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Nuevos desequilibrios en el mercado de la vivienda

La burbuja ya está aquí

Los precios de los pisos de alquiler suben hasta cotas inasumibles para la mayoría

Miguel Ángel Maestro

Un hombre y dos niñas observan las ofertas de viviendas en una agencia inmobiliaria del paseo de Maragall de Barcelona.

Un hombre y dos niñas observan las ofertas de viviendas en una agencia inmobiliaria del paseo de Maragall de Barcelona. / ARCHIVO / FERRAN NADEU

Menos sabio de lo que se le supone, el refranero popular asegura que de los escarmentados salen los avisados. Pues no es cierto. El refranero yerra. Al menos en el convulso sector de la vivienda. Ocho años después de la más formidable crisis económica moderna de este país  impulsada por el estallido de una burbuja inmobiliaria (hasta entonces el término 'burbuja' solo se empleaba en anuncios navideños de cava), de nuevo, en cuanto se han reanimado los macroindicadores económicos, hemos caído en los viejos vicios que propiciaron aquel tsunami inmobiliario levantado sobre el tocho y la especulación.

Esta vez el motor de las grandes turbulencias es la trepidante escalada del precio de los alquileres de pisos, especialmente en Barcelona y su área metropoliana, y por extensión en las grandes capitales españolas. Es cierto que no han faltado las voces de aviso de que viene el lobo inmobiliario, pero ahora ya son tardías: el lobo ya está aquí, viviendo entre nosotros, favoreciendo los abusos y afligiendo a quienes buscan un cobijo a precio asequible con sus humildes salarios.

Son decenas las cartas de lectores de este diario las que sirven desde hace un año de cruel espejo de la burbuja del alquiler. Testimonios cabreados, y a veces hasta dramáticos, donde se exponen las difiles peripecias vividas para encontrar, o no, lo que en definitiva no deja de ser un derecho: una vivienda digna a un precio digno.

DERECHO Y PRIVILEGIO

"Intentar vivir en un piso de alquiler es una aventura en un mercado donde aumenta cada día más la demanda y la oferta disminuye", comenta Alaia Hernández, relaciones públicas de San Cugat, para quien la vivienda «termina siendo más un privilegio que un derecho», y concluye que "una sociedad que no cubre las necesidades primarias no es una sociedad en evolución, sino de superviviencia".

Sobrevivir vuelve a ser desgraciado término de moda. Y también indignación, mucha indignación destilan las misivas. «En la zona de Sant Martí se ha vuelto locos, piden desde 1.200 euros por 45 metros... Y ahora, ¿qué hacemos si no podemos acceder a la vivienda en propiedad y tampoco a la de alquiler?», se pregunta Mar de Miguel, de Barcelona, capital-epicentro del nuevo seísmo.

«No puede ser que un alquiler en Sants o en el Eixample de menos de 50 metros y sin muebles cueste casi lo mismo que el salario de un trabajador mileurista o una prestación de paro», se lamenta el administrativo David Morral. El fenómeno alcanza cotas insoportables en distritos como Gràcia, Barceloneta o barrios como el Raval o la Ribera, presionados por el furor turístico y especulativo.

VECINOS FIGURANTES

Son los pisos turísticos. La otra voraz plaga que avanza sin freno. Fernando Prieto, amo de casa y barcelonés, ve en la vivienda turística «un invasor que destruye la cotidianidad de las gentes del lugar y corrompe el tejido vecinal y comercial. Los barrios pierden su identidad y los vecinos se convierten en simples figurantes. Un piso turístico es un hogar menos». Y la funcionaria Eva Arroyo remata: «Hay anuncios de pisos en Gràcia de 60 metros a 2.300 euros al mes o de 70 a 3.200».

DE MODA

Y hasta aparecen modas que quieren vestir un abuso manifiesto. «Hay arrendadores -explica la enfermera Regina Ortega, de Sant Adrià- que arreglan un local que tenían olvidado de 15 metros cuadrados y lo quieren alquilar por 600 euros aunque no veas la luz del día, tengas una persiana como puerta de casa y no puedas moverte en el interior de tu superpisito de moda».

La pesadilla aún es mayor para quienes, agotadas las posibilidades de comprar y de alquilar, han de bajar al escalón de abajo: arrendar una habitación y, solo o con la familia, compartir baño, comedor... e intimidad con otras personas. También aquí ha llegado la serpiente de la ambición desmesurada. Xavier Escolà, profesor de Barcelona, vivía hasta hace poco en un cuarto que le dejaron por favor: «Ofrecen habitaciones de 400 y 450 euros al mes, individuales, interiores y sin un armario... ».

FIN DE UNA ILUSIÓN

Y desde Sant Andreu de la Barca, Lorena Novoa, administrativa, cuenta el final de una ilusión. «Al principio, cualquier cuchitril era ideal: que la cocina es americana y la separa del baño una cortina, genial. Que el balcón es una barandilla oxidada donde da miedo asomarse, sin problemas... Pero a medida que el precio sube, tu ilusión baja...». Al final, Lorena, de 34 años, tomó una decisión radical: «Me fui a Ikea, me compré un colchón nuevo y un juego de sábanas para mi casa, la de mis padres. Creo que seguiré un tiempo con papá y mamá. Qué remedio».

El clamor por la necesidad de fomentar la vivienda social con alquileres asequibles a los salarios reales es absoluto. Como el de aprovechar tanta vivienda vacía en manos privadas y, sobre todo, en las de entidades bancarias que fueron rescatadas con dinero de todos. «La vivienda es un bien de primera necesidad -explica Enric Casanovas, desempleado de Mataró- y resulta inmoral que vengan inversores a comprar y encarecer los precios o capitalistas que busquen el dinero fácil».

Sí, hemos vuelto a tropezar en el mismo tocho.

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