No me siento legitimado para posicionarme en un asunto tan delicado como el aborto, pero sí para expresar mi asombro ante el debate maniqueo e histriónico que se está instaurando en la sociedad. De los detractores, me sorprende que se interesen más por la humanidad de un nonato que por el sufrimiento de un adulto, y el poco tacto para flexibilizar unacuestión que requiere firmeza pero no intransigencia. De los defensores, me sorprende la insistencia con la que se apela a los indiscutibles derechos de la mujer, obviando sus deberes. El embrión, sea o no vida, sea o no propiedad de la madre, no es un objeto. La libertad no es hija del derecho, sino de la responsabilidad, y hay que defender el aborto desde la sensibilidad, no desde la laxitud. El cruce de acusaciones, el oportunismo ideológico, o la empatía troglodita son actitudes populistas de una ciudadanía empecinada en imponer razones y no en proponer soluciones. El tema que nos ocupa no merece ser tratado de manera sectaria. Cuando la vida y el dolor están en juego, sobra la palabrería justiciera y urge la integridad moral. Integridad, no integrismo.