L o primero que se escuchó fueron los cláxones y la calle de Tarragona se quedó inmóvil. Los taxistas se apearon. En la confluencia con València había un taxi volcado, con las puertas de uno de los lados abiertas apuntando al cielo. El taxista, inmóvil, estaba atrapado dentro. El accidente sucedió ayer las 10.48 horas.
Información publicada en la página 38 de la sección de cv Gran Barcelona de la edición impresa del día 14 de septiembre de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
De la nada apareció una chica menuda que se puso a gritar para que los coches se pararan y los transeúntes se apartaran. En el taxi volcado, había un joven que intentaba ayudar al conductor. El joven resultó ser un bombero que pasaba por ahí, y la chica, una mossa d'esquadra que acaba de licenciarse y que también pasaba por ahí.
Sin uniforme, sin que nadie supiera quiénes eran y sin más arma que dar confianza a la gente, controlaban la situación. Pude conversar con la chica, pero el bombero desapareció de la escena antes de que yo pudiera preguntarle de dónde saca la fuerza para meterse en un coche siniestrado.
Todo sucedió en 12 minutos. El relato es este: choque entre dos taxis; un taxi volcado, dos oficinistas que fuman en una esquina corren hacia el taxi. No lleva pasajeros. Alivio. Una de las oficinistas se acerca al coche -me contará después que escuchó el ruido- e intenta hacer algo. El bombero y la agente de paisano aparecen. La gente se aleja unos metros, pero se forman corrillos.
El otro taxi tiene el morro destrozado. Junto a este segundo taxi, hay una pareja que tiembla. Nadie se fija en la pareja. Todo el mundo está pendiente del taxista que sigue atrapado. Son las 10.50 horas. Desde los buses turísticos, los turistas registran todo lo que sucede abajo.
La Guardia Urbana ya dirige el tráfico. Aparecen los bomberos. La llegada de los bomberos siempre es un calmante social. El alivio se expande como onda. Una bombera entra en el taxi, pone un collarín al hombre y lo libera. La gente respira. En unos 12 minutos, la vida sigue como antes.
Es raro presenciar un accidente porque pareciera que, cuando todo se acaba, el reloj haya retrocedido hasta el minuto en el que empezó todo. Solo queda un parachoques junto a un semáforo.
«Bomberos, ambulancias, guardia urbana. No será para tanto», decía a las 11.12 horas una mujer que acababa de salir de las profundidades del metro. No sabía que estaba a punto de cruzarse con la pareja accidentada. Los chicos se dirigían a Sants a pie, aún renqueando y cargando las maletas.
Un peatón despistado decía alarmado que un bus iba en contra dirección. Aún es raro ver a buses (o bicis como en la calle de Provença) ir en contra del tráfico. «Desde que hicieron el carril para buses y taxis en contra dirección hay más sustos», se decía en un corrillo.
Leo en la hemeroteca que el carril bus -taxi de la calle de Tarragona funciona desde diciembre del 2009 y Carlos Márquez me explica que se hizo para conectar la plaza de España con la de los Països Catalans. Fuentes de la Guardia Urbana decían ayer que las primeras investigaciones apuntan a una «desobediencia». Llamo al ayuntamiento y pido las estadísticas de accidentes en carriles como este. Habrá una crónica la semana que viene.