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CÓMO NOS AFECTA EUROPA. 2

La universidad conecta Europa

España, con 40.000 becarios, es el país que más estudiantes de intercambio envía y más recibe de toda la Unión Europea

Más de un millón de jóvenes europeos se beneficiarán de las becas Erasmus en los próximos siete años

MARC ESPÍN / Barcelona

Para miles de jóvenes, Europa es Erasmus. Es el caso de Núria Minguet (22 años, estudiante de Publicidad y Relaciones Públicas de la UPF), que el pasado curso estudió en la Manze University of Applied Sciences de Groningen (Holanda). Fue un semestre en el que perfeccionó su inglés, conoció a gente de otros países, descubrió otras formas de impartir y recibir clase y mejoró su currículo. Y, sí, también se lo pasó bien, como dice el tópico. Pero eso fue lo de menos. «Fue una oportunidad de salir de casa y conocer otras culturas», dice Núria.

El Erasmus -política diseñada en Bruselas y financiada principalmente por la UE  y, en algunos casos como España, por los estados miembros- tiene mucho tirón entre los estudiantes españoles. Con 40.000 becarios, España es el país que más universitarios envía de intercambio (durante los próximos siete años, más de un millón de jóvenes europeos participarán en el programa). También es el país que ofrece las ayudas más bajas. Núria, por ejemplo, tuvo que trabajar un verano entero y echar mano de la ayuda de sus padres para poder pagarse una estancia cuyo coste la beca asignada no cubre, ni de lejos, en su totalidad. El vicerrector de Relaciones Internacionales de la UAB, Lluís Quintana, explica: «En realidad, Erasmus son cuatro becas:  la de la UE, la del Estado, la autonómica y la de los padres. Esta última es la que falla por la crisis, por lo que mucha gente se queda sin ir».

Pese a las innegables ventajas en forma de experiencias que tiene participar en el programa, una de las críticas recurrentes es que Erasmus no se asocia a una exigencia académica muy elevada. Ya saben, la ecuación Erasmus=juerga. Un ejemplo. España es el país que más estudiantes recibe (40.000 el curso pasado, una sexta parte del total), más por el sol, el idioma y la calidad de vida que por la excelencia de sus universidades.

Mónica Leiva, coordinadora de Programas de Intercambio de la UAB, admite que ni la UE, ni el Gobierno, ni las universidades han sido tradicionalmente demasiado exigentes ni con los requisitos ni con los resultados, ya que durante años se buscó potenciar la cantidad de estudiantes en detrimento de la calidad. «Las universidades eran más laxas, pero poco a poco se han ido pidiendo idiomas y resultados académicos, llegando incluso a exigir la devolución de la beca a quienes no consiguen los objetivos mínimos», afirma Leiva.  «La mayoría de las universidades de la UE que participan en este tipo de convenios requieren a sus alumnos un nivel de exigencia muy superior al de muchas universidades españolas y, además, en un idioma que no es su lengua nativa», afirma Núria. En su caso,  obtuvo una media de notable alto. «Una parte de nuestra sociedad no entiende que los profesionales que salen fuera se enriquecen y los ven como unos frívolos. Pero la prueba de que merece la pena es que los Erasmus están mejor valorados en la academia y la empresa privada», dice Quintana.

Identidad europea

La movilidad estudiantil fortalece una identidad europea acechada por partidos xenófobos y eurescépticos. Más ventajas: contribuye a luchar contra el desempleo juvenil, ya que la experiencia vivida en el extranjero por los estudiantes mejora sus aptitudes y su movilidad en el mercado de trabajo. No en vano, Leiva observa que cada vez hay más estudiantes que se van de prácticas con la esperanza de quedarse.

Un dato: España es el país que ofrece las ayudas más bajas, que hasta el curso pasado no llegaban a la media de la UE. La beca de Núria, por ejemplo, fue de unos 300 euros, contando las aportaciones de la Generalitat, pero sus gastos -residencia, comida, transporte duplicaban los ingresos. La precariedad de los estudiantes españoles es un problema que, para el vicerrector de la UAB, tiene que ver con «una concepción política de que una parte de los estudios deben financiarse con aportaciones de la familia, lo que incrementa la desigualdad». Núria cree que Erasmus «tiene una perspectiva elitista que perjudica a estudiantes que con un buen expediente académico económicamente no llegan», una idea que comparten Quintana y Leiva, a la que la futura publicista añade una más: «Entiendo que estamos en crisis, pero si no apostamos por los jóvenes, no saldremos de la crisis». 

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