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LA POBLACIÓN DEL DICTADOR

Sirte, ciudad fantasma

Gadafi quiso convertir su feudo natal, hoy masacrado, en la capital dorada de África

EL PERIÓDICO
TRÍPOLI

Sirte, el último bastión de Muamar Gadafi, la ciudad que le vio nacer y morir, es hoy una población fantasma, destrozada por las bombas. Tras dos meses de asedio, apoyado por los implacables ataques aéreos de la OTAN, las ruinas y los escombros se han apropiado del lugar, símbolo de la derrota final gadafista. Ni rastro de lo que fue algún día como segunda capital de Libia, y de lo que el dictador aspiraba que fuera, la capital de los Estados Unidos Africanos.

A medio camino entre Trípoli y Bengasi, Sirte era tan solo un modesto puerto pesquero en la costa mediterránea. Entre el mar y el desierto, apenas vivía de la agricultura y del nomadismo interior cuando nació Gadafi, en 1942, en una tienda beduina en sus alrededores. El futuro dictador, cuyos padres nómadas lo mandaron a la escuela primaria, lo transformaría en una ciudad desarrollada al subir al poder en 1969.

Durante cuatro décadas, Sirte fue la creación personal de Gadafi. Le dio un lavado de cara, construyó edificios, infraestructuras, la universidad y los suburbios. Sus instalaciones portuarias adquirieron mayor importancia con la pujanza de la extracción petrolífera. Sirte pasó de pueblo a ciudad, y creció hasta los 120.000 habitantes que llegó a tener antes de la revuelta.

En 1988, Gadafi trasladó a Sirte casi todos los ministerios, y también el ficticio Parlamento nacional. Dominando la ciudad erigió el Ouagadougou, un centro de conferencias grandilocuente y moderno donde recibiría, cada vez más a menudo, a jefes de Estado extranjeros en suntuosas salas de mármol.

Sueño descabellado

Sirte devino el objetivo del sueño de Gadafi de presidir los Estados Unidos de África, un proyecto tan ambicioso como descabellado. No lo logró, aunque sí consiguió fundar aquí la Unión Africana en 1999, tras fracasar en sus ambiciones panarabistas. Gadafi solía agasajar a los jefes de Estado directamente con dinero y a sus mujeres, con diamantes y relojes de oro. «Todo era ridículamente opulento», recuerda hoy un mandatario africano.

La riqueza en los salones oficiales alcanzó los hogares de Sirte, con un nivel de vida superior a la media. El sitio arrasó el sueño. «Sirte era la vaca gorda que llevaron al matadero», dijo un residente, Abu Anas, al caer el último feudo.

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