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La luna vista por internet

Juan Carlos Ortega

LUNA LLENA

REUTERS/ JON NAZCA

Estos días, a través de internet, hemos visto miles de lunas fotografiadas. El esperado espectáculo de nuestro satélite un poquito más grande de lo habitual ha generado un gran número de comentarios, casi todos románticos. La imagen de la preciosa luna, redonda y entera, ha sido compartida por muchísimos de nuestros contactos, produciéndose un hecho inquietante que jamás se había dado en la historia de la Humanidad: por primera vez hemos visto en cinco minutos más lunas llenas fotografiadas de las que veremos en el cielo real a lo largo de toda nuestra vida.

Cada año la luna se nos muestra llena solamente en 12 ocasiones, aunque no solemos verla siempre que eso ocurre. La mayoría de las veces estamos en casa mirando la tele, cenando, leyendo, durmiendo o compartiendo magníficas fotos de la luna llena a través de Facebook. He intentado recordar cuántas veces yo la he visto colgada en el cielo este año, y la cifra creo que puede aplicarse a muchos de nosotros. Dos veces. Solamente dos. Una, este verano, mientras paseaba comiendo un helado en un pueblo de la costa y otra hace muy poco, de refilón, al volver a casa después de una cena.

Tal vez yo viva 40 años más, si tengo suerte. Eso significa que me quedan por ver 80 lunas llenas. Haga usted el cálculo en función de su edad y anote la cantidad en un papel. Sea como sea, el número será aterradoramente pequeño. Tal vez le queden 20 lunas, o 34, o tan solo 12, pero cada vez que la miramos pensamos estúpidamente que es un hecho muy normal.

Ahora imagine que la luna, de algún modo, quisiera que supiéramos lo importante que es mirarla. Como los seres humanos somos así de raros, 'Ella', que nos ha visto crecer desde arriba, que ha sido testigo del nacimiento y muerte de muchos imperios, decide hacérnoslo saber del modo más eficaz que conoce, colocando en su plateado centro un contador electrónico, unos dígitos que nos señalan el número de veces que aún la podremos contemplar antes de morir.

Usted pasea por la calle una noche, mira arriba, y la ve allí, redonda, magnífica, y en su centro lee el número 26. Unos meses después, al alzar la vista después de una cena, observa el prodigioso círculo con la cifra 25.

Dicen que solamente valoramos aquello que hemos perdido, pero afortunadamente no es cierto. Sería más real decir que valoramos aquello que sabemos que acabará perdiéndose. La luna no colocará ningún contador en su centro, porque a pesar de su belleza es un trozo tonto y muerto de roca, pero nosotros deberíamos hacerlo por ella porque, bien mirado, se lo merece.

Basta solo con imaginar en su centro esos números menguantes cada vez que la veamos. Y quien dice la luna, dice nuestras cenas con amigos, nuestros desayunos, nuestros paseos, nuestros conciertos o nuestras lecturas de EL PERIÓDICO. No crean que es algo pesimista saber que algún día esas cosas acabarán. Lo verdaderamente pesimista es no darles ninguna importancia al imaginar que son eternas. 

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