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LA PERPETUACIÓN DE UN ESTIGMA EN EL PAÍS DEL GANGES

Vrindavan: la condena de ser viuda en India

LUCAS VALLECILLOS

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Lucas Vallecillos

Vrindavan, también conocida como la ciudad de las viudas, alberga más de 20.000 mujeres que han perdido a su marido. Son un tercio de la población total de la ciudad. Esta es una pequeña localidad sagrada del norte de India sembrada de templos, a 140 kilómetros de Delhi, que cada año recibe a miles de peregrinos y santones en busca de la iluminación divina. Por sus calles, además de un tráfico infernal, campan a sus anchas cerdos, perros, vacas y cientos de monos, que no dudan en dar un tirón de bolso cuando se presta la ocasión.

Un caos ordenado donde hoy está trabajando el equipo de SOS Mujer, que ha instalado su dispensario itinerante en un portal tomado prestado por unas horas para brindar consulta médica y medicinas gratuitas a las viudas que deambulan por el centro histórico. Supervisando todo está Diana Ros, la fundadora de la oenegé. Ella inició su andadura solidaria en India como voluntaria de la madre Teresa de Calcuta, cuando era muy joven. Desde que conoció de primera mano la realidad de las viudas -cuyo Día Mundial se celebró el pasado viernes-, no dudó ni un instante en implicarse ante lo que vio. «No me podía quedar con los brazos cruzados, quería hacer algo. Ver como vivían estas mujeres era una pesadilla, y no quería despertar de ella y hacer como si nunca hubiera existido».

MUERTAS EN VIDA

Para un segundo para coger aire y añade: «Ser viuda en India significa estar muerta en vida. En el instante que muere el marido empieza una terrible condena; les raparán el pelo, las vestirán siempre de blanco, no llevarán joyas, les despojarán de todas sus posesiones, de su estatus social, serán repudiadas por toda su familia: dicen que traen mala suerte y que incluso su sombra da mal augurio: son una maldición. Y todo este calvario por el simple hecho de haberse quedado viudas».

A pesar de que India mantiene un crecimiento económico notable que está trasformando la sociedad, las costumbres siguen manteniéndose firmemente arraigadas en amplios sectores de la población, que siguen oprimiendo física y psicológica a la mujer desde que nace, debido a una tradición patriarcal muy agresiva. Los hijos son más valorados y deseados que las hijas, por el hecho de que la familia de una mujer tiene que desembolsar una dote para que pueda casarse (en torno al sueldo de dos años del cabeza de familia). Y cuanto más mayor es la mujer, más grande es la dote a pagar, lo que genera que las chicas se casen a edades muy tempranas con hombres más viejos, hecho que favorece las posibilidades de enviudar antes. A pesar de que la dote fue abolida hace más de 50 años, aún es una práctica muy común en todo el país. Desde el momento en que se casa, una mujer pasa a formar parte de la familia política, desvinculándose de su hogar originario.

ENTORNO HOSTIL

Cuando las mujeres pierden al esposo, su estatus en la casa pasa al nivel cero, y las relaciones con el entorno más cercano se tornan hostiles. Sobre ellas se genera una gran presión para desvalijarlas. Según Mohini Giri, una histórica luchadora por los derechos de la mujer en India, que dirige Guild for Service y fue nominada en el 2005 al Nobel de la Paz, «las tradiciones sociales han evolucionado y han mejorado en los últimos 20 años. Las mujeres gozan de más independencia económica, tienen trabajo, cursan estudios y también han aparecido nuevas activistas. Cuando enviudan, algunas empiezan a pedir asesoría legal respecto al derecho de propiedad. Pero esto solo es la situación en el caso de ciertas jóvenes, la mayoría se quedan sin nada y tienen que recurrir a la mendicidad. Incluso sus mismos hijos e hijas se quedan con las propiedades».

"MAMÁ, TOMA ESTO Y VETE"

Lo más sorprendente son las palabras con las que Giri apostilla su frase anterior: «El entorno rural es mejor porque tienen casa, comida y conviven con la familia, pero en la ciudad, donde los pisos son muy pequeños, no las quieren y las expulsan de la vivienda a lugares abandonados. La sociedad contemporánea está muy ocupada y no desea este tipo de cargas. Las viudas llegan a Vrindavan porque algunas de ellas prefieren irse del hogar debido a las presiones que reciben, y a otras la familia las expulsa directamente. Les dan un poco de dinero diciendo: 'Mamá, toma esto y vete', y en otros casos las echan sin nada». El concepto de fondo es que una buena mujer debe estar siempre bajo la protección de un hombre, de su padre al principio y de su marido más tarde. Cuando enviuda, sobre todo si es joven, se convierte en un peligro de orden social. El luto bien llevado –la viuda debe ser pura en cuerpo, pensamiento y alma hasta que muera– es la solución que aporta el hinduismo más conservador. Lucirán una marca de ceniza en la frente, y se les considera culpables de la muerte del marido.

REPUDIO Y POBREZA

Hasta el Ashram Maa Dham, que gestiona Guild for Service, llegó hace menos de un año Bindha con un hijo y embarazada. «Tenía problemas, soy de una familia muy pobre, nadie quiso cargar con nosotros. Mi madre me recomendó venir a Vrindavan, ella es muy mayor y no podía ayudarme». Con solo 35 años y dos criaturas a cargo, Bindha fue expulsada a la calle. Gracias a las indicaciones de un policía en la estación de tren llegó hasta Maa Dham, donde por sus circunstancias fue admitida inmediatamente. 

Aquí se atiende a unas 100 mujeres, proporcionándoles hogar, comida, atención médica, cursos de informática para las más jóvenes, clases de yoga y talleres de belleza donde se les invita a que cuiden su imagen y vistan ropa de colores. Parvathy, una compañera de Bindha, luce un sari rojo espectacular y argumenta razones similares a su compañera respecto a las causas que le condujeron hasta Vrindavan. «Nadie quiere hacerse responsable de esta situación, mi familia es muy pobre. Tiene muchos problemas económicos. Tengo un hermano, pero no quiere ayudarme».

CIUDAD SAGRADA

Existe la creencia de que quien perece en Vrindavan se libera del eterno ciclo de la reencarnación, debido a su carácter sagrado. Por ese motivo es un destino predilecto por las viudas que quieren liberarse de su mala suerte. Aquí se encomiendan a Krishna hasta el día de su muerte, tomándolo como esposo espiritual. Para Ros, esta ciudad  «es la última parada para las viudas, porque han sido repudiadas por sus familias y solo les queda venir a Vindravan, donde su único modo de vida puede ser rezar, a cambio de un puñado de rupias, ocho horas a Krishna en un Ashram –un centro religioso gobernado por un gurú–. O bien mendigar por las calles. Éste es el lugar de donde ya nadie las puede echar». 

Debido al gran número de viudas que vienen a la ciudad, el principal problema que deben afrontar es el alojamiento. Muchas duermen en la calle, o comparten con otras un cuarto insalubre, sin agua ni luz. En India existen unos 40 millones de viudas. Y a pesar de que las condiciones en Vrindravan son muy duras para ellas, pueden no ser las peores posibles. Muchas viudas viven en aldeas o ambientes urbanos deprimidos donde son victimas de la marginación y de abusos terribles.

DERECHO A UNA PENSIÓN

Aunque no es algo que la mayoría de la población conozca, las viudas en India tienen derecho a una pensión, que suele ser inaccesible en muchos casos. Las trabas burocráticas y la poca ilustración de las viudas convierten en una misión casi imposible conseguir la concesión. Ros ayuda a las viudas a realizar la solicitud, pero son múltiples los obstáculos que se encuentra en unas tramitaciones tortuosas que se dilatan en el tiempo. Como, por ejemplo, el caso de Shakti Mandal Devi, que llegó a Vrindavan hace 35 años por su propio pie, después de caminar 1.200 kilómetros desde una aldea en las proximidades de Calcuta. Tras morir su marido, la despojaron de sus alhajas, le raparon al cero la cabeza, la enfundaron en unos ropajes blancos, la obligaron a firmar la renuncia de la herencia y la echaron de su casa. No sabe la edad que tiene y carece de papeles, un requisito indispensable para acceder a una pensión gubernamental. Ante la lucha diaria que libra por conseguir subsistir mendigando en una ciudad donde hay muchísimas mujeres en su misma situación, dice que «la envidia y la disputa forman parte de la condición humana, a quien le han despojado de todo carece de compasión, no respeta al prójimo y se alimenta en el mal ajeno».

ATENCIÓN MÉDICA Y COSTURA

Ante la discriminación que sufren las viudas, el camino para superarla pasa por mejorar la educación en general y empoderar a la mujer. Ros señala: «Estamos hablando de una cuestión cultural y religiosa muy arraigada, donde el peso de la tradición es muy grande, y una cosa así es difícil de solventar, solo se puede arreglar con educación, y para ello aún creo que tienen que pasar unas cuantas generaciones. Sin embargo, si nos referimos a la actualidad, nosotros a través de la atención médica es la manera en la que estamos llegando a ellas, y desde ahí lograr integrarlas en grupos de costura para que en un futuro próximo nazca una fábrica y puedan valerse por si mismas».

Una línea de actuación que suscribe también las palabras de Giri: «La mujer tiene que ser capaz por sÍ misma de subsistir y manejarse en sociedad, para conseguir eliminar el patriarcado de India. La idea es transmitir que no debe haber desigualdad de género. No somos inferiores. Las mujeres son igual que los hombres. Y tampoco somos especies diferentes, queremos los mismos derechos. Las viudas tienen que adquirir conocimientos legales para saber cómo pueden ser independientes, adquirir propiedades o encontrar un empleo. Ésta es la vía para combatir el patriarcado y que la mujer fortalezca su rol en la sociedad india». 

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