Estoy triste. Una profunda tristeza me acompaña al comprobar cómo continúa degradándose la educación pública sin que nadie acuda a su rescate. Se prevé que entre el 2010 y el 2015 el peso de la inversión pública en educación se reduzca del 4,9% al 3,9% del PIB (España ya estaba por debajo del PIB europeo). Incluso desde Europa se nos ha advertido de los riesgos de llevar a cabo este recorte sin precedentes. Los efectos son palpables y, un año más, el curso no ha empezado con normalidad. Se están llevando a cabo numerosas movilizaciones y actos de protesta por parte de los distintos colectivos implicados (profesorado, alumnado, AMPA), que mandan los últimos SOS a la sociedad. Y es triste, muy triste darse cuenta de que a nuestros gobernantes todo esto parece importarles muy poco y permanecen ajenos a toda reivindicación. Es muy triste comprobar el grado de interés que despierta la educación, fundamental para el desarrollo de un país. Ya no estamos indignados: estamos tristes.