Los de la generación de la postguerra española ya casi hemos visto de todo. Inmersos ahora en la más absoluta incertidumbre política, económica y social, percibo que este país está repleto de patrioteros y de atizadores de rancio y casposo sentimiento anticatalanista. 'Separatistas contra separadores', este sería el título del cuadro que dibujan los predicadores de mesetarios púlpitos. Observando la manipulación informativa de determinados medios públicos y privados, llego a la conclusión de que cada día hay más sembradores de odios y se multiplican los brotes independentistas. Además de alimentar la crispación y el rencor, ¿en qué se basan para despreciar los deseos de cientos de miles de ciudadanos que salen a la calle para decir que están hartos de tanto desprecio? Arrastramos el lastre de un Estado en el que pagamos el doloroso peaje del café para todos, que fue el salario del miedo que se cobró la transición. Vivimos en un país todavía en construcción, que no ha sido capaz, entre otras muchas carencias, de poner letra a su himno. Una circunstancia que pudiera parecer banal, pero que ayuda a entender una parte de nuestra historia reciente. Lo mismo sucede con las banderas: cuando se trata de ensalzar, por ejemplo, las glorias futbolísticas de 'la Roja', calles y balcones se inundan de banderas constitucionales, mientras que son las enseñas tricolores republicanas las que esgrime el rojerío en sus manifestaciones. Himno y bandera, los dos símbolos de un país todavía por definir y gobernado por demasiados políticos inútiles.