El fin de semana azulgrana empezó con el corazón encogido, pensando en la salud de Eric Abidal . Por la tarde creció ese dolor al ver cómo se derrumbaba el congoleño Fabrice Muamba , del Bolton, sobre el césped. No era, desde luego, la mejor manera de celebrar un buen partido de fútbol, un duelo del nivel que suelen ser los Sevilla-Barça, partidos para disfrutar. Encuentros que, al parecer, ya no le preocupan a José Mourinho que, tras ganarse el derecho a sestear (esos 10 puntos de ventaja, perdón, perdón, siete, se lo permiten), acaba de reconocer que lo mejor de la actual situación es que ya no mira, ni depende del Barça.
Pues hace mal, muy mal. Como buen entrenador, que no exquisito, ni siquiera filigranero, ni mucho menos artístico, Mou tendría la obligación, lástima que no lo entienda así, de ver cada uno de los encuentros del Barça como si fuesen una clase magistral. No digo que para aprender. No, no, Special One no recibe clases de nadie. Lo digo por si, al ver lo que hacen esos chicos, a cual mejor, a cual más virguero, le entrasen ganas de sugerir a los suyos (casi todos ellos muy bien dotados para ello) que tratasen de practicar ese tipo de juego. Y lo digo, perdón, porque en sus últimas victorias (Vallecas, Benito Villamarín --sí, sí, dos penaltis, dos-- y Bernabéu con el CSKA) ha provocado, incluso, alguna que otra pitada de su respetabilísimo público, cuyo idilio con Mou se centra, especialmente, como no, en los Ultrasur, sus amigos del alma.
Es evidente que lo que anoche hizo el Barça demuestra que el fútbol, así, en general, no escribiré que en mayúsculas, sigue teniendo en el conjunto de Pep Guardiola a su mejor representante, a su símbolo, su mejor vitrina y, sí, sí, también, a auténticos maestros y catedráticos de su disciplina, de su arte. Es posible que, como un día dijo Arrigo Sacchi (por cierto, entrenador que lamentó al día siguiente de haberse retirado, eso, haberse retirado), «el fútbol es la cosa más importante de las cosas menos importantes».
Los culés podrían sentarse ante el televisor aturdidos por la noticia de Abi. O pensando que están a 10 puntos (perdón, perdón, que son siete) del Real Madrid. O temiendo que Guardiola acabe diciendo que «no» . No, no, que no lo diga, por favor. O maldiciendo que su mister tiene razón cuando afirma que esta Liga está poco menos que imposible.
Pueden hacer eso, sí. Pero, a los 10 minutos, aparece Xavi y mete el balón donde duermen las arañas. Y, 10 minutos después, Messi , perdón, Oooooooh Messi le hace un túnel a Spahic y un puente a Palop . Golazo. ¿Número? ¡Golazo! No importa. Y, luego, Iniesta pisa el área (¡menudo balón le metió la Pulga!), aguanta, flota sobre el césped como si fuese Matrix, echa una mirada 360º a su alrededor con sus 10 ojos, amaga, quiebra, tumba a Palop y casi gol.
Si un marciano bajase a la tierra sabría que eso y nada más que eso es fútbol. Así que, en efecto, es posible que Guardiola tenga razón y que los culés no ganen esta Liga. Pero todo lo demás, todo, es suyo. Puro culé.