Por momentos pareció el viejo Messi, recostado en la banda derecha como en los antiguos tiempos con Rijkaard, sacando a Amorebieta de su hogar hasta dejarlo en ridículo en muchas ocasiones. Y eso que en el último partido, Leo no estuvo tan fino y lúcido como de costumbre, pero se guardó dos jugadas (la del gol, el 0-2 y otra maradoniana) para despedirse de un curso nunca visto. No solo por las cifras que ha sumado (50 goles en la Liga, 73 esta temporada en todas las competiciones) sino porque Messi ha alcanzado un nivel de juego sideral.
Información publicada en la página 106 de la sección de Fútbol de la edición impresa del día 26 de mayo de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Cuando Pedro no estaba, quedó él. Cuando Alexis entraba y salía de la enfermería, él no falló. Cuando Cesc dejó de ser el goleador Cesc, Leo jamás dimitió. Anoche, tampoco.
No estuvo tan fresco ni fino en el control, tampoco en el pase, pero sí en unas aceleraciones brutales que le llevaron a esas dos jugadas. En la primera, Messi marcó el gol con un derechazo imposible porque solo él había visto el hueco para que el balón se colara por debajo del larguero, burlándose del inmenso corpachón de Gorka, que pareció derretirse ante ese imponente disparo.
REGATE, REGATE, REGATE... / Fue Busquets quien recuperó la pelota, ya en el campo del Athletic, después se la dio a Messi y éste, como quien come pipas, se la devolvió a Iniesta antes de cabalgar, cual espíritu libre por la pradera del Calderón, hasta plantarse en el área vasca. Ahí resolvió en un santiamén. Más duró, sin embargo, esa inacabable carrera desde el terreno azulgrana, atrayendo primero a Amorebieta -¡qué demonios hago aquí, a 50 metros de Gorka!, debió pensar éste- y derribando después defensas del Athletic hasta llegar al dominio del meta, que colocó la punta del pie izquierdo para evitar que Maradona temblara.