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REVELACIONES EN EL CAMPO DE LA NEUROCIENCIA

¿Se heredan los traumas de los padres?

Varias investigaciones señalan que los hijos nacerían con marcas biológicas de las experiencias de sus progenitores

La transmisión de rasgos desfavorables es reversible y se puede prevenir

Michele Catanzaro

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Una mujer y un niño en Miratovac, en la frontera entre Macedonia y Serbia, en enero de 2016, un momento crítico en la llegada a Europa de demandantes de asilo Sirio. / ARMEND NIMANI / AFP

Los hijos de las víctimas del holocausto nazi o de hambrunas severas tienen mayor predisposición a un conjunto de enfermedades. Según estudios recientes, esto no se debe solo al contacto con padres traumatizados. Las experiencias vitales dejarían marcas en el ADN que se podrían transmitir a los hijos. Los niños nacerían con cargas biológicas heredadas. Sin embargo, estas no serían inamovibles. Un ambiente amoroso y estimulante podría borrarlas. Además, también se transmitirían los efectos de experiencias positivas.

“Si estos resultados se confirmaran, sería una revolución no solo en biología, sino también en política, economía, sociología…”, afirma Roser Nadal, investigadora del Institut de Neurociències y de la facultad de Psicología de la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB), y coorganizadora del congreso Experiencias vitales tempranas, celebrado en Barcelona a finales de octubre.

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Roser Nadal, investigadora del Institut de Neurociències.

El condicional es obligatorio: este tipo de herencia se ha comprobado solo con animales de laboratorio. Con humanos es mucho más difícil separar herencia biológica y educación. Además, incluso con animales no es fácil desentrañar el papel de factores no hereditarios: por ejemplo, el estrés sufrido por la madre durante el embarazo o los efectos de la fecundación in vitro (en el caso de usar esta técnica). Algunos estudios con ratones han detectado incluso que las madres tratarían peor los hijos concebidos con machos traumatizados.

EVIDENCIAS PERTURBADORAS

No obstante, las evidencias presentadas en el congreso son perturbadoras. Una de las participantes, Rachel Yehuda del Hospital Mount Sinai de Nueva York, demostró en el 2015 que los descendientes de supervivientes del Holocausto tenían perfiles de hormonas del estrés distintos al resto de la población, que podrían predisponerlos a la ansiedad. Los trabajos de Yehuda forman parte de un goteo de evidencias acumuladas en los últimos años: los niños con padres y abuelos expuestos a hambrunas, tabaco u obesidad presentarían mayor predisposición a enfermedades cardiovasculares y metabólicas o diabetes.

Los estudios con animales de laboratorio sugieren una posibilidad inédita. Algunos de estos rasgos estarían presentes desde la concepciónIsabelle Mansuy, investigadora de la Universidad de Zurich, presentó un estudio del 2016 en el que expuso crías de ratón a una vida imprevisible (como quitarles la madre en un momento del día al azar). Las crías desarrollaban comportamientos depresivos, antisociales, arriesgados y problemas de memoria.

Entre los ratones traumatizados, los machos se cruzaron con hembras no traumatizadas y luego se separaron de sus crías (tal y como ocurre en la naturaleza). Pese a la ausencia de contacto con los padres masculinos, las crías exhibían síntomas parecidos. Al reiterar este proceso a lo largo del experimento, “los síntomas se propagaban hasta al menos la cuarta generación”, explica Mansuy.

La experiencia estresante dejaría en las células de los ratones un conjunto de cambios epigenéticos, moléculas que alteran la expresión del ADN. Esas moléculas estarían presentes en el esperma de los ratones traumatizados y se transmitirían al embrión.

La transmisión del trauma, sin embargo, no sería un destino inevitable. En primer lugar, los descendientes de ratones traumatizados también exhiben comportamientos más ventajosos en situaciones peligrosas. Por ejemplo, huyen mejor de la suministración de descargas eléctricas.

En segundo lugar, estudios anteriores ya revelaron que un entorno amoroso y estimulante podía revertir los efectos en los hijos. El último trabajo de Mansuy apunta a la posibilidad de prevenirlos. Si los padres se ponen en ambientes estimulantes (grupos sociales amplios, jaulas grandes con juguetes) los síntomas y las moléculas (al menos las que se han controlado en el estudio) desaparecen. 

Aprender y desaprender a temer ciertos olores también se transmitiría

En los trabajos de Kerry Ressler, investigador de la Escuela Médica de Harvard (EEUU) y participante en el congreso, el trauma aplicado a los ratones padres es la asociación de un olor a una descarga eléctrica. Aunque los hijos no estén en contacto con sus padres y nunca hayan recibido descargas, tan pronto como perciben el olor, huyen. Los padres traumatizados tienen cambios epigenéticos en sus receptores del olor, que parecen transmitirse a los hijos. Ressler expuso algunos de los padres a una especie de psicoterapia, antes de la concepción. Es decir, los expuso al olor durante un tiempo sin suministrar descargas. Los hijos de estos ratones ya no nacen temiendo el olor. “Si remedias al miedo de forma eficiente antes de que el animal se reproduzca, ese remedio también se transmite”, expica el investigador.

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