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el escaparate

Maldito coltán

XAVIER MORET

La República Democrática del Congo tiene un 80% de las reservas mundiales de coltán, un mineral que por su superconductividad, su resistencia a la corrosión y a las altas temperaturas es fundamental para la fabricación de teléfonos móviles, pantallas de ordenador, videojuegos, etcétera. ¿Y qué es el coltán? Pues una abreviatura de las palabras columbita (óxido de niobio con hierro y manganeso) y tantalita (óxido de tántalo con hierro y manganeso). ¿Y dónde se consigue? En minas en las que, en condiciones de esclavitud y por apenas siete dólares al día, trabajan miles de personas. Una ignominia aún mayor si se tiene en cuenta que la tonelada de coltán se cotiza en el mercado internacional a 400.000 dólares.

El problema básico del coltán es que el Congo se halla sumido desde hace años en una guerra que no parece tener fin en la que han muerto ya más de tres millones de personas. Las distintas facciones guerrilleras, confundidas en un mar de siglas, se financian a menudo con dinero surgido de la minería del país, uno de los más ricos del mundo en recursos naturales. El oro, los diamantes… y el coltán abundan en el Congo, un país donde la vida se cotiza bajo mínimos. La palabra paz no existe allí, y los intereses por el coltán no son ajenos a este panorama en el que los derechos humanos son pisoteados día a día.

El Centro de Estudio Internacional del Tantalio-Niobio, radicado en Bélgica (un país que jugó un papel determinante en el caos que ahora vive el Congo), recomienda a los compradores internacionales que rechacen el coltán congoleño por motivos éticos, pero la demanda no cesa y la ignominia sigue.

Son incontables las veces en que se ha denunciado la explotación a que se somete a los mineros del coltán, entre los que suele haber muchos niños, pero las imágenes de la fotógrafa Judith Prat, que tomó estas fotos el pasado septiembre en la mina de Nyange, en Rubaya, a unos 50 kilómetros de Goma, tienen la fuerza de un puñetazo que sacudirá las mentes bienpensantes.

Las condiciones de trabajo en esta región dominada por la violencia son muy duras y peligrosas, con jornadas que pueden superar las 15 horas, y las galerías subterráneas son sumamente inestables, sobre todo en época de lluvias. Por todo ello muchos de los mineros son desplazados sin otro modo de vivir. El horror que narró Joseph Conrad en El corazón de las tinieblas sobrevive hoy en las minas del maldito coltán.

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