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Maite Carranza: "Con la mejor intención, estamos educando futuros piratas y desertizando el panorama de creadores"

La guionista y escritora catalana ha sido distinguida con el premio Cervantes Chico por su trayectoria en la literatura infantil y juvenil

El galardón reconoce una carrera de 30 años, con hitos como el Premio Nacional del 2011 a 'Palabras envenenadas', en la que ha ganado para la causa de la lectura a varias generaciones

IMMA MUÑOZ

Maite Carranza (Barcelona, 1958) le encanta, le apasiona, dedicarse a la literatura infantil y juvenil. Está muy orgullosa de ello. No hace falta que lo diga, porque se le nota cada vez que habla del tema. Antes incluso de que lo haga: en la sonrisa luminosa, en la mirada chispeante. Aun así, lo dice, con todas las letras: "Estoy muy orgullosa de escribir para los chavales y de haber podido contribuir a crear lectores y a transmitirles algunos valores". Considera necesario explicitarlo porque le preocupa que del repaso que hemos dado a la situación de la literatura infantil y juvenil en estos tiempos y en estos pagos salga una letanía de quejas que eclipse la inmensa felicidad que produce a quienes la cultivan y quienes la saborean. Porque razones para lamentarse hay muchas, pero para seguir luchando, muchas más.

Además, ella está de celebración. A los muchos premios que ha recibido su obra (Folch i Torres, Serra d’Or, Joaquim Ruyra, Edebé, Protagonista Joven, Nacional de Literatura Infantil y Juvenil), se suma ahora el Premio Cervantes Chico por su trayectoria. Se lo dieron el pasado 17 de octubre, y ella aprovechó que tenía enfrente a una representación de los escolares de Alcalá de Henares, la ciudad que otorga el galardón, para hablarles del valor de la creatividad y la transgresión. "Los chavales que tendré delante han sido elegidos por sus compañeros porque, al margen de que sean buenos estudiantes o no, destacan por virtudes como ser originales, creativos, divertidos o buenas personas, valores que la escuela no siempre reconoce. Por eso me hace especial ilusión este premio", explicaba días antes de recogerlo en el patio de su casa de Sant Feliu de Llobregat. Su nombre se une ahora a los de Gloria Fuertes, Elvira Lindo, Juan Manuel Gisbert, Martín Casariego, y Laura Gallego, Jordi Sierra i Fabra y Francisco de Paula (Blue Jeans), los tres últimos ganadores de un premio honorífico que se instituyó en 1992 en el marco de una campaña de fomento de la lectura.

¿Qué representa este premio en su carrera?

El reconocimiento fuera del ámbito catalán. Llegar al público hispanohablante, incluido el de Latinoamérica, con la cantidad de lectores potenciales que tiene.

¿No es conocida allí?

Lo soy mucho más en Catalunya, aunque sea por mi disponibilidad para visitar escuelas y bibliotecas. Para llegar a los chavales, el contacto con los prescriptores es básico, y estos suelen recurrir a los autores de su entorno.

[En la literatura infantil y juvenil, el autor no es un ser inalcanzable que vive encerrado en una torre de marfil, sino que baja a la arena con frecuencia a fajarse con sus lectores en charlas escolares y encuentros con docentes. "Lo hacemos mucho. Es una manera de estar al día, de recoger el 'feedback' de tus lectores y tomar contacto con la realidad. El escritor que no sale corre el riesgo de ignorar cómo es un niño del 2014 y quedarse anclado en lo que era uno de 1995. En esencia no son tan diferentes, pero aunque solo sea por cómo ha cambiado el envoltorio –la forma de hablar, de vestir, los intereses...– vale la pena estar al día", dice.]

¿Hay autores con alergia al cambio?

Sí. Hoy en día, muchos jóvenes han sustituido la lectura continuada por el consumo de series: el chico que tenía la costumbre de leer en la cama antes de dormir mira ahora un capítulo de una serie, también en la cama, en su ordenador. Es algo tan íntimo como el acto de leer, e implica que ese chaval, como el que lee, tiene curiosidad narrativa, vinculación con personajes y quiere alimentarse de historias y reflexiones. No se puede rechazar lo que eso aporta a la literatura. No vale enrocarse en eso de "el libro infantil y juvenil solo puede ser educativo, poético, escrito desde la pretensión léxica...". La literatura que hacemos está inmersa en nuestro tiempo y tiene que ser convincente para nuestros lectores. Yo misma me doy cuenta de que he acortado los capítulos y la estructura de mis libros se acerca más a la audiovisual, quizá también porque soy guionista y dedico a los guiones el 80% de mi jornada.

La pregunta del millón: ¿cómo hacemos que los chavales lean?

Suprimiendo la asignatura de lengua y literatura en toda la primaria y cambiándola por lectura. Con eso, los niños serán magníficos conocedores de la lengua, la expresión escrita, la oralidad, y crearemos una generación de lectores. Dediquemos seis horas a la semana a leer y escribir, como hacen en Inglaterra o Francia, sin saber qué es un adverbio pero siendo grandes analistas del texto escrito y oral. Ese es un problema de nuestra educación: tenemos pequeños filólogos analfabetos. Lo dijo Luis Landero hace muchos años y sigue siendo cierto.

¿Sus hijos son lectores suyos?

Mi hija mayor, muy aficionada a la lectura, es mi crítica principal y mi lectora primera de todos los libros. En cambio, el segundo se ha negado a leer libros míos por pudor. Y lo entiendo perfectamente: le incomoda identificar aspectos de su vida en ellos. El pequeño lee, pero es más perezoso. Tengo una colección dedicada a él, la de Víctor Yubacuto, y a veces le digo que se la voy a dedicar a otro niño si él no muestra un poco de interés.

¿Escribe pensando no solo en los chavales que la leerán, sino también en el adulto que filtrará la novela?

Sí. En Catalunya sobre todo, la literatura infantil y juvenil ha tenido un gran apoyo de la escuela. Ha sido la gran difusora, pero también el gran filtro. Con lo que eso supone, especialmente cuando la escuela es religiosa: los prescriptores pueden imponer su propia moral a los chicos y chicas. Así que no tenemos la libertad temática que hay en Francia. Impera un cierto puritanismo. Una muestra: es imposible hablar de sexo con normalidad. Yo no he leído ningún libro en el que haya niños que se masturban, por ejemplo. La relación del niño con su cuerpo, la sexualidad infantil, es tabú. Y yo me incluyo en la crítica. Es un tema que se ha ignorado con una especie de consenso de padres, maestros y autoridades, y se ha negado a los niños. ¿Qué les estamos diciendo, con eso? ¿Que no existe, que no pueden hablar de ello? Es el ejemplo más evidente, pero otro también es el suicidio.

De ‘Palabras envenenadas’, el libro con el que ganó el Premio Nacional, se dijo que había derribado el tabú de hablar de los abusos sexuales dentro de la familia. Algo se avanza.

Y fue así: todo el mundo me dijo que ni los colegios lo darían a leer ni los padres lo comprarían, y yo pensé: "Lo presento al premio Edebé y, si el jurado lo ve impublicable, lo reconvierto en novela para adultos". Porque yo no quería suavizar nada, consideraba que había tratado el tema con el máximo tacto. Y ganó ese premio y el Nacional y cayeron todas las barreras: la editorial lo publicó tal cual y entró en el circuito escolar con toda naturalidad. Pero ¿quiere decir eso que se ha normalizado el hablar de abusos sexuales? No. Hace poco una amiga me decía que le han censurado un tema similar.

[Maite Carranza es una autora muy prolífica. Desde que debutó en 1986 con el aclamado 'Ostres tu, quin cacau!' (que se tradujo al castellano como '¡Toma castaña!') ha publicado una docena de libros juveniles y casi una treintena de infantiles. Para adultos, sin embargo, solo ha publicado dos: 'Sin invierno' (1999) y 'El fruto del baobab' (2013).]

¿Por qué?

Quizá porque todos los temas que a mí me preocupaban, de los que quería hablar como adulta, los reservaba para los guiones y solo los reconvertía en novela si el proyecto se torcía, como pasó con El fruto del baobab y también con Palabras envenenadas, que es crossover, una novela apta para público tanto juvenil como adulto. La literatura infantil y juvenil la dejaba como ámbito de libertad, de hobby, de disfrute estricto.

¿Le molestan las etiquetas de 'infantil' y 'juvenil'?

En la literatura infantil me parecen necesarias: no es lo mismo la capacidad de comprensión de un niño de 8 años que la de uno de 12. Pero yo creo que hay un momento en que un buen lector tiene que poder leer cualquier cosa. ¿Cuándo? Pues depende de la persona: a los 14, a los 16, a los 18... La etiqueta juvenil solo le está diciendo "esto seguro que será fácil para ti. De todo el universo literario abierto a tu curiosidad, esto seguro que será ágil, tendrá personajes que te resultarán cercanos y un conflicto con el que podrás empatizar". Y eso ayuda a los profesores y a los chavales que no son, de entrada, aficionados a la lectura.

¿Hay un género juvenil por excelencia?

Yo creo que no. Un buen lector puede leer tanto literatura realista como fantasía. O humor. El humor me encanta: permite abordarlo todo y enseñar a los jóvenes que no hay nada sagrado. Ellos tienen la obligación, cuando sean mayores, de cambiarlo todo, así que todo se tiene que poder abordar. E imprimir siempre el sello de la duda.

Forma usted parte de APE (Autores en Peligro de Extinción). ¿Malos tiempos para los creadores?

Sí. En la industria de la literatura infantil y juvenil han tenido mucho peso las compras escolares. Cuando los centros han decidido socializar los libros, las ventas han caído en picado, y las editoriales ¿a quién han apretado? A los autores. Es un tema delicado, y que tiene que ver con la desvalorización de la cultura en nuestra sociedad. La idea de que no hay que pagar por un libro, de que este se socializa, pertenece a la escuela y lo van utilizando distintos niños año tras año, es muy bien recibida, pero ¿cuál es el mensaje que damos a nuestros hijos? Que no hay que pagar por los contenidos culturales. Sin querer, les estamos diciendo: "No ahorres para un libro. Ahorra para ropa, o para un móvil, pero para un libro no hace falta. Es gratis". Con la mejor intención, estamos educando futuros piratas y contribuyendo a desertizar el panorama de creadores, que no pueden mantenerse del aire.

Y aquí es cuando en los ojos de Maite Carranza aflora un fulgor distinto, quizá menos ilusionado pero no menos guerrero.

VALORADA POR SUS COMPAÑEROS

Anna Cammany. Autora de la trilogía 'Diario de una friki':

"Cuando empecé a escribir narrativa juvenil necesité releer sus libros, que tanto me habían atrapado de niña y que ¡aún conservo! Las peripecias son hilarantes y la narración, ágil y divertidísima. Ahora bien, el origen de las historias son problemas terrenales de personajes cercanos. Una referente".

Blue Jeans (Francisco de Paula). Autor de la trilogía 'El club de los incomprendidos':

"Maite Carranza es una de las grandes autoras de literatura infantil y juvenil de este país. Su talento, personalidad e inteligencia se dejan ver en cada uno de sus libros. Es una escritora que además arriesga y no se conforma con las fórmulas habituales del género, lo que es de agradecer y elogiar".

Gemma Lienas. Creadora del Hada Minty, Carlota, La tribu de Camelot...

"Es una autora fundamental. Hace años pude ser editora de algunas de sus obras. Luego hemos sido compañeras de profesión y hemos luchado juntas por la dignidad de los autores y autoras. Ha sido un placer compartir espacios con una escritora divertida y 
una gran persona".

César Mallorquí. Autor de 21 novelas. Premio nacional de Literatura Juvenil 2013:

"Me recuerda a Mérida, la protagonista de Brave. Por su físico, pero también por su carácter luchador, independiente y comprometido. Esos valores se reflejan en su obra, que ha roto tabús. Es valiente, una gran escritora y aún mejor persona. Además, tiene un delicioso sentido del humor. ¿Se puede pedir más a una heroína?".

Jordi Sierra i Fabra. Más de 400 libros. Premio Nacional de Literatura Juvenil 2007:

"La conocí en un avión, hace muchos años. Desde entonces, los dos hemos compartido experiencias, viajes, reuniones, libros y un largo etcétera. Y hemos sido cómplices, nos hemos reído y hemos luchado por lo que creemos. Porque a Maite la resumo siempre así: luchadora. Es una colega. Eso lo dice todo". 

Fina Casalderrey. Premio Nacional de Literatura Juvenil 1996 por 'O misterio dos fillos de Lúa':

"¡Me encantan las brujas de Maite! Son de carne y hueso, creíbles. Ella misma es una auténtica bruja: sonríe con los ojos abiertos o cerrados, abre la palma de sus manos y, luego de ese mirar afuera y de ese mirar adentro, es capaz de transformarlas en un nido mágico en el que cabe el universo entero".

 

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