Catalina Gayà
Periodista
El sábado esta cronista vio Barcelona a bordo de una goleta noruega de dos palos. A una milla de distancia y con agua salada de por medio, esta cronista tomaba conciencia de las dimensiones de la ciudad. Dicen que el bosque no deja ver los árboles. La ciudad no se ve cuando uno ejerce de peatón, sorteando coches y cemento. Muy temprano y a pie, esta cronista se acercaba al Port Vell sintiendo las cosquillas aventureras que tiene cualquiera antes de emprender una travesía.
Información publicada en la página 40 de la sección de cv Gran Barcelona de la edición impresa del día 11 de junio de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Soplaba un poco de viento del norte, lo que auguraba mar de fondo. El Far Barcelona, la goleta que dos horas después se haría a la mar con 36 tripulantes, estaba abarloado en el muelle. Al ver la goleta, esta cronista borraba todo crucero y ostentación marítima de la que a veces es escaparate Barcelona; más que nada por falta de un día a día marino de sus ciudadanos.
El Far Barcelona, que en 1874 fue bautizado con nombre de mujer, recaló en la ciudad por una historia de amor. Quien lo trajo fue un hombre de mar que sintió una pasión inexplicable por ese barco que se estaba muriendo en Noruega. El hombre trabajó durante cinco años en tierras heladas hasta que pudo conducirlo al Mediterráneo.
Casi a las diez de la mañana, los visitantes llegaban al barco y, al trepar a cubierta, les embargaba la sensación de estar entrando en una historia de piratas. Algunos se habían apuntado a la salida que organiza una vez al mes El Consorci El Far, una entidad que, entre otras varias funciones, promueve los valores que van asociados al mar y al litoral.
Recordar a los barceloneses que esta es ciudad de mar no es fácil. Hace solo 24 años que la ciudad se ha abierto al mar, pero la ciudadanía sigue viendo el mar como playa y sombrilla. El sábado, la salida era especial. El Col·legi d'Ambientòlegs de Catalunya (Coamb) había planeado que una decena de sus colegiados vieran la integración natural que existe entre mar y tierra. Para explicarlo, habían invitado a Pep Hurtado y a Joan Ramon Vidal, los dos ambientólogos y los dos sabios en saberes líquidos.
Trabajo en equipo
3 Al subir a bordo, el capitán imponía jerarquía. El mecánico, Luis Villegas, animaba a los asistentes a enrolarse. Hay algo que enseña el faenar en un barco: trabajo en equipo. Rubén y Yolanda no tenían nada que ver con los ambientólogos. Se habían embarcado porque unos amigos les habían regalado el paseo. Los dos se aferraron al cabo que izaba la vela como si fueran marinos.
Luego, la travesía mostró que, como siempre, el mar es más poderoso que el hombre. Con solo unas pocas olas -casi ni se veían rociones de espuma- la proa se levantaba. Algunos se mareaban, pero la mayoría atendía a las explicaciones de Patricia Giménez (a babor) y de Pep Hurtado y de Joan Ramon (a estribor).
Los ciudadanos de a pie, con Patricia, ambientóloga de El Consorci El Far. Era ella quien señalaba el puerto de pescadores. Ahora, la Torre del Rellotge es casi imperceptible. Los barcos del siglo XXI están hechos con medidas poco humanas.
A estribor, esta cronista entendía que el agua está en perfecto estado de saneamiento. Solo falta que el barcelonés quiera la mar. Era Pep Hurtado quien decía: «Solo hace 50 años que olvidamos nuestras raíces marítimas». El sábado hacía sol de junio. En Suiza, con mucho menos azul cielo, los lagos estarían moteados de veleros. En la Gran Bretaña, en Galicia y en Cádiz, de pescadores aficionados, de barquitos de clase media y también de amantes del mar. El Far se cruzaba con la golondrina. La mayoría de sus ocupantes eran turistas.