URGENTE Muere a los 79 años el cantante Georges Moustaki
Joan Barril
Periodista
Empieza a ser tiempo de ventanas abiertas y la ciudad se comparte poco a poco. En plena noche se confunden los ladridos de los perros, el agónico respirar de los moribundos y los jadeos de placer de los amantes. De vez en cuando, una lechuza perdida rompe la paz de las palmeras y los gatos miran hacia arriba relamiéndose el hocico. Se inauguran así las noches de verano, cuando las sábanas son sudarios que se rompen sobre nuestros cuerpos y el agua del grifo, para ser bebida en la oscuridad, se convierte en el mejor brebaje de los sueños.
Información publicada en la página 44 de la sección de cv Gran Barcelona de la edición impresa del día 09 de junio de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Pero llega el alba. Y tras el alba la ciudad se pone en movimiento. La burbuja inmobiliaria se ha convertido en el gran pecado original de la crisis, pero una nueva música se adueña de los patios de luces y de los muros. Parece como si todos los operarios esperaran el momento oportuno para recordarnos que las ciudades se construyen y se destruyen a mano. La mano de los operarios empieza siempre a la misma hora, pero una hora más tarde el silencio vuelve a cubrirlo todo. Es la hora del desayuno, y eso en el mundo de la construcción pequeña es casi una fiesta de guardar. En la gran orquesta de la rehabilitación, los grandes solistas son los virtuosos de la sierra radial. En algún lugar de la manzana alguien está alicatando paredes y embaldosando suelos, y se trata de encontrar la bisectriz exacta del ángulo que va a entregar la baldosa a las paredes. En una sierra radial se perciben todos los chirridos del metal que intenta vencer a la piedra. El hierro cruje bajo el hierro como los frenos de los ferrocarriles cuando llegan al andén. La sierra radial es una música que viene de las estrellas y que solo es captada por los cetáceos de las profundidades marinas. El ser humano, ni siquiera el operario que la domestica, puede decir absolutamente nada entre el estrépito de las notas más agudas.
A continuación, tal vez más cerca, hacen su aparición las angustiantes corales de las brocas. Se escucha el esfuerzo de los que intentan perforar la más blindada de las paredes. Una broca tiene distintos calibres y avanza hacia el centro del muro con la prevención de la punta metálica que teme el encontronazo letal contra el cable eléctrico escondido. Con el tiempo el agujero de la broca quedará sellado por un tapón llamado taco y por una alcayata que servirá para colgar de la pared el interruptor o el cuadro que nos evocará tiempos abiertos y espacios infinitos que pronto aflorarán en el erial blanco de la pared.
Y luego está el martillo, esa pieza manual y prehistórica que intenta llegar con la certidumbre de sus golpes a la cabeza del clavo a duras penas sostenido. El martillo ha merecido el honor de figurar en las banderas de los trabajadores manuales y ahora se deja llevar por la supuesta puntería del martilleador. Hay martillos en los pianos y en los oídos, en las forjas y en las carpinterías. El martillo ha pasado a ser un deporte olímpico cuando se lanza. Y también da nombre a una ballena cuya cabeza recuerda esta herramienta.
La canción del peón
Finalmente, en la sinfonía matutina que atruena todos los interiores de manzana no hay que olvidar la canción del peón, esos acordes dolientes de quien sabe que un trabajo es, en los tiempos que corren, una bendición pero también un pequeño castigo. La canción de los andamios nos hermana con un mundo de grandes construcciones y de capataces masones que intentaban llegar con sus propias manos hacia los tobillos de Dios.
Las mañanas del verano ciudadano nos recuerdan que siempre hemos sido hechos pieza a pieza y piso a piso y que todo esto se nos ha convertido con esta crisis en puro polvo entre los dedos.