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testigo directo

Esperando a europa

JAVI LÓPEZ

A dos horas. A tan solo dos horas. Ese es el tiempo que se necesita para llegar desde el corazón de Europa a alguno de los puntos de entrada por los que están llegando centenares de miles de refugiados. Así que, dispuesto a conocer de primera mano el fenómeno que ocupa las portadas en toda Europa y acapara nuestras discusiones en Bruselas, me decidí a viajar a los Balcanes.

Vía Sarajevo y después de cinco horas de trayecto en coche llego a la que es la zona más caliente de la crisis. Las fronteras entre Serbia, Hungría y Croacia. Primera parada: Opatovac, el centro de tránsito en territorio croata que hace de tubo en la entrada de los refugiados a la Unión Europea. Un campamento militar rodeado de policías en medio de la nada. Barro, lluvia, zanjas, autocares y gente, mucha gente. Miles, mires donde mires. Familias, niños, niñas, grupos de jóvenes y ancianos. Sin más posesiones que lo puesto. En Opatovac la ocupación principal es esperar. Esperar en la zona de registro. Esperar una manta. Esperar el reparto de comida. Esperar para entrar en una tienda de campaña abarrotada. Esperar para coger un nuevo autocar. Esperar para no desesperar.

Procedentes de los conflictos y la violencia que están arrasando buena parte del norte de África y Oriente Medio, llevan tanto tiempo huyendo y esperando encontrar un lugar seguro que les acoja y decida protegerles que una pequeña espera más no les desalienta.

SIRIOS QUE PADECEN UNA GUERRA devastadora que ha dejado al Estado Islámico con el control del 40% de su territorio y un tirano que ha bombardeado a su población como Al-Assad, al que ahora parte de Occidente está dispuesto a redimir como un mal menor. Afganos o iraquís que viven guerras sectarias que han arrasado sus países. Eritreos bajo un dictador terrible.

Al llegar a este punto merece la pena repasar las últimas etapas que han vivido en este gran éxodo. Tras cruzar con una balsa el Mediterráneo desde Turquía llegaron a alguna isla limítrofe griega. Me explicaron que muchos de ellos se enrollan con cinta un papelito con una dirección y un mensaje a su brazo antes de iniciar esta etapa. ¿Por qué? Porque saben que existen posibilidades de no lograrlo y no hay peor condena para una familia que esperar una vuelta que nunca llegará.

Si consiguen llegar a Grecia ya se sienten afortunados, no en vano han muerto más de 3.000 personas en el Mediterráneo en lo que llevamos del 2015. Pero ahora empieza el periplo de los Balcanes. Cruzar Macedonia, llegar a Serbia y entrar en la Unión Europea. Hasta hace pocas semanas el siguiente paso era Hungría, pero el primer ministro Viktor Orbán ha decidido dirigir el Gobierno más indigno de todos los europeos, una plaza disputada, y cerrar esa frontera con gas pimienta y cargas policiales. Nueva ruta hacia el oeste, Croacia, nueva tierra prometida.

Pero volvamos a Opatovac. Una vez pasados los controles de seguridad, algo nada sencillo, me encuentro con una buena representación de las oenegés que trabajan en el campo. Cruz Roja, Unicef y Save the Children. Cooperantes que explican que hace pocas semanas estaban en Sudán, Yemen o la República Centroafricana. Nos explican cómo se les hace extraño gestionar una crisis humanitaria en Europa. Afirman que han gestionado situaciones peores y que con la experiencia acumulada no entienden como estamos gestionando tan mal la llegada de toda esta gente. Y yo contesto que los Estados son unos irresponsables y que comparto su opinión. Pero en el fondo, se me cae la cara de vergüenza como representante de esta Europa tan difícil de reconocer.

Otra vez en el campo. Los refugiados continúan esperando. Pero ya son otros. Pasan entre 5.000 y 8.000 personas al día por este centro. Cuando les preguntas, todos dicen lo mismo. «Vamos a Alemania». Y quieren ir rápido. Dan igual las inclemencias, dan igual las enfermedades y da igual el cansancio. Porque tienen miedo de que en algún momento Alemania cierre las fronteras y se produzca un efecto cascada que nos convierta en un fortín.

Pero sin duda, y como os podréis imaginar, la imagen más dolorosa de todas es la de los niños. Muchos, con familias y sin. Han llegado 25.000 niños solos a Serbia en lo que va de crisis. Algo que preocupa y ocupa a las oenegés. Los niños son niños bajo todas las circunstancias y quieren jugar. Pero llevan semanas sin hacerlo. Cuando te acercas a ellos ves una luz diferente en su mirada. Hasta que descubres que no es por ti, es por tu peto. Saben que aquellos que lucen colores chillones en su pecho son los que han venido a ayudarles. Para ellos son verdaderos ángeles con petos de colores.

Las autoridades croatas, el mismísimo ministro del Interior que está ayudando en el campamento, me explica que Hungría acaba de cerrar su frontera. Están desbordados y tienen que redirigir a la gente hacia Eslovenia. Trenes y autocares. Pero que no saben cuánto tiempo más van a soportar la situación.

Paso la noche con Médicos sin Fronteras en el lado serbio de la frontera donde 30 autocares con más de 1.000 personas esperan poder cruzar. Distribuyen agua y comida. Me dicen que están muy cansados, pero no enfermos. Una doctora gallega añade: «Solo quieren que les protejamos».  Al día siguiente llego a la frontera entre Eslovenia y Croacia. Aquí han empezado a presentarse las primeras olas de refugiados. Las autoridades involucradas junto con ACNUR tienen colocadas grandes carpas militares en una frontera interna de la UE. La bandera azul ondea junto a ellas. A mi me entran ganas de restregarme los ojos.

Y recuerdo el consejo de la semana pasada en el Parlamento Europeo. Otra decepción. La enésima. Intento de externalizar la gestión a Turquía y bloqueo al mecanismo permanente de reparto. Pero esta vez la decepción me sabe diferente a las anteriores. Porque ahora los números son diferentes. Porque ahora para mí los 450.000 refugiados que han llegado por los Balcanes durante este 2015 no son solo una cifra, tienen cara.

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