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tú y yo somos tres

El indulto como subterfugio

Ferran Monegal

No sabría decirles si los debates que cada sábado se realizan en El gran debate (T-5) sirven para algo. Muchas veces me pregunto si tienen alguna utilidad, dado que los habituales gladiadores que allí son contratados, más que ir a argumentar o a intercambiar opiniones, van a lanzar su speech, su discurso, instalados en la sordera de sus trincheras, a la derecha o a la izquierda del presentador. Pero sería injusto, hasta mezquino, no resaltar los buenos golpes que tiene este programa, trabajos bien hechos, bien expuestos, y bien documentados, que nos iluminan. Es el caso de esta semana, cuando Jordi González abordó los innumerables casos de corrupción política. Nos proporcionó una diacronía de datos y de temas tan espeluznante como precisa. Durante los mandatos de Aznar, Zapatero y Rajoy, por ejemplo, se han producido 226 indultos de altos cargos condenados por corrupción, también otros 25 de condenados por prevaricación, otros 107 de condenados por malversación y, finalmente, 16 de cohecho. Todos estos que la justicia condenó, se han ido de rositas. Y el programa nos advertía: «Es en los Consejos de Ministros donde se decide qué condenados hay que indultar. Todo queda entre políticos. Políticos que indultan a otros políticos. Partidos que cuando llegan al poder parece que se devuelven los favores...». Hombre, esta exposición televisiva, este retrato de lo que ocurre, ha sido tan brutal que parecía un insulto a la sociedad civil.

Y la vuelta de tuerca, la habilidad del programa -por lo que cabe felicitarles de manera especial-, ha sido contraponer, a modo de contraste, el caso de David Reboredo, el pobre y humilde adicto a la heroína, al que pillaron en el 2006 con dos papelinas -menos de medio gramo- para su propio consumo. Ahora que han pasado los años y está rehabilitado, desenganchado, desintoxicado por completo, ha ingresado en la cárcel porque la justicia le ha condenado a 7 años de presidio. Estaban en el plató su hermano y su anciano padre, y con una impotencia desesperanzada y terrible advertían de que en este país hay dos clases de ciudadanos: unos pocos que gozan de privilegios y la inmensa mayoría que juega en otra liga. La liga de la carne de cañón. La división de los malditos.

Esta vez hay que elogiar a La Fábrica de la Tele, la productora del programa. Han dibujado un paisaje diabólico, pero de estricto servicio. Auténtica televisión-denuncia.

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