Vivo en Girona y cada mañana cojo un tren en Sant Celoni para ir a trabajar a Barcelona. Hace dos días que nos invade un olor a quemado al subir al tren, que proviene de Figueres. Este olor me recuerda el sufrimiento de mucha gente y al trabajo impagable que han llevado a cabo muchos otros para poder salvar vidas y controlar el fuego. Abro el periódico y veo cómo el país también se quema: la prima de riesgo desbocada, el paro, las medidas restrictivas, el rescate, la gran cantidad de políticos -unos que hacen lo contrario de lo que habían prometido-, los que se equivocan al votar, los que se retiran con pensiones millonarias, los que se han lucrado con su cargo... Con este panorama desolador, llego a Sants y cojo un autobús para llegar al trabajo. Está parado, sin conductor. Subimos, pero, como no está en marcha, no podemos validar el tiquet y nos sentamos. Finalmente llega la conductora, pone en marcha el bus y, uno por uno, todo los pasajeros -los que estábamos de pie y los que estaban sentados- nos acercamos a la máquina para validar nuestro billete y volvemos al sitio que ocupábamos. Es todo un ejemplo de civismo y responsabilidad del que muchos de los que nos dirigen deberían de tomar nota. Con pequeños detalles como este podemos levantar un país y luchar contra todos los fuegos que nos están quemando una buena parte de nuestra vida.