En Mandalay, antigua capital de Birmania, hay una enorme y presuntuosa fortificación en el centro de la ciudad a la que ningún birmano le apetece entrar de visita salvo que sea un entusiasta de lo que ha sido durante años una de las dictaduras militares más burras del mundo. Es una reconstrucción muy poco agraciada del Palacio Real que desapareció bajo las bombas durante la segunda guerra mundial. No es que dentro de sus muros se cometan atrocidades. Es más simple. Los birmanos desprecian ese supuesto atractivo turístico de la ciudad porque fueron obligados a reconstruirlo en agotadoras jornadas de trabajos forzados.
Información publicada en la página 316 de la sección de cv Gran Barcelona de la edición impresa del día 13 de agosto de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Esa pequeña excursión a lo que sucedió a más de 9.000 kilómetros de Barcelona durante la segunda mitad del siglo XX tiene como propósito subrayar que tampoco es tan insólito el desapego con el que los barceloneses conviven con el Castell de Montjuïc, en número de visitantes la quinta atracción turística de la ciudad, pero posiblemente casi la totalidad de ellos foráneos.
Es cierto que la historia reciente de esa fortificación propicia el desamor. Allí fueron ajusticiados los antepasados anarquistas, fascistas y republicanos de no pocos barceloneses. También el pedagogo Francesc Ferrer Guardia y el presidente de la Generalitat Lluís Companys se despidieron allí de la vida ante el pelotón de fusilamiento. Con ese currículum no es fácil caer simpático, es evidente, pero el turismo vive de espaldas a esos antecedentes y a diario visita lo que, pese a todo, es un extraordinario balcón con vistas a la ciudad.
La historia más antigua de esa cima, no obstante, merece un repaso que, quién sabe, tal vez abra la puerta a una tímida reconciliación con tan maziza construcción.
Montjuïc fue en la antigüedad más una cantera que una posición militar. Los íberos extrajeron de allí piedras semipreciosas. Los romanos explotaron la cantera para tallar algunas esculturas, en ocasiones sin ahorrar en piedra, como por ejemplo con el Príapo de Hostafrancs, prácticamente dos estatuas en una.
Tanto desinterés en definitiva había por la montaña que su nombre actual es fruto del uso que se le dio parcialmente hasta 1391, cuando Barcelona organizó un pogromo contra su numerosa población judía. Entonces, Montjuïc era sobre todo el cementerio judío de la ciudad, con todas sus tumbas perfectamente alineadas mirando hacia Jerusalén. Las lápidas fueron saquedas y utilizadas como material de construcción de algunas casas señoriales de la ciudad. De lo hebreo quedó solo el nombre. La montaña, así, quedó de nuevo a punto para lo que tal vez no ha sido nunca suficientemente exprimido desde el punto de vista literario y turístico, con todo lo de troyano que tiene la historia del castillo. Una verdadera lástima
De la épica a la cara de tonto
La cuestión es que en la cima del monte hubo entre los siglos XI y XV una sencillita torre de vigía que no fue arquitectónicamente mejorada hasta que las autoridades locales creyeron que ya eran demasiados los vigías que habían perecido por el impacto de un rayo. Aquella precaria estructura fue finalmente fortificada por el Consell Municipal de Barcelona con motivo de la Guerra dels Segadors. El 26 de enero de 1641, las tropas enemigas de Felipe IV intentaron tomar esa posición estratégica. Fracasaron y huyeron en retirada. La Batalla de Montjuïc fue épica. Fue la primera ocasión en la que esa instalación militar sirvió para defender Barcelona. Pero fue también la última. Los barceloneses acababan de construir su propio caballo de Troya y lo habían metido casi ellos solitos dentro de la ciudad.
En septiembre del 1705, durante la Guerra de Sucesión, Barcelona perdió el control de esa plaza militar, y así, en 1706 Felipe V inauguró la tradición de bombardear la ciudad desde lo alto de Montjuïc. Es cierto que a la desafortunada historia del Castell de Montjuïc le falta el color con el que los griegos solían redondear sus leyendas, como un receloso Laocoonte («Timeo Danaos et dona ferentes», avisó inútilmente a los troyanos ante los peligros de recibir regalos de los enemigos) o un Aquiles arrastrando el cuerpo de su archienemigo Héctor durante nueve días, pero tiene algo para compensar: la persistencia del enorme error. Barcelona volvió a ser bombardeada desde lo alto del castillo en 1842 y en 1843, y después, con el miedo ya instalado en el subconsciente ciudadano, hizo a menudo de temible cárcel de la que no hay constancia de célebres fugas.
La pregunta, llegados a este punto, es previsible. ¿Es esa penosa trayectoria la que ha condenado el Castell de Montjuïc al olvido ciudadano? Quizá, aunque también las dificultades para llegar hasta él pueden tener su incidencia. El teleférico no es precisamente económico. Son 9,60 euros el viaje de ida y vuelta. Se puede también dejar el coche en el antiguo aparcamiento del parque de atracciones, pero luego le espera a uno un tourmalet hasta la cumbre que solo estaría justificado si allí, en lo más alto, el castillo albergara un museo estupendo, aunque fuera militar, pero no es así. El Castell de Montjuïc es hoy solo un mirador. Los turistas deambulan por su interior en busca de absolutamente nada y terminan por ir al final en busca de unas buenas vistas. Al castillo ni siquiera le quedan ya cañones. Apenas tres junto al puente levadizo de la entrada que apuntan, ¡glups!, a los cruceros que atracan en el puerto.
El propósito es convertir algún día el Castell de Montjuïc en una Centro de la Paz. Es una idea. Ahí va otra. El castillo tiene un estupendo foso que seguro que haría las delicias del dragon de Komodo que le sobra al Zoo de Barcelona, Ombak, un machote que fue descartado a última hora para emparejarse con la hembra del parque, Asmara. El espectáculo justificaría sobradamente los 9,60 euros del teleférico y, quién sabe, tal vez subiría al Castell de Montjuïc al podio de las atracciones más visitadas de la ciudad. Lo del Centro de la Paz, sin embargo, parece que lleva las de ganar.