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El hambre en el mundo

Un milagro en tres meses

Dos bebés somalís a punto de morir desnutridos se recuperan de la mano de las oenegés

MONTSE MARTÍNEZ

Coinciden los cooperantes en que África, sumida en una oscuridad perpetua, está llena de historias hermosas. Aseguran además, ante la mirada entre incrédula y envidiosa del interlocutor, que la satisfacción que les regala el continente negro es directamente proporcional a su drama. Se entiende al ver a Minhaj y Mohamed.

Son dos bebés somalís que rozaron la muerte por hambre antes de ser asistidos por oenegés en la capital de Somalia, Mogadiscio, el primero, y en el campo de refugiados de Daadab (Kenia), el segundo.

Entre las fotografías del antes y el después ha pasado un periodo de menos de tres meses y una media por cada uno de 50 euros depositados en manos del engranaje de profesionales de la cooperación internacional (esta cifra no incluye ni el transporte ni el personal médico y logístico). Son tan solo dos ejemplos, de entre cientos, de una recuperación que a ojos del primer mundo parece milagrosa pero que para los cooperantes que trabajan en el tercer mundo es bastante habitual.

«Si no se coge muy tarde y no hay complicaciones severas, no son niños enfermos, son simplemente niños con hambre que, al ser alimentados tras un tratamiento adecuado, reaccionan de forma espectacular», explicó ayer a EL PERIÓDICO el director regional para el Cuerno de África de la oenegé Intermon Oxfam, Fran Equiza. En Somalia, más de 240.000 niños menores de cinco años sufren desnutrición en distintas fases. Uno de cada seis pequeños en esta franja de edad acaba muriendo.

Los ojos desorbitados y el semblante de dolor del bebé Minhaj Gedi taladraron las conciencias occidentales el pasado mes de julio, cuando la falta de agua en el Cuerno de África ponía a más de 11 millones de personas al límite como consecuencia de la sequía más severa de los últimos 50 años.

UNA HUÍDA MASIVA / Como miles de compatriotas somalís, el bebé llegó con su madre al campo de refugiados de Daadab, en Kenia, para recibir ayuda porque, entre otras cuestiones del poliédrico escenario somalí, las milicias islamistas de Al Shabaab no permitían, ni permiten, la distribución de ayuda humanitaria en las zonas bajo su control.

Minhaj fue atendido por la oenegé norteamericana International Recue Committee, una de las decenas que prestan ayuda en el campo de refugiados kenianos que se arroga ser ya el más grande del mundo. Su madre reconoció a la enfermera que supervisó el tratamiento del bebé que había perdido cualquier esperanza. Su hijo hacía mucho tiempo que no interactuaba con ella, había perdido todo el vínculo. No solo estaba en los huesos, literalmente hablando, sino que estaba apático, ausente. Ni una risa, ni un juego. Hasta que, con los primeros kilos volvieron también las primeras sonrisas.

Llegó con siete meses y un peso de 3,2 kilogramos. Cuando pudo marcharse del hospital para continuar el tratamiento en su casa, casi alcanzaba el año y los ocho kilogramos. «Además de ganar peso, sonreir e interactuar es un claro síntoma de recuperación», explicó ayer la nutricionista de Médicos Sin Fronteras (MSF) Núria Salse.

En la misma sala donde se recuperaba Minhaj, 78 niños más compartían 56 camas.

A cientos de kilómetros de la frontera, en la capital somalí, la historia de Mohamed no difiere demasiado. En su caso, fue atendido por Oxfam Internacional (Oxfam en los Países Bajos), en un centro hospitalario de Mogadiscicio. «Vine a este centro cuando mi hijo Mohamed enfermó», relató Fadumo, de 30 años, vecina de Mogadiscio y madre de cinco hijos.

El pequeño, que ingresó con un peso muchísimo menor del que le correspondía por edad, llegó con un cuadro de diarrea que incrementaba su malnutrición, ya que no aceptaba agua ni comida. Seis semanas después era otro niño.

48 HORAS VITALES / La recuperación, siendo fácil y de resultados espectaculares, necesita de una aplicación muy controlada. «En las 48 primeras horas de tratamiento hay un riesgo muy alto de muerte del niño», explica la nutricionista de Médicos sin Fronteras Núria Salse, para añadir: «Son niños que tienen el metabolismo muy ralentizado y muy alterado, por lo que una sobrecarga puede ser fatal». Las funciones hepáticas y pancreáticas están tan alteradas que se tienen que medir muy bien las cantidades de proteínas y lípidos. «Está todo muy medido -añade la especialista- a riesgo, también de fallo cardiaco por la descompensación de sodio y potasio».

Existen productos específicos creados para tratar a los niños que padecen malnutrición severa. Los especialistas en cooperación los califican de «revolucionarios», no solo por su efectividad, sino también por el incremento del número de niños a tratar. Con la aplicación de estos tratamientos, la mortalidad de niños malnutridos menores de cinco años se ha reducido de un 20% a un 5%.

Los casos más severos se detectan, entre otros parámetros, por la medida de la circunferencia del brazo. Con menos de 11 centímetros, la malnutrición es severa. Los sanitarios ya tienen cintas médicas marcadas con colores que permiten hacerse una idea inmediata.

Empieza la nutrición con leche en polvo terapeútica. Para los primeros días, la F15, con bajos niveles de proteínas y lípidos para estabilizar el metabolismo sin provocar un colapso. «Poca cantidad de leche pero de forma frecuente, cada tres horas, durante la primera semana», detalla la especialista en nutrición para puntualizar que algunos pueden ser alimentados por la boca y otros, los más graves, necesitan una sonda nasogástrica.

PRODUCTO REVOLUCIONARIO / Luego llega el momento de la leche F100, ya de alto contenido proteico. El niño empieza a ganar peso de forma constante y se acerca el momento de completar su recuperación a base del revolucionario Plumpy'Nut, Ready to Use Therapeutic Food (comida terapeútica lista para usar), una invención que ha cambiado la forma de hacer frente a la malnutrición severa. Una dosis aporta de golpe 500 kilocalorías a base de cacahuetes con las correspondientes vitaminas y minerales.

Es el complemento que se puede tomar ya en casa bajo un estricto control semanal para constatar que el niño gana el peso adecuado. El hecho de poderlo tomar sin estar hospitalizado es el gran avance porque antes del año 2000 solamente se utilizaba la leche en polvo dentro del centro hospitalario. El motivo es que para administrarla hay que prepararla con agua que debe estar en buenas condiciones de salubridad, condición indispensable que pocas veces se puede garantizar en las zonas de hambruna.

En el caso de Somalia, la ayuda está llegando a 2,2 millones de personas de los cuatro que lo necesitan, según las últimas cifras facilitadas por las Naciones Unidas .

No todas las oenegés comparten la estrategia de mostrar fotos tan espectaculares de una recuperación. Mientras algunas, que piden anonimato, evitan esta vía para dar a conocer su trabajo, otras lo defienden sin fisuras. Es el caso del director regional para el Cuerno de África de la oenegé Intermon Oxfam, Fran Equiza. «No se me ocurre ningún argumento negativo», explicó ayer vía telefónica. «Mostrar esta evolución positiva sirve para muchas cosas, por una parte, es una abrumadora demostración de esperanza, de que África no es un pozo sin fondo y de que las cosas se pueden cambiar» y -añade- «ayuda a que los ciudadanos aumenten su contribución, sus donativos». Y es que son muchos los donantes desanimados al dudar de dónde va a parar en realidad su ayuda. Pesan datos como los del Banco Mundial que cifra entre un 20% y un 40% el porcentaje de ayudas internacionales de los Gobiernos a los países pobres que no llegan a su destino por la corrupción.

Los últimos datos de la FAO, el organismo de Alimentación y Agricultua de Naciones Unidas, calcula que hay casi 1.000 milones de personas en el mundo que pasan hambre de forma permanente. En referencia a los niños, alrededor de 11 millones de menores en todo el mundo mueren antes de los cinco años por desnutrición.

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