En estos tiempos, y los que vendrán, de severa sequía inversora, cuando casi todo son recortes, rescates, subidas de impuestos y del paro, un oasis destaca en el horizonte. Es la línea de alta velocidad a Francia y Europa, un enlace pendiente en Barcelona, al menos, desde la eclosión olímpica. Aquí hay trabajo, máquinas y personal. Se mantiene el tono frente a tantas obras paralizadas o proyectos en el limbo.
La razón es doble. Primero, el Estado considera el AVE una prioridad política para articular España, aunque en este caso se trate más bien de vertebrar Catalunya con Europa. Segundo, con el túnel transpirenaico de la línea de alta velocidad, de concesión privada, listo desde el 2010 y a la espera de cobrar el peaje por el paso de trenes, duelen las penalizaciones millonarias a pagar a la empresa por el retraso.
El Ministerio de Fomento quema etapas y acelera las obras pendientes. El túnel del Eixample se acaba de conectar con la estación de Sants mediante la finalización, con vías incluidas, del último tramo bajo la calle de Provença y la plaza de los Països Catalans. Entre la zona de la futura estación de La Sagrera y Mollet del Vallès ya se colocan los raíles. Dos de las tres salidas de emergencia que faltan en Barcelona están igualmente en obras. Mientras que la estación provisional de Girona está ya adjudicada y los trabajos deben empezar pronto.
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