Una dorada recién pescada, una botella de vino bien frío y la compañía de un buen amigo, en la fresca nocturna y en la cubierta de un barco. Esa es una de las postales de la vida sobre el mar que guarda en su memoria Toni Lencina, un saxofonista barcelonés que ha vivido un año y medio en los 13,5 metros de eslora de una embarcación anclada en Port Ginesta (Sitges). «Me acababa de separar y un amigo me ofreció su barco para instalarme. Me salía mucho más barato que el alquiler de un piso. Por 300 euros al mes, he vivido una experiencia fabulosa», asegura.
TONI LENCINAEl saxofonista ha vivido en un barco durante un año y medio, en Port Ginesta (Sitges). En la foto, con su hijo. JOSEP GARCIA / JOAN CORTADELLAS / ORIOL CLAVERA / MONTSE DURÁN MIRÓ
Información publicada en la página 310 de la sección de cv Gran Barcelona de la edición impresa del día 23 de agosto de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Claro que, sobre el mar, invierno y verano no tienen el mismo color. «Alguna noche tuve que dormir en forma de ese, mi cuerpo debía esquivar una olla y un cubo en el que recogía el agua de las goteras. En noches de tormenta, es difícil conciliar el sueño, oyes ruidos tremendos», explica. «Pero el balance es muy positivo. Llegaba de Barcelona con el coche y, en la barrera que da entrada a Port Ginesta, encendía un cigarrillo, me desabrochaba el cinturón de seguridad y respiraba. Entraba en otro mundo, todo lo que ahora añoro».
Orden y austeridad
Diecisiete meses de vida entre una pequeña cocina, un lavabo químico y una cama fueron suficientes. «Tenía internet y televisión, solo me faltaba agua caliente en el barco, pues en el puerto hay duchas de agua fría y caliente. ¿Lo más importante? Ser muy ordenado y tener lo justo, una olla, una paella, una cuchara… Debes renunciar a lo que no precisas, y ser disciplinado. Comer, y lavar los platos», dice el músico, apenas unos días después de haber recuperado su vida en un piso, todo más fijo, más estable, pero lejos del mar.
«Entre pantalanes, todo es cambiante, la luz, el viento, y los vecinos. Hoy charlas con alguien que amarra a dos barcos del tuyo, y mañana, allí puede haber recién llegados… y el que allí estuvo, hoy navega rumbo a Panamá… Pero se vive con naturalidad, sin apego. La vida en un barco es una gran metáfora de la vida, en el sentido más budista. Estamos aquí solo de paso», formula.
Solitarios solidarios
«Quienes viven en un barco aman la soledad, ellos la eligieron, pero suelen ser muy solidarios, seguramente porque saben lo que representa, cuando estás solo, que te echen una mano cuando lo necesitas», dice Lencina. «En el puerto, cada uno hace su vida respetando al de al lado, pero sabe que el otro está cerca», añade.
Guillem Martí tiene una casa en tierra firme, en Binissalem, pero este mallorquín prefiere vivir en su embarcación de 23 pies, amarrada en el puerto de Sa Ràpita, en el municipio de Campos. En ella, mientras descansa, escucha música, lee, cocina o recibe a los amigos, Guillem siente, bajo sus pies, su camino a la libertad. «Ansío salir a navegar, pero a ese mar que conecta con todos los continentes. Quisiera volver a dar la vuelta al mundo. Al menos, cinco años de travesía. Es una meta alta, pero vivo con esa ilusión», declara.
El 31 de julio del 2001, Martí emprendió un viaje por mar que finalizó el 6 de noviembre del 2004. Desde entonces, siempre que puede, participa en regatas, en Canarias, en Córcega... Él vive en su barco «ni por una cuestión económica, ni por una separación, sino porque me gusta. Tengo un calefactor que funciona de maravilla, consume poco y calienta el interior muy rápido. En verano, sobre todo en noches de luna, esto es una maravilla», asegura.
Martí trabaja en Manacor, es técnico del servicio ferroviario de Mallorca. «La mayoría de días, termino a las tres de la tarde y, muchas veces, me voy a Cabrera a cenar con los colegas. Al regresar, me parece haber vivido dos días en uno», explica. «En cambio, el fin de semana, cuando todo el mundo saca el barco, yo me quedo aquí, tranquilo», asegura.
Es la vida que también eligió Carlos Aranda, un barcelonés que, con 7 años, bajaba en autobús desde Vall d'Hebron, donde vivía, al puerto a mirar los barcos. Hoy, vive en uno de 10 metros de eslora por tres de manga, con vela y motor y amarrado en El Masnou (Maresme).
Del puerto al aeropuerto
Carlos Aranda trabaja en el aeropuerto de El Prat, en la seguridad de la T-1. «Desde el barco, veo virar los aviones para coger posición de aterrizaje en El Prat», explica. Puerto y aeropuerto, sus lugares de residencia y trabajo, hablan de viaje, de salidas y llegadas como las que él podrá volver a realizar en cuanto arregle el motor del barco. Descalzo sobre su casa flotante, confiesa: «si se me hunde el barco, lo pierdo todo, pues todo lo que tengo está aquí». Una vida sencilla, austera, «todo depende de lo que deseas que llene tu vida», considera. «El poco espacio en el barco te limita, pero te enseña qué es necesario», declara Aranda. En su portátil, mira la tele, aunque la pantalla que proyecta su espectáculo favorito es otra, mucho mayor. Y gratis. «Todas las noches veo estrellas fugaces. Solo hay que ser paciente y saber observar», dice. Todo, en su vida, se adapta al barco. Ropa cómoda, tazas irrompibles y solo lo justo, «aquí nada urge. Vivo el día a día».
«En el puerto, el trueque funciona mucho, se intercambian ayudas y no solo de náutica», afirma. Y, en fechas señaladas, la convivencia se refuerza. «En Sant Joan, los del pantalán encendimos una hoguera en la plaza», cuenta Aranda, que lo único que echa en falta en el puerto es una lavandería. «Aprendí a lavarme la ropa. Si no, tenía que ir al pueblo», dice, donde sí frecuenta «el supermercado, el estanco, la panadería y, muy importante si vives en un barco, la ferretería», puntualiza, convencido de que para compartir la vida con alguien, debe ser una persona que ame esa vida de mar tanto como él.
Para Ana Sáez (Pamplona) y Toni Casas (Barcelona), su velero de 14,30 metros de eslora por 4,28 de manga y dos metros de calado, con amarre en Badalona, no es solo su vivienda, también trabajan en él. Organizan viajes en el velero, a destinos como Córcega o Cerdeña, cursos de vela, salidas de fin de semana, participan en regatas y hacen travesías atlánticas -máximo para ocho personas-, hasta el Caribe, para pasar el invierno en las Pequeñas Antillas (www.veler-onas.com). Viven, realmente, en la oficina de la libertad. La pareja pasa la mayor parte de sus horas y días en su velero. «Cuando podemos, también apreciamos escaparnos a la montaña, pero nuestra vida está aquí y navegamos todo el año». Ellos no creen que la crisis haya impulsado a más gente a vivir en un barco. «Pero sí hay más barcos abandonados o en venta», comentan.