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GENTE CORRIENTE

«En cada boda real saudí saco unas 5.000 fotos»

Las princesas saudís se la rifan. La pena es que Ariadna Arnés no puede mostrar su intimidad al mundo. Le va el negocio

Núria Navarro

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JORDI COTRINA

Ariadna Arnés (Barcelona, 1976) es una fotógrafa de bodas. Y ustedes dirán: «¿Y? ¡Si son los pringados del oficio!». Pues no, señores. Ella, que estudió en el Rochester Institute of Technology de Nueva York, coge vuelos a Riad un par de veces al mes para retratar las pedidas de mano y los convites de los miembros de la familia real saudí [hay más de 7.000 príncipes y princesas].

–¿Impertinente preguntar cuánto le pagan? Digamos que lo suficiente para vivir tranquila. Gracias al trabajo en Arabia Saudí he podido sortear la crisis, que ha afectado a la inmensa mayoría de los fotógrafos. 
 
–¿Y las propinas? Una novia me regaló un collar de perlas.

–¡Qué lujo de empleo! Es muy intenso, ¿eh? Todo pasa en poco tiempo. Tienes que ser rápido y versátil. Son 12 horas seguidas, corriendo de un lado a otro con dos cámaras y una mochila de material. En cada boda saco una media de 5.000 fotos. Acabo trinchada.

–¿Cómo demonios dieron con usted? A los 21 años empecé a trabajar en una agencia. Me contrataron para hacer fiestas de alto standing de Barcelona. Una de las primeras fue la boda de una hija de Codorníu –los retratos de algunas invitadas nutrieron mi libro Estupendas– y, sin proponérmelo, a través del boca a boca, entré en la rueda.

–De Sant Sadurní a Riad hay un trecho. A Roger Grasas, Oriol Vila y a mí nos contrataron para la boda de Amira, la hija de Radi M. Shuaidi, dueño del Hotel Juan Carlos I. Entre los invitados había una princesa saudí. Le encantó nuestro trabajo y nos fichó para su casamiento. Esa vez no viajé a Riad, pero sí cubrí el siguiente encargo: el enlace de una prima suya.
 
–¿Cuántas ha hecho? Unas 70 bodas. En 10 años hemos conseguido que confíen en nosotros. Para ellos eres una artista, y te tratan como tal.

–Usted es una... mujer. Las mujeres y los hombres lo celebran por separado, y yo estoy con ellas. Al llegar me pongo la abaya [la túnica negra preceptiva] y un driver nos lleva al palacio o al salón de hotel que suele ser del tamaño del Palau Sant Jordi, donde decoradores venidos de fuera recrean historias según el deseo de las novias.
 
–Habrá visto cosas tan alucinantes... 
He visto un pastel de siete metros con 25.000 flores de azúcar. ¡Espectacular! Y me impactó mucho tener en las manos un collar de diamantes que la madre de una novia me pidió que le abrochara. El peso de aquellas piedras me hizo entender la obsesión de ciertas mujeres con las joyas.

–Están enjauladas. ¿No le da coraje? Procuro no juzgar. Me tomo lo de los casamientos de Arabia como si fuera a ver un espectáculo. Me apena que las saudís, habiendo estudiado en buenas universidades, no puedan explotar su talento más allá de las paredes de su casa. Forman un grupo muy compacto de ayuda mutua, incluso entre clases. He visto a princesas bailar con el servicio. Creo que deben ser ellas las que digan: «Ya está bien de esto».
 
–¿Le hacen confesiones? No, pero me permiten seguirlas en Instagram, que no es accesible. En un lugar en el que es tan difícil relacionarse, el nivel de enganche a las redes sociales es bestial. Ahora les ha dado por los selfis, con lo cual las fotografío haciéndose fotos.

–¿Ha pensado en irse a vivir allí? No, no. Me pagan los vuelos y unos hoteles espléndidos, pero no hay mucho que hacer. Paso horas y horas en la habitación. Del aburrimiento he autoeditado un libro titulado Deserta, que reúne fotografías sacadas con el iPhone, muchas de ellas autorretratos.

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