El 22 de julio recibí una llamada de un buen amigo holandés que estaba entre indignado y desconcertado por un titular a doble página de su diario: 'Los pobres se van de cámping'. Ronald llamaba desde el cámping Montroig (uno los mejores de Europa) y de 'pobre' no tiene nada. Le expliqué que era una percepción cultural negativa que parte de la población española tiene sobre el mundo del cámping. Para los holandeses, practicar el 'caravaning' en vacaciones es una filosofía de vida, ligada al respeto de la naturaleza y a la libertad. Soy comerciante de este sector desde hace más 30 años, y a este colectivo al que el periodista llama 'pobres' le cuesta bastante trabajo salir adelante y hay que tener el máximo respeto hacia ellos. Esta práctica es cada vez más numerosa, en parte, por que este país apostó de manera descontrolada por el sector del 'ladrillo' para sus vacaciones y no por unas instalaciones más sostenibles y que no hipotecan el futuro del territorio: los cámpings. De haberlo hecho -como los países a los que ahora pedimos ayuda financiera, como Francia o Alemania- no nos encontraríamos ahora en la ruina económica.