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Riqueza energética

En estos días de inspecciones urgentes y reclamación de sanciones ejemplares, se echa en falta una reivindicación de más calado: cómo podemos conseguir energía limpia y suficientemente barata para que nadie tenga que ser pobre energético.

La tecnología lo va a cambiar todo. Cuantas veces habremos oído esta frase en las últimas décadas. Hasta el punto que cada vez que lo que llamamos tecnología (es decir, en esencia, la combinación de la informática y las telecomunicaciones) se mete en un nuevo ámbito, aparece una nueva versión de la revolución industrial. La primera, la Revolución Industrial en mayúsculas, la de la máquina de vapor y el capitalismo, fue seguida por una segunda (la de la electricidad y la producción en cadena) que tardó más de un siglo en llegar. Y después, en tan solo 50 años, los ordenadores y las telecomunicaciones nos metieron en la tercera.

El economista Jeremy Rifkin, que hace más de 40 años organizaba protestas contra las empresas petroleras, publicaba en el 2011 su libro 'La tercera revolución industrial', en el que anunciaba el fin del modelo energético tal como lo conocemos, para pasar a un nuevo paradigma de economía completamente distribuida en el cual todos seremos productores de energía limpia (mediante nuestras casas), además de consumidores, y en el cual el almacenamiento de energía hará posible entender el modelo de una manera totalmente distinta. Y ciertamente, ejemplos como el 'Powerwall' (batería para el hogar) de Tesla nos anuncia que la transformación ya está aquí con toda su fuerza.

Mientras tanto, los últimos estertores de los combustibles fósiles y los oligopolios (cuando no monopolios) tradicionales, hacen que sigamos teniendo discusiones sobre cortinas de humo, sobre las ininteligibles facturas de la electricidad, o sobre la línea eléctrica que necesitamos para alimentar el AVE. Es cierto que los expertos pronostican una primera mitad del siglo XXI que aun será de transición, con gran presencia de unos combustibles fósiles que todavía esperan amortizar enormes inversiones y ganar los últimos beneficios, y una demanda aun creciente que todavía no se puede servir de manera sólida solamente con fuentes renovables, pero es igualmente cierto que el cambio climático está poniendo el sistema al límite, y que la eficiencia y las posibilidades de la nueva energía están creciendo muy rápidamente (la nueva economía del almacenamiento de energía, por ejemplo, está evolucionando a pasos agigantados).

La factura en España

Y en España, anclados en las consecuencias del pasado, las facturas eléctricas siguen llegando con conceptos incomprensibles y difícilmente justificables para la mayoría, como los déficit de tarifa, y nos enzarzamos en discusiones sobre quien tiene más responsabilidad, si los políticos o las empresas, en la cruda realidad: que pagamos la quinta factura más cara de toda la Unión Europea (si lo medimos en poder adquisitivo, tenemos el dudoso honor de estar en el segundo lugar, solo por detrás de Alemania), y que somos líderes absolutos en costes de distribución, multiplicando por 10, por ejemplo, los del Reino Unido.

Sea como sea, la pobreza energética existe. Hoy pagamos por la electricidad el doble que en el 2005, y según los datos del INE, el porcentaje de hogares con dificultades para pagar la se sitúa por encima del 10%, habiéndose duplicado durante los últimos años (algunos, como la Asociación de Ciencias Ambientales, dicen que son más del 20%). Cuando en el 2009 se cambiaban cromos, y las empresas eléctricas aceptaron el bono social (un descuento del 25% en la factura eléctrica para determinados colectivos) a cambio de la colocación con garantías públicas de la deuda acumulada en el sistema eléctrico, la solución parecía un paso más del 'business as usual' tan común en los sectores regulados.

Parece el escenario ideal para liderar un cambio de modelo energético que ponga a España en cabeza de un nuevo paradigma. Parece el momento perfecto para recuperar la iniciativa que alguna vez tuvimos para liderar esa tercera revolución industrial de la que habla Rifkin, esa confluencia de las energías renovables, la informática y las telecomunicaciones, no solo para mejorar la eficiencia en el consumo, sino también para conseguir, de una vez, encontrar nuevos sectores que puedan ser motor económico y sacarnos de la crisis, y a la vez diseñar un futuro sostenible. España de nuevo en el mapa mundial del sol, y esta vez no solo por el turismo. Pero no; hemos pasado en menos de una década de ser el segundo productor mundial de energía fotovoltaica, a ser el décimo. Justo cuando los costes de producir energía solar han bajado el 80%, y los tejados plateados son cada vez más habituales en Alemania, EEUU o China. Justo cuando empezamos a hablar en serio de coches eléctricos y baterías domésticas. Justo ahora, nos encallamos en impuestos al sol. Quizá las empresas energéticas no se hayan dado cuenta del enorme impacto que todas estas cuestiones pueden tener en su reputación, igual que ya lo han comprobado las empresas e instituciones financieras.

En estos días de inspecciones urgentes (¿no se hacen estas inspecciones constantemente?) y reclamación de sanciones ejemplares, quizá se echa en falta una reivindicación más de fondo: cómo podemos conseguir energía limpia y suficientemente barata para que nadie tenga que ser pobre energético. Según el último informe de la Agencia Internacional de la Energía, será necesaria una inversión de 44 billones de dólares para mejorar y transformar la oferta de energía (asumiendo que debe continuar creciendo la demanda), y otros 23 billones para mejorar la eficiencia en el uso de la energía. Tener acceso a suficiente energía que nos podamos permitir, frenando el cambio climático y el aumento de la contaminación. Sustituyendo fuentes, utilizándolas mejor.

Ya no estamos en el tiempo de que nos paguen la factura; solo debemos pretender poder pagarla tranquilos por nuestros propios medios, sabiendo que nuestros hijos tendrán mundo suficiente para poder continuar haciéndolo.

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