Tras leer el reportaje en EL PERIÓDICO 'Cambio en el horario de secundaria' en el que se explica que, a partir de este curso escolar, se implantará la jornada intensiva en casi el 71% de los institutos, deduzco que esta medida no responde a una reforma de carácter pedagógico con el fin de mejorar el aprendizaje y el rendimiento académico de nuestros alumnos, sino a motivos económicos para ahorrar en época de crisis. Dudo mucho que con un horario como este, de 8.00 de la mañana a 14.00 o 15.00 de la tarde, nuestros alumnos, especialmente los de primero y segundo de ESO, puedan rendir adecuadamente. Al margen de otros aspectos derivados de este nuevo horario, tan importantes como el de la alimentación o a qué dedicarán las horas libres nuestros alumnos, me sabe mal que, una vez más, se lleven a cabo reformas que no obedecen a las necesidades de nuestro sistema educativo. Si se quería cambiar los horarios escolares podrían haber empezado por concentrar las asignaturas más difíciles (lenguas, matemáticas y ciencias naturales) por las mañanas y las demás por las tardes, y hacer una buena redistribución de las materias; por ejemplo, suprimiendo religión e incluyéndola en ciencias sociales y repartiendo transvensalmente educación cívica y ética (la antigua educación para la ciudadanía) entre las demás asignaturas. Con ello se conseguiría ganar un buen puñado de horas para dedicarlas a las materias troncales más básicas y combatir el fracaso escolar. Como siempre, empezamos la casa por el tejado.