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"La culpa de los males de Barcelona no es de los Juegos Olímpicos"

Enric Truñó, 'concejal olímpico'. reivindica la herencia de 1992 a la vista de que tras 25 el relato colectivo tiende en ocasiones a la distorsión

CARLES COLS / BARCELONA

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Enric Truñó posa en el Estadi Olímpic. / JULIO CARBÓ

¡Uf!, otra vez los JJOO, puede que diga más de un lector. Otra vez la matraca de siempre, puede que añada. La canción de cada 25 de julio. Sí, es cierto, con motivo del décimo aniversario de la cita olímpica EL PERIÓDICO publicó un suplemento especial, un paciente análisis, elogioso pero no carente de críticas, cuyo contenido no ha envejecido. ¿Por qué entonces repetir de nuevo con motivo del 25 aniversario? ¿Se han desclasificado unos documentos secretos? ¿Algo sustancial ha cambiado? En respuesta a esa última pregunta, sí, no solo ha cambiado el estado de ánimo en la ciudad, que apenas sale de la crisis económica y va y cae en un alza desbocada de precios de la vivienda, de cabeza a ‘guatepeor’, sino que ha cambiado algo intangible, los recuerdos colectivos, el relato sobre lo que aquello supuso para la ciudad. Manuel Vázquez Montalbán dijo una vez que lo peor de tener manía persecutoria es cuando realmente te persiguen. A Barcelona le pasa un poco eso de un tiempo a esta parte. ¿Por qué?

La mitad de los barceloneses de hoy tenía menos de 15 años o no vivía en la ciudad en 1992

Padrón en mano, 716.000 barceloneses tienen hoy menos de 40 años. Algunos de ellos, los menos, tal vez recordarán los Juegos por televisión, pero la Barcelona preolímpica, la insalubridad de lo que hoy es la Vila Olímpica, la cloaca al aire libre del colector del Bogatell, el ruinoso Estadio Olímpico en el que, con todo, se organizaban carreras escolares, los camiones de gran tonelaje por el centro de la ciudad, la heroína en las calles del Raval, las pocas playas y además sucias, muy sucias, no forman parte de la memoria de la mitad de la población de Barcelona. Más de la mitad, incluso, porque en 1992 vivían en Barcelona 23.000 extranjeros (entonces no se les llamaba inmigración). Actualmente son 267.000.

El caso es que Enric Truñó, concejal del área de Deportes en el Ayuntamiento de Barcelona en 1992 y, por extensión, pieza clave del organigrama olímpico, hace 25 años que explica en conferencias, reuniones y entrevistas el qué y el cómo de la receta de Barcelona, porque se lo demandan, desde otras ciudades candidatas o desde ámbitos académicos, o simplemente asociaciones deportivas a las que les puede la nostalgia y le invitan. Es un poco como Jordi Sabater Pi, primatólogo notable, sí, pero al que solo le preguntaban por Copito. Truñó lleva 25 años con un relato perfectamente aprendido sobre por qué aún hoy el Comité Olímpico Internacional pone como ejemplo de buen hacer a Barcelona y, sin embargo, en la ciudad se ha solapado de un tiempo a esta parte un relato distinto, a contracorriente.

--Hay quien sostiene que la deriva actual de Barcelona comenzó con los Juegos Olímpicos, como se suele decir, el día en que la ciudad se puso en el mapa del mundo.

--No es cierto. Lo que ha sucedido es que tras los Juegos Olímpicos lo que ha triunfado en esta y en otras ciudades es la lógica del neoliberalismo desregulador. La culpa de los males de Barcelona no es de los Juegos Olímpicos. Los ciudadanos han sufrido mucho. Por ejemplo, ahora, con esos insostenibles contratos de alquiler de solo tres años, cuando lo lógico sería que el mínimo fueran 10 años. Y hay quien ha hecho un ‘tótum revolútum’, sobre todo las nuevas generaciones, y han metido en el saco a los Juegos Olímpicos de 1992.

La Barcelona olímpica no la diseñó el mercado. Pero con los años el neoliberalismo y su desregulación han tomado el timón, aquí y en medio mundo

--Es que a veces, por poner un ejemplo, ha parecido que el concejal de Turismo de Barcelona, el que fija la línea política de la ciudad, sea el presidente del gremio de hoteleros.

-- Pues los Juegos Olímpicos de Barcelona fueron lo contrario. No queríamos que el mercado comandara la operación, bajo ningún concepto. Es cierto que colaboramos juntos los sectores públicos y privados, porque no quisimos caer en el modelo de Moscú, con la creación de un ‘superministerio’  encargado de todas las instalaciones. Aquí, en Barcelona, es cierto que los hoteles los construyeron los empresarios del sector, que Telefónica se hizo cargo de sus inversiones, que la mayor parte de las villas olímpicas eran promociones privadas, pero se hicieron dónde y cómo queríamos.

--Es lo que decíamos, media Barcelona no pudo conocer, por edad, qué había en los terrenos que hoy ocupa la Vila Olímpica de Poblenou y del resto es probable que muy pocos la llegaran a transitar. Aquel era un lugar al que no se iba salvo por necesidad.

--Pues por eso conviene desmentir algunas relatos distorsionados que se han creado. El mercado no quería que la Vila Olímpica estuviera donde está. La quería en Sant Cugat, o en el Baix Llobregat. Pero decidimos que fuera al peor lugar de la ciudad, al más desestructurado. Queríamos recuperar el mar, abrir cuatro kilómetros de playa y parque. Aún hay quien sostiene que lo de la Vila Olímpica fue un primer proceso de gentrificación y allí solo había tres industrias que funcionaban bien, muchoas otras obsoletas y 149 viviendas. Llegamos a acuerdos económicos con 148. Les ofrecimos compensaciones a precios de mercado. Solo un vecino no aceptó la oferta y, al final, el juez dijo que el justiprecio del ayuntamiento era correcto.

--Puestos a poner peros, los JJOO de Barcelona flaqueron por su escasa apuesta por el transporte público…

--…que era una competencia de la Generalitat. Es cierto que su situación económica no le permitía excesos a la Generalitat, pero es conocido que Jordi Pujol, a la vista de lo que se avecinaba, dijo que no pondría palos a las ruedas de los JJOO, toda una declaración de principios. Esa era su actitud. La de Pasqual Maragall era otra. Era el entusiasmo, el insistir en que era una ocasión única. La lealtad de la Generalitat fue la mínima imprescindible, como revela la frase de Pujol.

--El contraste sorprende. El vehículo privado ganó las rondas y el usuario del metro, pues nada.

--Pero las rondas, la calle mayor, como la llamábamos, supusieron un enorme beneficio no solo para los conductores. Tras los Juegos Olímpicos, uno de los proyectos que se pudo encarar, contra la opinión de no pocos secttores, fue la ampliación de aceras en la calle de Aragó y la reducción del número de carriles. Los Juegos permitieron, y a veces se olvida, eliminar el tráfico pesado de camiones por el centro de la ciudad. Eso es una mejora indudable en la calidad de vida.

Se construyeron las rondas y, por el contrario, ni un metro de metro. La Generalitat, como prometió, se limitó a no poner palos en la ruedas. Nada más

Enric Truñó abre aquí un paréntesis, como necesitado de subrayar que cada época tiene su contexto. Recuerda que fue en 1992 también cuando se celebró la Cumbre de Río. El movimiento ecologista venía de más atrás en el tiempo, pero la conciencia medioambiental de las administraciones se despertó tímidamente hace ahora 25 años.

--Esa llama, la medioambiental, no tuvo su protagonismo hasta los JJOO de Sydney 2000, tras los decepcionates Juegos de Atlanta 1996.

--Sydney dio un paso adelante, hasta pacto con Greenpeace parte del diseño, pero tomó también como referencia a Barcelona y, por ejemplo, eligió el peor lugar de la ciudad para su villa olímpica, un área contaminada. Tal vez su error fue hacer un área olímpica centralizada, lo cual siempre es difícil de digerir para la ciudad. En Barcelona había cuatro áreas y 16 subsedes. Visto con perspectiva, la única instalación que ha tenido una trayectoria errática tras 1992 ha sido el Estadi Olímpic. Por suerte, apostamos por unos JJOO austeros y construimos el estado de atletismo más pequeño desde los Juegos de Roma de 1960. Además aprovechamos la estructura del estadio de 1929, el que sirvió de refugio durante la guerra, que fue cárcel después, que acogió a las víctimas de las inundaciones de 1962, que era a la vez un símbolo y una ruina.

Son cosas que a veces se olvidan.

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