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ASÍ HA SIDO EL 2017

Viendo pasar la Historia

Este otoño caluroso y seco nada se ha repetido y casi cada mañana nos hemos levantado con un sobresalto superior al del día anterior

Josep Maria Fonalleras

George Steiner contó en una entrevista una escena que vivió cuando era pequeño en París. Se topó con una manifestación de extrema derecha y se refugió como pudo en casa, en la avenida Paul-Doumer. Su madre había bajado las persianas. Su padre las subió de nuevo y, mientras los energúmenos gritaban, se acercó al pequeño George y dijo: «Eso se llama Historia y nunca debes tener miedo».

Pues eso. Resulta que hemos vivido el otoño más seco y caluroso de los últimos años con las persianas abiertas, viendo pasar la Historia, con mayúsculas y ante nuestras narices. Hay quien piensa que la esencia de la democracia (y, por ende, de la vida) consiste en aburrirse. Soberanamente. Como dijo Joseph Brodsky, en una famosa conferencia en el Darmouth College, «el aburrimiento es fruto de la repetición, y la esencia de la vida (y por ende, de la democracia: eso lo digo yo) consiste en la repetición». En este otoño caluroso y seco nada se ha repetido y casi cada día nos hemos levantado con un sobresalto superior al del día anterior. 

Del 1-O a la cárcel 

Romeva, Mundó, Turull y Rull, saliendo de la cárcel de Estremera. / AFP / pierre-philippe marcou

No nos hemos aburrido porque, seguramente, estábamos ante la Historia, que es eso que pasa cuando Kafka se va a nadar. Sesiones acaloradas en el Parlament, desembarco de miles de policías y guardia civiles en un barco de risa, la cancioncita esa del «a por ellos» (entonada con silbidos por el mismísimo monarca), rocambolescos vericuetos por donde discurrían urnas y papeletas, el hachazo del 1 de octubre, la violencia sin razón, los llantos (por el despropósito) y los quebrantos (por las porras y las balas de goma). Y más aún: manifestaciones multitudinarias de unos (y también de los otros), paros generales en el país, empresas que se van, ciudadanos que se quedan y se quejan, helicópteros que vuelan, «rebelión violenta» para unos y «democracia pacífica» para otros, más manifestaciones, una república que no fue, un President que se fue, muchos otros que estuvieron (y están) entre rejas, la llegada del virreinato en forma de 155, los lazos amarillos, las cruces gamadas.

Historia. Ante nuestras mismísimas narices. Y la cosa sigue, y cuesta un montón escribir el resumen de una novela cuando no sabes el final, porque el 21-D no ha sido el final.

El maldito 17-A

Muestras de duelo, en el mosaico de la Rambla de Joan Miró, tres días después del atentado. / JORDI COTRINA

Mientras tanto, el mundo (eso que está más allá de nuestras narices) fue a la suya, que es tanto como decir que en el mundo se extendió el primer año de la era Trump, con sandeces idiotas y con dramáticas sandeces. Como ha dicho Paul Auster, «rezo para que Trump no tenga un segundo mandato, porque dudo de que el mundo siga adelante si es así». Puede que no siga adelante ni con el primero, pero eso está por ver. Lo visto es que el 'brexit' va en serio, que Macron fue un espejismo, que la extrema derecha (esa misma que perseguía a Steiner) empieza a mandar en Europa (o, en Austria, que viene a ser lo mismo), y que mientras el Estado Islámico se desvanece en Siria aprovecha para implantar el terror en el mundo.

Paréntesis: la Historia también nos visitó un maldito 17 de agosto, en forma de zigzag asesino, esa tarde aciaga en que Barcelona abrió todos los noticiarios. Otra vez persianas subidas.

Esa mierda de mar que es nuestra vergüenza

Lo visto es que todo ha ido muy deprisa, y más aún desde que un juez decidió desenterrar a Dalí. Sin embargo, y quizás para llevar la contraria, el hit del año ha sido 'Despacito', de Luis Fonsi, aunque confieso que yo soy más de Arcade Fire, que estuvieron por aquí en el Primavera Sound.
Se murieron unos cuantos, de los de necrológicas curradas (como Fats Domino, Johny Hallyday, BaumanBergerCapdevilaGoytisolo y Charles Manson), y se murieron muchos más, de esos que no tienen tumba o la tienen en el mar, esa mierda de mar que es nuestra vergüenza.

Me dejo muchas desgracias, terremotos y masacres, machismos y fascismos, incendios y otras 'coreas', noticias falsas y falsos redentores y tiroteos verdaderos. Y me dejo a Rusia, que parece que está en todo. Y todo aquello que se fue y puede que no vuelva. Josep Carner despedía el 1949 de esta manera. "Benignament, fina l’any amb peresa". No es el decasílabo más adecuado para este turbulento 2017, pero me gustaría que lo fuera. Vuelvo a Brodsky: "Por muy inhóspita que pueda llegar a ser una estación, el tren no se detiene en ninguna para siempre".
 

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