Del caos llegó el paraíso para el Barça. Con todo perdido, el líder dictó una media hora extraordinaria, aprovechando que el Sevilla se había quedado con 10, para ganar un partido que tenía perdido. Literalmente perdido con el 2-0 nada más iniciarse la segunda mitad. Pero Tito se fue al ataque, con ese 3-4-3 milagroso, y Cesc, que vino de Inglaterra para firmar dos goles de Premier, y Villa, con un tanto de cañonero, asistidos por un generoso Messi, dieron la vuelta a una noche donde todo fue irracional.
Para lo bueno y para lo malo, todo lo hizo el Barça. Empezó de cine, con una vertiginosa circulación de balón, incapaz siquiera de atraparlo el Sevilla. Ni con la mirada. Tocaba Xavi, se desmarcaba Messi, volaba Pedro por la banda izquierda, Alexis, eso sí, se enredaba por la derecha, y el Barça era el dueño del partido. Ganaba, como es habitual, a los puntos. Hasta que llegó el minuto tonto. Ese que suele tener el equipo de Tito cuando se deshace como un azucarillo cuando entra en la taza del café. Song fue tibio al encuentro de Negredo, el Sevilla armó el contragolpe, un disparo sencillo topó en los pies de Mascherano y se convirtió en una gran asistencia a Trochowski.
DE ERROR EN ERROR / El héroe del sevillismo, tras su gol al Madrid, tuvo tiempo de saludar a media ciudad antes de fusilar a Valdés, castigando su lentitud en el flanco izquierdo, aprovechando, además, que Song llegaba tarde y que Alves, como ya es también costumbre, tampoco estaba donde debía. Con ese tanto, el Barça se autodestruyó. Perdió el balón, perdió el control y, sobre todo, perdió la inteligencia. Para el Sevilla, era el escenario perfecto. Mientras los jugadores azulgranas estaban más pendientes de la tolerancia del valenciano Mateu Lahoz, convertido en un juez invisible porque no pita nada, Michel llevó la noche al territorio de la velocidad. El Sevilla, tan pancho. De casi nada generaba ocasiones de gol rentabilizando el flan defensivo barcelonista. Mordía el conjunto andaluz, apretaba los dientes, arrinconaba con un entusiasmo casi fanático, ordenado desde la banda por un ambicioso Michel, mientras los azulgranas estaban absolutamente descabezados.
EL PARADÓN DE PALOP / Habían perdido la pelota. Habían perdido, por lo tanto, todo. Tito intentó incluso enviar a Messi por unos minutos a la banda derecha, mientras Alexis, cada vez más desconectado del juego del Barça, se iba al centro. Pero nada de nada. Luego, en un inaceptable inicio de la segunda mitad, Busquets perdió un balón para que Negredo retratara la lentitud del ya desquiciado Song antes de firmar el 2-0, el partido soñado por el Sevilla. Poco después, tras siete meses de enemistad profunda con el gol (no marcaba desde el 8 de febrero), Cesc soltó un zurdazo imponente desde el balcón del área, tal y como le venía el balón manchando la camiseta de Palop en vano. En ese disparo, el Barça halló la esperanza y el Sevilla topó con el miedo. Y Messi, como es rutina en el Sánchez Pizjuán, disparó una majestuosa falta ¿casi 30 metros de distancia¿ que permitió el vuelo celestial de Palop para evitar el 2-2.
AL FINAL, EL 3-4-3 / Pero el gol de Cesc obró un efecto intimidatorio y transformó la noche en un puro volcán lleno de lava. Medel perdió los papeles, pareció cabecear al exjugador del Arsenal, vio la roja y ya nada fue racional sino que dominó la pura emoción. Estaba todo tan desequilibrado que Tito, de perdido al río (capítulo tres), quitó a Alexis, puso a Tello, sacó a Busquets, dejó a Thiago de medio centro defensivo y, al final, envió a la ducha a Alves para rescatar el 3-4-3 con Villa de delantero centro como en sus tiempos del Valencia. Al Sevilla, con un jugador menos, se le hizo el partido tan eterno que la paciencia del Barça encontró el tesoro en la combinación entre Messi y Cesc para lograr un empate redentor que rompió con un zurdazo brutal Villa. El Barça tuvo fe y fútbol. Renació. 18 de 18.