Hay dinámicas muy difíciles de cambiar. Acostumbran ser tendencias que se ponen en boga muy lentamente, casi inadvertidamente y, cuando se da cuenta de ello y se quiere poner remedio hace falta una tendencia de igual fuerza e igual espacio de tiempo para domeñarlo. Parafraseando al dramaturgo alemán, primero vinieron con sus calcetines color crema y sus sandalias, y nadie hizo nada. Luego, se endosaron sus camisetas del Bayern de Múnich y del Crystal Palace en plena Rambla, y tampoco nadie torció el morro. Y ahora, y la actual ola de calor lo demuestra, casi se puede decir que vienen desacomplejadamente a camiseta quitada. Porque sí, el torsonudismo es cosa de turistas extranjeros, mayoritariamente. ¿Y cuál es el problema del torsonudismo, para los que lo aborrecen? No es tanto una cuestión de desmedido pudor, como una de imagen de Barcelona. Y también de higiene, que una cosa es que en esta parte del globo prime el carácter mediterráneo, siempre tan dado al contacto y al calor humano, y otra rozar siquiera
¿sin ánimo de hacerlo¿ un cuerpo sudado a 40 grados. La imagen de un paseo de Gràcia como si fuera el paseo marítimo de cualquier localidad catalana puso los pelos como escarpias a los munícipes.
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