Joan Barril
Periodista
Vivimos tiempos en los que lo importante es el dinero, el poder económico y la capacidad de crédito. Ni siquiera la imaginación ni el talento han llegado a ser elementos de cotización. Para llegar a ser algo en esta vida hay un dato importante. El dato de saber de dónde hemos salido y a dónde hemos llegado. Y la materia prima de esa trayectoria no es otra que el trabajo y el riesgo.
Información publicada en la página 42 de la sección de cv Gran Barcelona de la edición impresa del día 22 de marzo de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Me da la sensación de que poca gente ha invertido tanto trabajo y tanto riesgo como Justo Molinero, un hombre que empezó a darse cuenta del poder de las ondas hertzianas y que ahora tiene en el centro de Santa Coloma un par de edificios desde los que emitir lo que el llama «lo nuestro». Justo Molinero no es juez, de ahí que su onomástica sea el resultado de una justicia universal que da a cada uno lo que se merece. En un día lluvioso y desa-
pacible el rostro de Justo Molinero es una luz verde de taxi libre y un pequeño amanecer para aquellos que no saben si en el futuro habrá esperanza. Voy a Santa Coloma a visitarle y que me explique cómo se vive en una ciudad que es, sin duda, la más oriental y lejana de todas las ciudades catalanas. Justo Molinero acaba de ser abuelo y eso le hace caminar por la bisectriz entre una edad que no siente y un futuro del que se enorgullece. Sus colaboradores le felicitan y él intenta minimizar el hecho de la multiplicación de los Molineros. Un día llegó hasta Catalunya y ahora se jacta de haber concebido 10 sardanas con los palos del flamenco. Eso es el espectáculo. Pero en el fondo de ese hombre hay la imagen de quien se ha hecho a sí mismo en un ámbito difícil y cerrado como es el de la Catalunya estricta. Hace unos días le vi en el Palau de la Música leyendo en catalán un fragmento de San Marcos. Era un advenedizo de primera generación con un carácter que mueve montañas. Ahí mismo, en aquel escenario, se había paseado un tal Millet, ese personaje que tenía rendidos a sus pies a los poderes de la cultura llamada catalana. Entre la voz de Justo y las prácticas abusivas de Millet me apareció un poema de Jaime Gil de Biedma llamado Barcelona ja no es bona. En él se dice que el poeta sube despacio por las escalinatas de Montjuïc «sintiéndome observado, tropezando en las piedras/ en donde las higueras agarran sus raíces/ mientras oigo a estos chavas nacidos en el sur/ hablarse en catalán, y pienso, a un mismo tiempo,/ en mi pasado y en su porvenir». El poeta concluye con un lema: «Que la ciudad les pertenezca un día». Y con ese sentimiento de sentirnos en la misma trayectoria, Justo y yo hablamos de los muchos chinos que hay en China y los que se han quedado en el Fondo de Santa Coloma. Después me tomo una cerveza en la famosa Casa Pepe, muy cerca de la plaza de la Vila. En un rincón de la barra un personaje llamado El Califa atiende a uno de sus amigos o clientes o vete tú a saber. Califa imparte doctrina desde el çórner. Después de los primeros parroquianos llegan los segundos. Hablan de política y en voz baja de negocios. Así, convirtiendo las barras en oficinas, se hacen negocios tranquilos en la amistad a lo largo. Al salir de Casa Pepe me detengo en la antigua amistad de la calle de Anselm Clavé. Cerca de allí un restaurante con nombre de pescado
-La Lluerna- me ofrece lo mejor de su casa. En Santa Coloma las calles están mojadas y solo se buscan lugares de interior. Un trozo de Asia y otro de Andalucía. Y en medio la emoción de estar de nuevo en el mundo. Lo dice Califa: «han abierto un Burger King este fin de semana». Y lo dice como si se hubiera asistido a la inauguración de Loewe. Mientras tanto, Justo Molinero, orgulloso de la ciudad que le ha visto crecer, se convierte en el centro del sentido común. Y con su voz profunda y su nueva condición de abuelo se pregunta si nos queda esperanza. Debe de ser «lo nuestro». Este hombre, como yo, nunca se aburre. Será porque no le queda tiempo y porque nada de lo que es humano le es ajeno.