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Soy médico y he trabajado durante más de 30 años en el extranjero. Hace unas semanas tuve la desgracia de resbalar y fracturarme siete costillas, aunque este percance vino acompañado por la fortuna de ser ingresado en el Hospital Clínic de Barcelona. He vivido de cerca durante 15 días el trabajo y la dedicación de todo el personal de dicha institución. Los medios técnicos son importantes pero no son suficientes si no van acompañados de respeto y cariño hacia el enfermo, lo que manifestaron todos mis cuidadores de forma ininterrumpida. Su trabajo no es fácil y sus momentos de reposo son escasos. Por eso la lectura de los periódicos actuales me produce una enorme inquietud y escándalo. Parece ser que nuestro Gobierno, en perfecta sintonía con muchas otras instituciones nacionales y extranjeras, está dispuesto a destruir un sistema creado con el esfuerzo y con el dinero de todos los ciudadanos, que ha proporcionado hasta el presente no solo unos medios técnicos de la mejor calidad sino un ambiente que ha facilitado la empatía y la atención personal, imprescindibles para el bienestar del enfermo. De seguir por este camino, nuestros gobernantes podrán enorgullecerse de haber cuadrado los balances y deberán avergonzarse por haber destruido un modelo de salud único, no solo por su excelencia y universalidad, sino también por haber sabido mantener el calor humano tan necesario para la curación de los pacientes. Espero que entre todos podamos conseguir que ese día no llegue.