Me sorprenden y duelen las reacciones de algunos empresarios ante cualquier cambio de la situación de Catalunya. Parece que como nosotros nos pagamos una mutua y nuestros niños van a la escuela privada --o los enviamos a estudiar al extranjero--, que nuestros trabajadores vean cada día más disminuidas sus condiciones de vida no nos afecta. Muchos empresarios, grandes y pequeños, hemos sufrido mucho y dormido poco para salir adelante. Pero si confiamos en el producto o el servicio que ofrecemos y nos levantamos cada día con la intención de seguir y mejorar, ¿a qué viene tanto miedo? Hagamos un ejercicio de memoria y recuperemos aquellas cosquillas de cuando empezamos, esa mezcla de temor y de ilusión, el espíritu emprendedor, y probemos otra cosa. Es lo que hemos hecho siempre: si los nabos no tienen salida, vendemos coles; si un proveedor no nos sirve bien, lo cambiamos, y si un cliente no nos paga, le ponemos una cruz y buscamos otros. Y no olvidemos que también es deber del empresario velar por el bienestar de nuestros trabajadores, y que si el negocio ha funcionado es también porque ellos han volcado su esfuerzo y lealtad. Un trabajador bien tratado se siente parte de la empresa, y seguro que nos apoyará. Aquel empresario que dice que si Catalunya es independiente se marchará, les está diciendo a sus trabajadores que ya saben qué deben votar si quieren seguir teniendo trabajo. Les está negando la libertad de escoger y la posibilidad de que las cosas cambien y funcionen mejor.
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