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El 'caso Harvey Weinstein': una de monstruos

Idoya Noain

Hay secretos a voces y secretos susurrados. Hay secretos que una víctima decide mantener y secretos que alguien compra con dinero, presiones, cómplices o poder. Hay secretos que deben acabar y secretos que acaban. Todos son los de Harvey Weinstein.

Hace 11 días, un artículo en 'The New York Times' desveló que el famoso productor, que irrumpió hace casi cuatro décadas en el cine independiente con Miramax para acabar convertido en uno de los pesos pesados de la industria del cine en Estados Unidos, llevaba todo ese tiempo comprando con decenas de miles de dólares el silencio de al menos ocho mujeres a las que había acosado o agredido sexualmente.

Era una explosiva exclusiva que varios periodistas y medios llevaban años persiguiendo sin éxito, conscientes de indicios y rumores, frenados por ese muro ensordecedor construido con contratos de confidencialidad, acuerdos extrajudiciales o incuestionables dudas personales de las víctimas para alzar la voz. Pero el muro por fin caía. Y con ese artículo empezó a deshacerse la compleja trama que le ha permitido durante todo ese tiempo a Weinstein –tan famoso por su volcánico carácter como por sus agresivas campañas para los Oscar– esquivar ser definido públicamente como un depredador sexual.

Patrón de abuso

Cinco días después, con la tormenta pública ya desatada y el clamor de unos pocos para que otros muchos sumaran su voz de condena, otro artículo en 'The New Yorker' reveló acusaciones aún más graves que incluyen casos de violación. La pieza en la web ofrecía una grabación de una operación policial en la que se escucha a Weinstein acosando y reconociendo tocamientos a una joven modelo italiana. Se tatuó de manera aún más indeleble en la conciencia colectiva la imagen del monstruo.

El productor disponía de maquinaria cómplice que
incluía a empleados y directivos

Esa imagen no ha parado de hacerse cada vez mayor, ni más aterradora. Son más de 30 mujeres, por ahora, las que han decidido ponerse bajo los focos para contar sus experiencias. Son actrices ahora de renombre y modelos, secretarias y asistentes que trabajaban para él, camareras que aspiraban a entrar en el mundo del cine... Y entre todos sus testimonios es fácil trazar el patrón de abuso: mujeres jóvenes convertidas en presas, reuniones organizadas en habitaciones de hotel, conversaciones profesionales que en un instante se transforman en íntimas, y un productor que se queda desnudo o casi, que pide un masaje o empezarlo, solicita sexo dando nombres de famosas que supuestamente lo habían concedido –y lo exige como transacción para hacer avanzar profesionalmente– y es capaz de amenazar, de exhibirse, de agredir...

Los testimonios y el trabajo periodístico también han permitido entender que Weinstein se apoyaba en un elaborado sistema que dependía de la colaboración de otros. Había asistentes que organizaban las reuniones, llevaban a las mujeres a los encuentros y luego desaparecían. Había también empleados y directivos de la productora que trataban de tranquilizarlas o les buscaban agentes o trabajos. Y el productor tenía a su disposición una potente máquina de abogados y relaciones públicas: lo mismo compraba silencios con dinero que cumplía las amenazas con que chantajeaba a sus víctimas, y lograba colocar historias negativas sobre ellas en los medios.

Miedo, poder y complicidad

Era todo un montaje basado en el miedo, el abuso de poder y la complicidad de quienes lo sabían (se ha demostrado que la junta directiva de The Weinstein Company, aunque le despidiera el pasado domingo y alegara no saberlo, conocía sobradamente los hechos). También, en la vulnerabilidad de las víctimas. Y ha funcionado hasta que actrices como Ashley Judd y Asia Argento han sido capaces de enfrentarse a sus propios fantasmas y levantar la tapa de la fétida cloaca. "Las mujeres hemos hablado entre nosotras sobre Harvey mucho tiempo y es más que hora de tener la conversación públicamente", ha dicho Judd.

"Me rendí, esa es la parte más horrible; te rindes y luego te culpabilizas", afirma la actriz Lucia Evans

Ella y algunas de las agredidas lo han logrado. Entre ellas hay muchas estrellas que, cuando aún estaban de camino a su estrellato, Weinstein consideró vulnerables: Angelina Jolie, Gwyneth Paltrow, Rose McGowen, Mira Sorvino, Rosanna Arquette, Léa Seydoux, Cara Delevigne... Y la fama, esta vez, ha servido para lograr una difusión casi inaudita de las voces de las mujeres que han sobrevivido al acoso y al abuso sexual, y que detallan el dolor, el horror y los traumas duraderos.

Por ejemplo: "Dije no, de muchas maneras, muchas veces, y siempre volvía con una nueva petición" (Ashley Judd); "estaba en posición vulnerable y necesitaba mi trabajo. Eso solo hace aumentar la vergüenza y la culpa"; "me aterraba, era tan grande, no paraba, era una pesadilla"; "cuando le veo me hace sentir pequeña y estúpida y débil. Tras la violación ganó" (Asia Argento); "me rendí, esa es la parte más horrible, y por eso ha sido capaz de hacer esto tanto tiempo a tantas mujeres: te rindes y luego sientes que es tu culpa"; "lo puse en una parte de mi cerebro y cerré la puerta. Siempre era mi culpa por no haberle frenado. Me daba asco a mí misma" (Lucia Evans); "era tan manipulador. Te cuestionas constantemente. ¿Soy yo el problema?" (Laura Madden); "trabaja mucho para perseguir a la gente y acallarla, hacerle daño. Es lo que hace" (Rosanna Arquette); "me aterraba que este tipo de cosas le hubieran pasado a tantas mujeres que conozco y nadie dijera nada por miedo" (Cara Delevigne); "ni siquiera se esconde. Tanta gente está involucrada y ve lo que está pasando, pero todos están demasiado asustados para decir nada"; "era como un cazador con un animal salvaje. El miedo le pone" (Emma De Caunes).

Orla de las denunciantes. / el periódico

El apoyo que ya no llega

Son muchos quienes creen que las revelaciones han llegado porque, en los últimos cinco años, Weinstein ha perdido parte del poder que le hizo tan temido en Hollywood. Lo que es seguro es que ha dejado de dar miedo. Intentó hasta el último momento frenar la publicación del primer artículo, con presiones a quienes hablaban y amenazas de demanda a los medios, pero la tinta se secó sobre el papel y empezó su hundimiento.

Desde el 5 de octubre, el productor está pidiendo públicamente una segunda oportunidad y en privado, en mensajes desesperados, apoyo. Sin embargo, nadie parece dispuesto a darle ni una cosa ni la otra. Su segunda esposa, con la que tiene tres de sus cinco hijos, va a divorciarse. Ha sido despedido de su propia compañía. La policía de Londres ha abierto una investigación y la de Nueva York está repasando sus archivos.

Muchos creen que el caso ha aflorado porque el productor ha perdido parte del poder que tenía

Weinstein ha sido repudiado por prácticamente todos los aliados que tenía en la industria y en la comunidad demócrata, donde sus donaciones y credenciales en favor de causas progresistas (que ahora muchos políticos redirigen a causas benéficas) le habían granjeado amistad hasta con los Clinton y los Obama (que enviaron a su hija Malia a hacer prácticas en su productora). Todos se han distanciado públicamente de él, incluyendo festivales como el de Cannes. Ha sido expulsado de los Bafta. Y ayer la Academia de Hollywood mantenía una reunión de emergencia. Hay en marcha una campaña solicitando que se le expulse de la organización (de la que siguen formando parte, entre otros, Cosby o Mel Gibson).

Su caso, además, ha sido la gota de un vaso que está ya a rebosar. Ha estallado justo cuando se cumplía un año de que saliera a la luz la grabación de otro hombre al que varias mujeres han acusado de acoso, el presidente Donald Trump, en la que se le oía decir: "Cuando eres famoso puedes hacer cualquier cosa, cogerlas por el coño, puedes hacer lo que quieras". Llega también meses después del juicio contra Bill Cosby por violación (que acabó declarado nulo) y de las salidas de Fox News del consejero delegado, Roger Ailes, y del presentador estrella, Bill O’Reilly, que acallaron con millones de dólares múltiples denuncias por acoso. Y coincide también con constantes noticias de casos similares en Silicon Valley.

Un síntoma del sexismo sistémico

Por eso Weinstein ha obligado a mirar de frente a una lacra social que no entiende de industrias, clases, razas ni fronteras. Como decía la actriz Emma Thompson en la BBC: "Esto ha sido parte de nuestro mundo, el mundo de las mujeres, desde tiempos inmemoriales, así que de lo que necesitamos empezar a hablar es de la crisis de masculinidad, de la masculinidad extrema".

"Ahora todos están escandalizados. ¡Como si fuera el único caso!", se sorprende la documentalista Cari Beauchamp

El 'caso Weinstein', no obstante, también ha puesto una lupa especial sobre la industria del cine. La reacción de parte de esa comunidad –los "no conocía ese lado suyo" o "nunca lo vi" que se han leído en decenas de comunicados– no es suficiente para muchos. "Hay gente que dice que no tiene ni idea (del acoso sexual rampante), pero ya no lo puede decir más", reflexiona en una entrevista telefónica Leah Meyerhoff, directora de cine y fundadora de la organización para mujeres cineastas Film Fatales. "No es una excusa. Si no tienes ni idea es que no estás mirando, lo que no quiere decir que no exista".

Manhola Dargis, crítica de cine de 'The New York Times', ha escrito que lo que se ha descubierto del productor "no es una aberración, es un síntoma común y maligno de sexismo sistémico, igual que quienes lo facilitaron, que se encogen de hombros y ofensivamente preguntan por qué las mujeres no dijeron algo antes". Y también Cari Beauchamp, documentalista y autora de seis libros sobre historia de Hollywood, se sorprende ante quienes tratan el 'caso Weinstein' como si fuera un caso aislado. "Están escandalizados, ¡escandalizados!, de que algo así haya pasado, como si Harvey fuera el único que hubiera hecho algo como esto y el único que lo estuviera haciendo ahora. Parte de la historia del cine pasa porque las mujeres a menudo han sido cosificadas en la pantalla. ¿Por qué nos sorprendemos cuando son cosificadas detrás de la cámara?". Beauchamp asegura que "cuando un negocio es 90% masculino, estas cosas suceden".

Y encuentra un patrón repasando la historia clásica de los grandes estudios: Louis B. Mayer en MGM, Harry Cohn en Columbia o Jack Warner en Warner Brothers. "Todas son historias del privilegio masculino. Creían que eran los reyes. Usaban su poder de forma abusiva".

De Jack Warner a Louis B. Mayer,la historia de Hollywood es rica en productores abusivos

En esa idea también abundan especialistas como la crítica de 'The New York Times' Manhola Dargis. "Las mujeres ayudaron a construir la industria, pero durante mucho tiempo ha sido una aventura dominada por hombres que sistemáticamente tratan a las mujeres como inferiores", escribía. "Es una industria que ha explotado sexualmente a intérpretes jóvenes y ha estampado una fecha de caducidad en las mayores. Es una industria que, de forma persistente, niega empleo a directoras y trata con desprecio a la audiencia femenina como un nicho, un problema, una añadidura".

"La cultura de Hollywood es difícil de cambiar: valora el dinero, teme tomar riesgos y los hombres con poder tienen pocos incentivos para cambiar las cosas", dice Leah Meyerhoff. "Cuando se hacen cambios es porque temen la mala publicidad, pero no hay incentivos suficientes para hacer transformaciones sistémicas y duraderas".

Aun así, nadie quiere perder el optimismo de que el último monstruo descubierto sirva para algo positivo. "Suficientes mujeres se sienten lo bastante seguras para hablar públicamente y esperemos que esto empiece a cambiar actitudes en las productoras, que se implementen políticas más estrictas de acoso sexual, y que los hombres en la industria sean capaces de hablar y cuestionar el comportamiento de otros hombres con poder", dice la cineasta. "No creo que sea responsabilidad de las mujeres cambiar la industria: es responsabilidad de quien está en el poder, el hombre blanco heterosexual".

El coro de voces que se deciden a denunciar, además, hacen palanca más allá del cine. "Hay más gente dispuesta a salir públicamente, los números dan fuerza", ha reflexionado en 'Variety' Anita Hill, la mujer que en 1991 acusó a un juez del Tribunal Supremo de EEUU de acoso. "Tenemos que lidiar con esto como sociedad. Es un tema legal, pero también es un asunto social y cultural que aún no hemos resuelto. En los últimos 25 años, hemos elevado la conciencia pública de que esta es una experiencia de las mujeres que ocurre en múltiples niveles: en el trabajo, en la calle, en internet y cuando se busca empleo o una promoción. El siguiente paso es alcanzar el nivel de conciencia legal".

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