al cabo tampoco elcristal va tan caro.

Hablo con un importante cargo de la prestigiosa cava Torelló. Le pregunto cuánto cuesta el cristal con el que nos vamos a mirar los días de la verbena. La cifra no es escandalosa: 0,48 céntimos, en función claro está de la cantidad de botellas que el cavista solicite. Añádase a esto el etiquetaje, el morral de alambre y el corcho, sin duda lo más caro de una botella después del líquido magistralmente elaborado. La vida del cava nace en la rectitud de las viñas, pero es en la curva de la alegría veraniega cuando todos los cavistas del mundo celebran su fiesta mayor.

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