Son un ejército de la venta en toda regla. Están minados, quedan solo 25 en la trinchera, pero aún dibujan la quintaesencia de eso que ya se extingue en Barcelona: los «buenos días señor/a», «¿en qué podemos ayudarle?», «tenemos lo que busca». Son los últimos trabajadores que quedan en la célebre La Casa de las Mantas, esa tienda histórica de la calle de Jonqueres que ocupa cuatro edificios de cinco plantas (más el almacén de enfrente) que posiblemente haya vestido más camas que ninguna otra en Barcelona. El día 31 abrirán por última vez y al día siguiente tendrán que buscar un nuevo empleo donde cotice la atención al público y el conocimiento enciclopédico de lo que se despacha. Debería ser fácil.
Información publicada en la página 312 de la sección de cv Gran Barcelona de la edición impresa del día 25 de julio de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
La crisis no ha perdonado otra vez. Los 72 años de historia de La Casa de las Mantas no han sido colchón suficiente para resistir la caída de ventas de un establecimiento de 4.000 metros cuadrados de tienda distribuidos en singulares espacios y subsecciones, que adquieren una lógica aplastante al saber que el gran jefe, el señor Mira, fue incorporando edificios y plantas según se iban liberando. Siempre de alquiler. Construyendo un enjambre (y reino) de la lencería del hogar por el que han desfilado generaciones de compradores, en busca de buenos precios y consejos de oro. «El personal es del que ya no hay, del que lo soluciona todo, hasta una cama con una pata más corta», cuenta Sandra, su hija, abatida ante la inminencia del cierre. «Lo hemos intentado todo pero es imposible seguir», se queja.
Imperio mano a mano
El imperio lo inició su abuelo en 1940, con una modesta tienda para el hogar, que su hijo convertiría en referente local en los años 70. El nombre fue casi un designio popular, todo el mundo iba a «la casa de las mantas», donde al comprar una se regalaba otra. El negocio prosperó, los Mira echaron la carne en el asador, muchas horas, vidas dedicadas y un entorno laboral cálido. Y eso que llegaron a ser 150.
¿Qué ha pasado pues para que la calle de Jonqueres (junto a Urquinaona) se quede huérfana? «Hay mucha competencia en el cinturón de Barcelona, muchos centros comerciales», argumenta la última propietaria de esta saga. Tanta que la gente ya no se desplaza al centro para ataviar sus hogares. Y eso que La Casa de las Mantas siempre jugaba en la liga de la variedad y el precio. Carteles de descuentos y ofertas salpican aún su techo. Pero la contraofensiva de algunos importadores era letal. «Nuestros proveedores siempre han sido nacionales al 90%», apuntan. Si a esta tónica se le suma una crisis económica aguda, el resultado son dos últimos años durísimos, con progresiva reducción de espacios de venta y de personal, hasta tener que tomar la decisión de la despedida y cierre.
Ayer, alguna trabajadora de las de siempre lloraba. No se imaginan un horizonte sin fundas nórdicas, alfombras coloridas y mantelerías a la carta. Y sin el día a día con el cliente, al que siempre acompañaban y al que habían visto crecer.
La Casa de las Mantas se iba a ir sin hacer ruido. Iniciaron hace dos semanas unas rebajas del 50% para eliminar estocs, sin aludir a la liquidación final. Y el boca a oreja casi les ha vaciado la tienda, con miles de artículos, en tiempo récord. Primero se extinguieron las sábanas, luego las toallas... ayer aún quedaban edredones, manteles navideños, cortinas y rebajadísimas alfombras, además de piezas sueltas que quien entraba no dejaba escapar a esos precios.
En el adiós, la vista al frente. «Nos vamos con dignidad», cuentan. No ha habido suspensión de pagos, pese a que «esto no es un banco, solo una empresa familiar, y aquí no nos ayuda nadie». Cada trabajador se llevará lo que corresponde y todos los proveedores cobrarán antes de que acabe el año. Quedará lo peor, el luto del que lleva el mostrador en las venas.