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TESTIMONIO DE PRIMERA MANO SOBRE UNO DE LOS YIHADISTAS DE BÉLGICA

Marc Marginedas relata su secuestro a manos de uno de los terroristas de Bruselas

El reportero de EL PERIÓDICO recuerda a Najim Laachraui como el carcelero amable, durante los casi seis meses de secuestro en Siria

Pese a que nadie dudaba de su determinación de matar si así se le requería, Abú Idriss / Najim Laachraui no obtenía placer con el dolor ajeno y charlaba con los secuestrados

Marc Marginedas

A la izquierda el terrorista sin identificar. En el centro Ibrahim El Bakraou. A la derecha, Najim Laachraoui.

A la izquierda, Najim Laachraoui. / periodico

La noche era fría y seca, como es habitual en el norte de Siria a mediados de enero. El formidable convoy que habían formado las milicias de Estado Islámico para Irak y el Levante (ISIL) tras su expulsión de Alepo, a principios del 2014, por sus antiguos aliados -las facciones rebeldes moderadas sirias- había hecho un alto en el que sería un penoso periplo de varios días de duración hasta la provincia de Raqqa. Abú Idriss, o mejor dicho, Najim Laachraui, uno de los terroristas que el pasado 22 de marzo hizo estallar una carga explosiva en el aeropuerto de Bruselas, montaba guardia en la parte posterior de una de las furgonetas de la caravana, una desvencijada pick-up rebosante de pertrechos y material. Y allí, de mala manera, entre los resquicios de las cajas, pugnando permanentemente por hallar una posición de comodidad, se arrebujaban tres parejas de escuálidos rehenesesposados a dúo y vestidos con monos de color naranja, a quienes no se les permitía, desde el comienzo del trayecto, probar bocado para evitar que la evacuación de sus residuos orgánicos redujera el ritmo de la expedición.

-"¿Adónde vamos?", pregunté a Abú Idriss / Najim Laachraui, con la cabeza cubierta por una manta y encadenado a un cautivo con pasaporte francés.

-"No lo sé, puede que a Irak", respondió el suicida bruselense, con tranquilidad y una pizca de sorna, sin pretender que le creyéramos.

Irak era el nombre maldito, el lugar apestado, la frontera que nunca debíamos cruzar. Sabíamos que si, en nuestra alocada y apresurada huida de la segunda ciudad siria, acabábamos entrando en el país vecino, el secuestro se prolongaría no meses, sino años, y que nuestros compañeros británicos y estadounidenses tendrían allí nulas posibilidades de volver algún día a ser hombres libres. Pero Abú Idriss / Najim Laachraui, a diferencia de los secuestradores británicos a los que apodamos los Beatles, no quiso aterrorizarnos, y con su chanza, más bien pareció querer despejar de un plumazo nuestra principal inquietud del momento.

CONVERSACIÓN A TRES

La conversación a tres bandas continuó; versaba sobre el islamAl QaedaEstado Islámico, los musulmanes en Francia y en Europa. Era casi una charla de amigos, en tono cordial, en la que casi llegamos a olvidarnos de que dos de los interlocutores éramos rehenes privados de libertad y el tercero, un carcelero que en cualquier momento podría recibir la orden de ejecutarnos. En un momento, hasta se nos permitió retirar el pesado y atosigante cubrecama que yacía sobre nuestra cabeza para aspirar durante unos momentos el aire fresco del desierto.

Quise hablarle de mis años como corresponsal en el Magreb de EL PERIÓDICO, allá por la década de los 90, de mis trifulcas con el Gobierno de Argel, en la esperanza de que tuviera algún vínculo con el país norteafricano y despreciara al régimen allí en el poder. En un momento del debate, cambié el francés por el árabe, y Abú Idriss / Najim Laachraui me animó: "Sigue, sigue", quizás sin ser él consciente de que mis habilidades verbales en la lengua del Corán mermaban a medida que la conversación ganaba en complejidad. Más tarde, cuando hicimos escala en lo que parecía ser una lavandería -así lo pensamos por la cantidad de ropa que allí se acumulaba- entró en nuestra estancia, con el rostro cubierto con una máscara y acariciando a una paloma blanca. "Quiero presentaros al último prisionero", dijo a una audiencia de rehenes masculinos, azorados por el viaje e inquietos ante la posibilidad de que empezasen las ejecuciones, vistas las dificultades logísticas de trasladar y alimentar a un grupo tan numeroso de presos en un país en guerra.     

El suicida de Bruselas era, con diferencia, el más articulado, inteligente y reflexivo de los carceleros de habla francesa que nos custodiaron, desde octubre del 2013 hasta finales de diciembre de ese año, en una mazmorra próxima a Alepo. Posteriormente, pasamos a la jurisdicción de los tres yihadistas británicos a los que apodamos como los Beatles, encabezados por el sádico que la prensa anglosajona ha bautizado como 'jihadi John', y sus dos adláteres, también de ramalazos piscopáticos, quienes nos preparaban una suerte de Guantánamo en una casa lejos de la ciudad. A diferencia de los tres ingleses, Abú Idriss / Najim Laachraui no obtenía placer observando el dolor ajeno, ni infligiéndolo sin provocación previa. Cuando se encontraba al cargo de la intendencia, la comida llegaba puntualmente, dos veces al día. Nada que ver con sus compañeros, que a veces se olvidaban de nosotros y nos dejaban días enteros sin nada que llevarnos a la boca. En una noche invernal, al comprobar que el puré de verduras que acompañaba nuestras exiguas raciones de arroz estaba frío, lo calentó. 

Ninguno de nosotros, eso sí, llegó a dudar ni un instante que a Abú Idrisss / Najim Laachraui pudiera temblarle la mano si recibía la orden de matar.

-"¡......, no cometas el error de tu vida!", advirtió a un prisionero francés, que en una ocasión estuvo a punto de verle el rostro.

Sabíamos que contemplar la cara de alguno de nuestros carceleros descartaba por completo cualquier posibilidad de liberación.

La última ocasión que supe de quien dos años después asesinaría a decenas de personas haciéndose estallar en el aeropuerto bruselense fue en un edificio cercano a Raqqa, hacia finales de enero del 2014, una vez que la complejísima operación logística de trasladar hasta allí a casi dos decenas de rehenes había culminado con éxito. Nos llamaba uno a uno a una habitación contigua donde nos esperaba sentado. A mí me pidió unos datos familiares, para después demandarme la contraseña de mi página de Facebook, lo que me hace pensar que fue él quien se introdujo entonces en mi cuenta y cambió mi nombre (Marc Marginedas) por otro en árabe. Creyendo, quizás equivocadamente, que había logrado establecer algún vínculo emocional con él -o quién sabe, siendo víctima de un brote de síndrome de Estocolmo- le planteé una última petición.

-¿Qué quieres?", inquirió.

-"Que no se me separe de los presos españoles", lancé.

Abú Idriss / Najim Laachraui respondió que no sabía adónde íbamos, pero que nos visitaría a menudo y que se encargaría de que así fuera. Nunca más volví a verle.

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