Cada vez que se examina, Messi suspende. No necesita mayor tribunal que él mismo. Nunca está contento Messi con lo que hace Leo en un campo. O dicho de otra forma: a Leo jamás le satisface lo que da Messi, ni siquiera cuando firma 73 goles con el Barça en una temporada, lo nunca visto antes, 82 si se incluyen los tantos logrados con Argentina. Nunca visto en el Camp Nou ni en ningún otro estadio del planeta. Cada año, e inicia ahora su novena temporada en el primer equipo, Messi compite contra Messi, sin mirar a los demás. Y suele salir perdiendo. El desafío, sin embargo, al que se enfrenta ahora adquiere proporciones mayúsculas.
Información publicada en la página 304 de la sección de Deportes de la edición impresa del día 17 de agosto de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Mayúsculo es, o sería, superar esos 73 goles. Mayúsculo es, o sería, alcanzar el cuarto Balón de Oro consecutivo quedándose para siempre, hasta que no nazca otro Messi, en la cima del fútbol mundial porque nadie antes ha besado tantas pelotas doradas en tan poco tiempo. Cuando llegó Ronaldo al Bernabéu, allá por el 2009, previa inversión faraónica (aquellos 96 millones que pagó Florentino Pérez al Manchester United no han sido superados por nadie), era el número uno del mundo, pese a que había sido derrotado por Messi en la final de la Champions de Roma. CR7 era entonces Balón de Oro (lo besó en el 2008 y desde entonces lo perdió de vista) y Bota de Oro. Apareció en España y descubrió al marciano de Rosario.
Las «espinitas» de Leo
Desde el momento en que aterrizó en el Bernabéu, convertido por el florentinato en el nuevo dios del madridismo, Ronaldo ha perdido todo lo que tenía: una Copa (2010), un Pichichi (2011) y una Liga (2012) es demasiado poco para alguien que necesita darle al pueblo blanco la Décima, esa Copa de Europa que no gana el Madrid desde hace una década, para ser una leyenda. Mientras, Messi ha ido construyendo una carrera majestuosa hasta que topó el abril pasado con el larguero del Camp Nou cuando lanzó el penalti contra el Chelsea y el Barça se quedó a las puertas de la final de Múnich además de perder la Liga en casa contra el Madrid. Todo en la misma semana en que Guardiola anunciaba su adiós. «Tengo la espinita de ese penalti», recuerda siempre Messi sin necesidad de que le pregunten por esa desgraciada jugada. Fue como si, de repente, Messi hubiera descubieto que las porterías tienen un par de postes y un travesaño.
A Ronaldo, aunque él no lo diga tan abiertamente como su gran rival, ese que le ha quitado el trono mundial desde el 2009, también le persigue el recuerdo de los penaltis porque le privaron del reconocimiento unánime que le atormenta desde hace mucho tiempo. Falló un penalti decisivo en la semifinal de la Champions contra el Bayern de Múnich en el Bernabéu. El escarnio público y el ridículo se lo llevó Sergio Ramos porque envió el balón a la galaxia, pero CR7 no estuvo a la altura de las circunstancias. Similar escenario se repitió en la Eurocopa cuando en la semifinal contra España no tuvo ni la posibilidad de lanzar el quinto penalti. Ronaldo, que tuvo el récord de 46 goles en la Liga tan solo una temporada, necesita destronar a Messi lo antes posible y recuperar las coronas que perdió en su tránsito de las Islas Británicas a Madrid.
La vida sin Pep
Ronaldo, es obvio, compite siempre contra Messi. Incluso cuando no está Messi. En la Eurocopa, después de ganar a Dinamarca en la segunda jornada, hastiado de que los aficionados corearan el nombre de la estrella azulgrana, destapó su tormenta interior: «¿Sabéis dónde estaba Messi por estas fechas la temporada pasada? Eliminado de la Copa América, de vacaciones en su país. Yo, en cambio, estoy feliz de estar aquí en el Euro», gritó el portugués sin que nadie le preguntara por el delantero del Barça. No hace falta. Vive Ronaldo pendiente de Messi.
Vive Messi, en cambio, pendiente de Messi. Dolido consigo mismo cuando no se reconoce sobre un terreno de juego. Arrastrando ese par de «espinitas», es definición suya, del penalti del Chelsea y la Liga perdida con el Madrid, empeñado en derrotarse cada vez que juega.
El miércoles, tras marcar un gran gol a Alemania con Argentina (ahí se está encontrando también el mejor Messi, ya que suma 10 tantos en los 10 últimos partidos), era un hombre enfadado. Y mucho. Había vuelto a fallar un penalti. «Quedé caliente por ese penal que erré, porque sé que lo pateé muy mal. En ningún momento levanté la cabeza y él también me adivinó el lanzamiento», dijo.
Llega Messi al inicio de la temporada sin pensar en Cristiano Ronaldo ni en el Balón de Oro. «Falta mucho, no sé qué pasará aún. Si lo consigo, algún lugar en mi casa le encontraré», afirmó sonriendo sin perder la esencia de pibe que le ha llevado al trono. Para él, sin embargo, hay algo desconocido porque no está Guardiola, el entrenador que mejor entendió sus silencios, y le toca a Tito demostrar que hay vida para Messi .