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Punta de cuchillo

McJoan y el calçot

PAU ARENÓS

Entre los símbolos del país, el calçot, aunque seguramente no estaría en los primeros puestos de una lista de alegorías. He preguntado a mi alrededor, encuesta urgente y oral, y he escuchado: Montserrat, castells, sardana, caganer, Port Aventura, déficit, balanza fiscal. Después de la experiencia con el bogavante, Mariscal podría levantar un monumento al cebollón, ya enhiesto de por sí, con un mortero con salsa salvitxada en la base. Es un producto único, ¡único!, con un aliño a comercializar por el mundo y que debería hacer la competencia al kétchup.

No merecemos descansar hasta exportar y consolidar los McJoan, la butifarra untada con romesco en panecillo, la papelina de calçots y el porrón. A ti te lo digo, Bruce Springsteen, si eres amigo de los barceloneses, fotografíate con un porrón en alto.

Todo catalán -eso merecería estar en la futura Constitución- tendría que celebrar, al menos, una calçotada al año.  A camisa descubierta, sin apaños cutres como los baberos o los guantes. Enhollinar las manos, embadurnar morros, reconciliarse con la tierra, ser salvaje durante unas horas. El calçot como cordón umbilical chamuscado.

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