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UN GRUPO INCLASIFICABLE Y LIBÉRRIMO

Seward: un año de gira por Barcelona

La banda cierra su 2017 con una treintena de conciertos en bares, centros cívicos, salas, asociaciones y ateneos

Nando Cruz

Seward lleva siete años en activo como banda y casi cada mes han actuado en Barcelona. En el 2017 no han publicado disco y aun así han realizado mas de 50 conciertos, la mayoría de los cuales, una treintena, en distintos puntos de la ciudad: de Sants a Vallcarca, de Poble-Sec a Nou Barris y de Sant Andreu al Raval. «No es cierto que en Barcelona no haya sitios en los que tocar», niegan. «Pero que los músicos se puedan ganar la vida, ya es otro asunto», añaden.

Este grupo de música inclasificable y libérrima explora la ciudad en busca de nuevos escenarios y pelea como ningún otro por dignificar las condiciones laborales de los músicos. Su obstinación hace de Seward el protagonista ideal de un reportaje en el que sondear qué significa en Barcelona ser músico de un grupo con bagaje y prestigio. Hablamos con Pablo Schvarzman (26 años de oficio), Juan Rodríguez (14) y Adriano Galante (12). Marcel·lí Bayer (17) estará un rato en la entrevista, pero se irá pronto porque toca en el musical 'Cabaret'.

Sensación de comercio justo

Cada año, una de las primeras actuaciones de Seward es la de celebración del aniversario del grupo, el 28 de enero. Este año fue en El Pumarejo, asociación cultural de Vallcarca. «Ellos cobran la cuota de socio y la taquilla es tuya. Según el precio de entrada que pongas, te puedes llevar 600 euros», explica Galante. No hay negocio ni estafa, sino «una sensación de comercio justo», razona Juan.

Explorando espacios al margen de la industria del directo, es fácil dar con lugares donde escasea el dinero. En tal caso, antes de decidir si tocan o no, Seward se pregunta: «qué hay que no denigre la profesión y vaya a favor de la música». En este local encontraron una camaradería y unas facilidades de las que se ha derivado una residencia mensual. Desde otoño, ofrecen un concierto sobre imágenes de una película distinta. Seward y El Pumarejo se han hecho familia.

Una de las máximas de Seward es tocar en lugares donde no han tocado antes. Así descubrieron el bar Sinestesia de Sants, en el que tocaron el mismo mes que abrían. «Fue otro movimiento a favor de la escena», resumen, aunque esta vez no fue tan positivo. «Vino muy poca gente, pero nos apetecía estar en la programación de un sitio que abre y que sentimos cercano», reconocen.

Centros cívicos y 'food markets'

En abril vivieron una experiencia que califican de «preciosa» en el ciclo 4Raons que se celebra en el equipamiento municipal La Capsa de El Prat del Llobregat. «La intención era que el grupo no solo pasara por la ciudad, sino que conociera algún colectivo. Hicimos un paseo con las Dones Sàvies, nos pasaron música y todo eso marcó la energía de la actuación», explican. Además, «las condiciones económicas eran un lujo y el equipo humano y técnico era muy sano».

No es el único centro cívico que han pisado este año. En febrero actuaron en el de Parc-Sandaru y en octubre en el Albareda. «Lo hicimos por la ilusión de hacer algo con el ayuntamiento, que sepan que estamos dispuestos a hacer cosas interesantes con proyectos músico-sociales», explica Rodríguez. Aun así, Galante lamenta que «aunque la predisposición de los programadores sea total, el espacio no acompaña: son edificios muertos por dentro y es difícil generar algo». Ah, ni siquiera en ese circuito público se contrata laboralmente al músico.

Han tenido encontronazos con el Primavera, el Vida y el Cruïlla. A menudo, por la presencia de marcas

Pese a no ser amigos de las marcas, Seward aceptó tocar en el Palo Alto Market Fest que se celebró en abril la fábrica Fabra i Coats. «Pusimos muy claro por escrito que no tenía que haber logos en el escenario y cuando hubo  problemas sacamos el papel», celebra Schvarzman. Porque los hubo: «Cuando estábamos despidiéndonos se encendió un logo de Moritz y justo nos hicieron unas fotos en ese momento. Se supone que fue un error técnico, pero tuvimos que asegurarnos de que no saliesen esas fotos publicadas», cuenta Galante.

Tras sus encontronazos con el Festival del Mil·lenni y el Cruïlla, el grupo ya no peca de ingenuo. «Mucha gente ve el Palo Alto Market como un mercado de comida con música de fondo. Yo lo veo como el futuro de los festivales», apunta Galante. «Y el futuro del trato al músico ha de ser lo que hicimos allí: el músico dice al festival dónde puede y no puede estar la marca. Y si está, eso tiene un precio», propone Pablo. «Si no, la evolución natural será tocar con la marca en la camiseta como los futbolistas y ser Seward-Damm», bromea Rodríguez.

Hiroshima, Artte, Robadors...

En mayo tocaron en el Hiroshima de Poble-Sec, espacio donde el artista no paga por alquilar la sala, pero esta se lleva el 50% de recaudación. «Haciendo eso un día sacamos muy poco, pero al Hiroshima, haciendo eso cada día, sí le sale a cuenta», calcula Schvarzman. Ahí supieron que muchas salas «te obligan  a renunciar a los derechos de autor de tu actuación porque no quieren pagar a la SGAE. Eso significa que dejamos de ganar ese dinero», revelan. Días después, en el Depósito Legal de L’Hospitalet se dieron el batacazo del año: «Fue muy duro», zanjan. En la sala Artte, de la calle Muntaner tocaron tres canciones en una fiesta de su sello, Foehn. «Ni una copa de vino te daba el local», recuerdan.

En junio compartieron actuación con los estadounidenses John Davis & the Cicadas en Robadors. Poniendo las entradas a 10 euros, sacaron 500 euros por grupo. Robadors, opina Juan, «alberga todo lo importante que está pasando en la ciudad, pero no tiene un caché para pagar a los músicos». Los músicos pasan la gorra y «aunque toques cada día, no da para vivir», lamenta. «Pero los músicos lo defienden como un lugar que, si cerrase, sería malo para la música, aunque sea malo para ellos a nivel económico», añade Galante.

  

¿Y los festivales?

Seward ha tenido encontronazos con el Primavera Sound, el Vida y el Cruïlla. Casi siempre, por asuntos relacionados con la presencia de marcas. Por eso, este año no hay aventuras festivaleras. El único macroevento en que participó Seward fue el No Callarem, coorganizado por ellos mismos en protesta ante los ataques a la libertad de expresión. Más de 5.000 personas y 25 grupos (de Albert Pla a KOP, de Maria Arnal Txarango) pasaron el 21 de mayo por el parque del Gran Sol de Badalona en la cita musical más imprescindible del año. Seward respaldó los versos del locutor Javier Gallego, con quien también actuaron en febrero (Antic Teatre) y noviembre (Ateneu Popular 9 Barris).

Este año Seward también ha regresado a la sala Be Good del Poble Nou, en la que el año pasado tuvieron una experiencia algo fría. «Acababa de coger la sala la gente que antes llevaba el Heliogàbal, pero aún no se la habían hecho suya», recuerda Galante. Esta vez compartieron tarima con la cantautora vasca Ainara Legardon en un concierto que organizó el centro cultural Euskal Etxea. «No podían pagar nuestro caché y se quedó en 700 euros», recuerdan, pero aceptaron para tocar con Ainara y por logística: la sala está a pocas manzanas de su local y el transporte era fácil. Y para quitarse la espina del Be Good.

Esta semana han cerrado el año con seis conciertos en seis días en la asociación El Pumarejo, de Vallcarca 

A puntito de despedir el año, llegó la sorpresa. En la Fabra i Coats hicieron una residencia de tres días para crear un espectáculo audiovisual. ¡Y les ofrecieron un contrato laboral! «De repente, aparezco como trabajador ante al sistema», celebra Rodríguez, que también toca con raperos como Mala Rodríguez y Kase-ORap Solo, la agencia de este último, «es un ejemplo de valor humano y profesionalidad», destaca. Le dan de alta hasta cuando trabaja de productor. En cambio, en la todopoderosa RLM, antaño agencia de Mala Rodríguez, no.

Seward, en Fabra i Coats, donde tuvo una residencia de tres días. / ELISENDA PONS

Galante recuerda que cuando ha colaborado con compañías de danza y ha preguntado si le darían de alta le miraban como si fuera tonto: «Claro que sí. ¿Y si te pasa algo?», le espetan. Esto subleva a  Schvarzman: «Hablamos de mundos muy cercanos como la danza y la música, pero uno tiene integrado un funcionamiento y otro, no». Son estas dinámicas enquistadas las que Seward quiere combatir. «Pero ya no pelearé más solo. Esto es un problema colectivo», advierte. De ahí la constitución del Sindicat de Músics Activistes de Catalunya, del que Adriano Galante y Pablo Schvarzman son, cómo no, dos de los impulsores principales.

¿Suicidio o resurrección?

2017 ha sido un año fructífero para Seward. «Hemos perdido el miedo», suelta Adriano Galante, y explica que acaban de rechazar «actuar en el Curt Circuit porque se empeñan en poner el logo de Estrella detrás del grupo». Años atrás tuvieron un encontronazo con este mismo ciclo. «Cuando nos hicieron la entrevista, pedían que bebiésemos la cerveza mientras hablábamos y dijimos que no», recuerda. «Al ver la entrevista filmada, el plano estaba tomado al lado de una cerveza. Habíamos dicho que no queríamos eso, pero lo grabaron igual», añade Juan Rodríguez.

Su beligerancia no es bien vista por el gremio. «Algunos amigos nos dicen que esta no es la manera, pero yo estoy convencido de que sí», dice Galante. «En el circuito Primavera, Cruïlla y Vida ya nos suicidamos, pero estamos más vivos que nunca. ¿Qué va a cambiar en nuestra vida si no tocamos allí?», se pregunta Pablo. «Eso de que un festival significa promoción y tocar más es una fantasía. Los festivales ya no son una necesidad, sino un acuerdo», concluyen.

«Cuando tú cambias tu perspectiva ante el mundo, el mundo cambia un poco», lanza Juan Rodríguez. Esta semana Seward ha cerrado el año con seis conciertos en seis días en los que ha participado su círculo de amistades musicales. Los seis, en El Pumarejo, cómo no. Y su proyecto más inmediato es un espectáculo a propuesta de L’Auditori en el que tendrán contrato laboral... ¡de una semana!

Todo pinta mejor de cara al año 2018, aunque está claro que ya nunca serán famosos. «Pero seremos mimosos», replica Rodríguez. ¿Mimosos? «Sí, en vez de fa-mosos, mi-mosos: medio tono abajo», resuelve con una sonrisa. 
 

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