La virulencia de la crisis ha puesto al descubierto lo mal gestionada que ha estado la riqueza generada en nuestro país. Los responsables: todos aquellos políticos de las administraciones que quisieron perpetuarse en sus cargos manejando con ligereza y poco criterio los fondos que les llegaban vía impuestos de los ciudadanos, subvenciones o créditos innecesarios. La lógica de las inversiones que se han hecho en pueblos y ciudades pone en tela de juicio la capacidad de muchos de ellos para ejercer la tarea para la que fueron elegidos. Nuestros bancos de proximidad, aquellos que te trataban con exquisitez invitándote a sentarte para ofrecerte productos financieros, jugaron un papel muy importante en el descalabro económico y social. Actuar desde la amoralidad y la falta de ética les dio buenos rendimientos, que no tardaron en aplicar a sus contratos blindados y sus indemnizaciones. Los grandes problemas del país requieren de gestores incorruptibles, con alto valor moral y gran dignidad personal para acometer las políticas necesarias: perseguir a los defraudadores y evasores fiscales, controlar las operaciones bancarias y los movimientos bursátiles, plantearse y acometer reformas para cambiar el modelo productivo y poner en jaque a aquellos que explotan creando una lucrativa cuarta dimensión, que es la economía sumergida. Muchos hacen como el mal capitán de barco: al observar que la embarcación se hunde, se aprovechan de su posición dominante y cogen el primer bote para poner rumbo a otra parte.