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GENTE CORRIENTE

Susanna Tesconi: «Lo que aprendes haciendo, no lo olvidas nunca»

Esta pedagoga propone utilizar la tecnología para que los chicos desarrollen creatividad y espíritu crítico

Juan Fernández

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DANNY CAMINAL

Llegó hace diez años a Barcelona para investigar nuevos modelos educativos y quedó seducida por el movimiento 'maker', que plantea usar la tecnología para extender la cultura del 'hazlo tú mismo' a todos los ámbitos de la vida, incluida la enseñanza. En los entornos pedagógicos que Susanna Tresconi (Pisa, 1972) diseña y enseña a otros educadores, no hay asignaturas sino proyectos, ni lecciones sino «aprendizaje profundo de conceptos basados en la vida misma». La escuela del futuro se conjuga en presente.

–¿Toca renovar los sistemas docentes?
–La experiencia me ha demostrado que el saber no se traspasa del maestro al alumno como se trasiega un líquido de un recipiente a otro, sino que brota cuando se dan las condiciones para que el aprendiz despierte su interés. En vez de dar lecciones, el docente debe generar oportunidades para que el alumno active su creatividad y aprenda de lo que ve. 

–Póngame un ejemplo.
–¿Sería capaz de decirme alguna lección que aprendió en segundo de Primaria?

–No caigo.
–En cambio, estoy segura de que recuerda aquella excursión que hizo con el cole a un castillo para hablar de historia o el experimento que usó su maestro para mostrarle un principio de Física. Lo que aprendes haciendo, no lo olvidas nunca. Esto no es nuevo, lo novedoso es que la tecnología ofrece hoy muchas vías para aprender haciendo, y no siempre se aprovechan.

–¿Cómo llegó a este descubrimiento?
–Cuando fui maestra de Primaria en mi país, me pilló la llegada de la informática a los colegios. Me quedé horrorizada al descubrir que el plan consistía en enseñar a los chicos a usar el paquete Office de Windows. ¡Con todo lo que se puede hacer con un ordenador! Decidí parar mi carrera docente e investigar nuevas formas de enseñar. En Barcelona descubrí una red de personas conectadas con el software libre que empezaba a difundir el conocimiento tecnológico a la ciudadanía y a darle usos educativos. Fue revelador.

–¿Qué pasó a continuación?
–En los últimos años he trabajado con arquitectos, ingenieros y programadores para lograr que la tecnología se use como herramienta pedagógica. No para que los chicos acaben siendo informáticos, sino para que aprendan a vivir en un mundo en el que la tecnología forma parte del centro de la vida. Ya no vale darles fichas y que las memoricen, porque ahora la realidad es cambiante y la foto de hoy no sirve para mañana. Hay que enseñarles a buscar la información por ellos mismos y despertar su creatividad y su espíritu crítico.

–También habrá que enseñarles ciertas materias.
–Sí, pero de otra forma, sin separar el conocimiento en asignaturas ni fraccionar estas en lecciones sucesivas. Imagine que un grupo de segundo de Primaria trabaja en un programa para reducir los residuos del centro. Cuando vayan a diseñar el carro para trasladar los residuos, aplicarán los conocimientos matemáticos de ese curso. Cuando tengan que explicar a los vecinos el proyecto, trabajarán el lenguaje para redactar ese escrito. Es posible aprender programación usando patrones de ganchillo y estudiar las dinámicas sociales de una comunidad montando un huerto urbano.

–¿Esa forma de enseñar es más efectiva?
–Sí, y más profunda, porque va a los conceptos y se parece más al mundo en el que viven. Les hace más reflexivos. Funciona muy bien con alumnos que no responden a otros modelos. Chicos que no aguantan una clase de matemáticas, se tiran tres horas fabricando una placa base en la que aplican conocimientos matemáticos. Por favor, desterremos lo de: «Mi hijo no es bueno en ciencias» o «en letras». Cuando hablas con científicos, te confiesan que llegan a sus descubrimientos imitando a los artistas. 

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